El Instituto Acton Argentina gana premio de Atlas Foundation for Economic Research “The Francisco de Vitoria Award for Ethics and Values”

El Instituto Acton Argentina ha ganado el premio “The Francisco de Vitoria Award for Ethics and Values en febrero de 2014. El mismo es otorgado por Atlas Foundation for Economic Research, y es dirigido a los thinks tanks en América Latina que trabajan por los derechos humanos, la ética y los valores que sostienen una sociedad libre. El IAA obtuvo este premio gracias a  la campaña de difusión del documental Poverty Cure durante el año 2013.

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La campaña tuvo un gran alcance en términos de audiencia:

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¿Cómo puede ser la “caridad” egoísta?

 

ENTREVISTA AL P. ROBERT SIRICO SOBRE LA MALA BENEFICENCIA

Por Jerry Bowyer

11 de febrero de 2014

Fuente: Revista Forbes

http://www.forbes.com/sites/jerrybowyer/2014/02/11/how-charity-can-be-selfish-father-sirico-on-bad-almsgiving/

Me senté frente a un micrófono y con el Skype abierto para introducirme en un diálogo en el que abordamos una amplia variedad de temas con uno de los pensadores más interesantes de Norteamérica, el padre Robert Sirico, fundador del Acton Institute. La entrevista se dividió en dos partes. La traducción de la primera parte se puede leer aquí1.

El punto de partida fue la notable nueva colección de la serie documental PovertyCure. El audio de la entrevista se puede consultar en aquí. Algunos puntos destacados de la entrevista, de casi una hora, se transcriben debajo. El texto ha sido editado para una mejor claridad:

Jerry Bowyer (JB): “¿La caridad puede ser egoísta?”

P. Robert Sirico (RS): “Sí, la caridad puede ser muy autoindulgente.”

JB: “Mejor denominémoslo filantropía. La auténtica caridad es una virtud cristiana, sin embargo, la filantropía puede consistir en una actividad articulada de modo egoísta y sostenida por motivos egoístas.”

RS: “En uno de los episodios de PovertyCure, analizamos los distintos elementos (especialmente en el ámbito de los subsidios y la ayuda internacional) –las ONGs que están involucradas en esto, también hemos prestado atención a las celebridades y en qué medida todo esto se pone de moda periódicamente, con gente diciendo: “Ayúdenos para conseguir fondos y dar alimento en África”, o los intentos de las Naciones Unidas por conseguir una carga impositiva del 1% del PBI de todos los países que se aplique a estos fines, el proyecto de los Objetivos del Milenio, etc. Todas estas cosas surgen cada cierto tiempo y constituyen una buena parte de la industria de la pobreza, lo cual es muy peligroso porque distorsiona la estructura de incentivos de las personas y termina eliminando el punto de apoyo central de la escalera que permitiría a los pobres salir de la pobreza, pues se elimina el incentivo del beneficio, lo que implica que las personas inviertan y entrenen a otras personas formando una fuerza de trabajo, que es en última instancia productiva.”

JB: “Hay incluso una cita de Bob Geldof en esa sección de PovertyCure donde afirma: ‘debemos hacer algo incluso aunque no funcione’.”

RS: “Y luego hacer eso que no funciona una y otra vez…”

JB: “¿No es eso algo egoísta? ‘Estoy intercambiando dólares por petulancia’. Si fuera caridad genuina, si supusiera una verdadera actitud de apertura hacia el prójimo y si fuera altruismo genuino, uno debería prestar atención también a los efectos de la acción. De otro modo, no es más que otra forma de curvatura sobre uno mismo (‘incurvatus in se’) Es sólo otra modo de adorarse a uno mismo, como si se tratara de comprarse uno mismo los puntos que aumentan la caridad propia.”

RS: “Esta actitud se encuentra en el Evangelio. Tenemos allí la historia del fariseo que entrega el diezmo de lo que posee y lo hace de modo que todos se enteren. Por el contrario, la pequeña y humilde mujer está avergonzada de lo poco que puede dar y, sin embargo, ella da todo lo que tiene.”

JB: “Sí, y también está el fariseo que da su ayuda al Templo pero desprecia al prójimo, su padre y su madre. Si se compra estatus social con el dinero de la caridad, lo que en verdad se está haciendo es una transacción mercantil. No es auténtica caridad.”

RS: “Exactamente. Creo además que es algo que nos empequeñece porque el brillo de la auténtica caridad –la caridad virtuosa– reside en que nos vincula y compromete con el prójimo. Tú te involucras en la vida de los demás, y esto es recíproco; tú recibes algo espiritual como consecuencia del encuentro personal que has tenido al ayudar a alguien que sufre una necesidad.”

JB: ¿Qué le dirías a alguien que en estos momentos está siendo perjudicado por la industria de la filantropía? Tal vez no han sido en el pasado personas cautelosas y se llegaron llevar por la emotividad: ‘Sí, voy a donar a la agencia que me muestre al niño con aspecto más hambriento en la pantalla de mi televisor o al anuncio que toque las fibras de mi corazón con mayor intensidad’. ¿Qué le dirías a las personas acerca de cómo se aproxima a la industria de la filantropía a la hora de decidir dónde colaborar?

RS: “Existen ahora una serie de maravillosos sitios en Internet –como Guidestar, por ejemplo–, donde puedes informarte respecto del porcentaje del dinero recibido que es utilizada para fundraising y diversos propósitos, y cuál es el monto de dinero que llega de modo efectivo a los pobres. Esto es una primera alternativa que uno puede considerar. Pienso también que la difusión boca a boca también es efectiva. Si alguien está pensando en hacer algo concreto en fechas determinadas, como en Navidad o Semana Santa (o Acción de Gracias, en los Estados Unidos), por ejemplo –porque mucha gente suele ofrecerse en los centros de acogida para preparar comidas o repartirlas entre los más necesitados–, que tenga en cuenta lo que suelen sentir las personas que están involucradas en estas tareas de modo permanente. Ellas suelen pensar: “¿Dónde estás tú el resto del año, cuando verdaderamente necesitamos de tu ayuda?” Creo que lo mejor que se puede hacer es ponerse en contacto con el Sacerdote de la parroquia más cercana y preguntar algo como esto: “¿sabe si hay alguien en su congregación que Ud. sepa que tiene alguna necesidad?” Los sacerdotes suelen saber estas cosas. Justo hoy ha sucedido algo como esto en mi parroquia: Hay una mujer que necesita ayuda, su coche se está rompiendo, está pasando por una separación… fue providencial que apareció una persona en la Iglesia y dijo: “aquí tienen este dinero, y en concreto esta parte es para alguna persona pobre de la parroquia que lo esté necesitando”. Por lo que decidimos dar el dinero que recibimos a esta persona. Nosotros conocemos a esta persona, conocemos a sus hijos, a su familia y entiendo que no habría ningún tipo de abuso. Sin embargo, tiendo a no dar dinero a personas que simplemente se presentan y piden dinero, o que tocan a la puerta y piden dinero, o te paran en la calle y te piden dinero, porque casi siempre eso no conduce a una ayuda caritativa efectiva. Es necesario involucrarse con las personas, aunque más no sea para juntarse a cenar. Esto me ha sucedido… fue en Chicago, donde conocí a una persona y nos sentamos un rato a conversar. Fue una charla de 45 minutos y terminé conociéndole bastante bien, también a su hijo. Se trataba de personas nobles pasando por un momento difícil en sus vidas. Esto suele suceder. No todo el mundo quiere abusar de la confianza pero uno debe, asimismo, ser diligente.”

JB: “En mi familia intentamos no dar dinero si no es en un contexto relacional. Si no existe un contexto relacional, termina siendo una forma de ayuda inferior o incluso un modo negativo de ejercicio de la caridad.”

RS: “Es cierto. Algunas veces he hecho eso y he pensado: ‘tal vez pierda algo de dinero pero prefiero ayudar’. Pero ciertamente, como norma general, prefiero invertir mi tiempo en las personas e intentar conocerlas, aunque más no sea mediante un breve encuentro.”

JB: “Sin embargo, para la mayoría de la gente no todo es ayuda caritativa personal. Existe el plano personal –invitar a alguien a comer, dar a una persona en concreto–, pero también existen instituciones. ¿Qué consejo puedes ofrecer en este sentido? Entiendo que te has referido a portales de Internet que te informan sobre cuánto dinero gastan las ONGs en actividades no directamente vinculadas con la ayuda para la que solicitan apoyo. Sin embargo, entiendo que también existen principios generales de índole filosófico. Por ejemplo, en PovertyCure aparecen varios expertos vinculados a los microcréditos, como una opción más útil que la mera transferencia de recursos. ¿Hay algo a nivel de principios que se pueda decir en este contexto?”

RS: “Sí, por supuesto. Los microcréditos, bien aplicados, permite introducir a las personas en el espíritu emprendedor o, mejor dicho, permite que ellos mismos aprendan a ser emprendedores; saben que deberán devolver el dinero prestado pagando intereses. Y frecuentemente lo que mantiene a estos grupos unidos es el hecho de que viven en comunidades locales donde se conocen entre todos. Saben, por lo tanto, que el próximo candidato a recibir un microcrédito puede ser su vecino, por lo que quieren asegurarse el pago del préstamo para que, de este modo, las otras personas no queden excluidas de los posibles préstamos que se otorguen. Otra cosa a la que tiendo a mirar es el porcentaje del dinero que la agencia de caridad-ayuda recibe del gobierno porque cuanto más alto es el porcentaje que proviene de la ayuda gubernamental tienden a ser más burocráticas. Cuando una organización obtiene el 60, 70, 80, o 90 por ciento de la financiación del gobierno, por lo que en realidad buscan donantes particulares por un mero tema de imagen. Este tipo de agencias están de hecho en sintonía con lo que la burocracia ha identificado como lo que ellos piensan que son “las necesidades de la gente”, más que con el tipo de encuentros personales genuinos a los que nos referíamos anteriormente. En síntesis, es cierto que debemos ayudar generando contextos institucionales para canalizar la ayuda, porque la división del trabajo también comparece en el ámbito de la caridad como lo hace en el mercado. No obstante, cuando el gobierno se inmiscuye demasiado uno podrá intuir que el mercado de la caridad –si se me permite la expresión– se verá distorsionado.”

JB: “Muy interesante. También suelo observar a los anuncios en los medios de comunicación a las personas involucradas en el mundo de la caridad. Si noto que hay mucha retórica, politización del discurso y hostilidad hacia el mercado, tiendo a creer que ello también se reflejará en la filosofía de esa organización. Volviendo a uno de mis pasajes favoritos de PovertyCure, Peter Greer, de HOPE International microfinance dice que “los mercados son fuerzas liberadoras en la vida de la gente”; sin embargo existen otras agencias cristianas de ayuda internacional donde los discursos se revisten del lenguaje manipulador de la culpa o de la lucha de clases. Suelo mirar con suspicacia este tipo de grupos.”

RS: “Una agencia con un perfil muy similar al que acabas de mencionar vino un día a mi parroquia. ¿Puedo nombrarlo?”

JB: “Sí, por supuesto.”

RS: “Se llaman pan para el mundo (Bread for the World). Vinieron en el contexto de un plan de acción de gran envergadura. Se acercaron a la parroquia en la que yo estaba hace unos años y solicitaron que el consejo parroquial apoyara la iniciativa. Tenían un bonito documental donde se podía ver los alimentos que recibían las manos curtidas de los pobres… escuché toda la presentación –Pan para el mundo– y al final les pregunté: ‘¿Cuánta comida producen?’ Ellos dijeron: ‘No, no producimos comida’. Les dije entonces: ‘¿Cuánta comida regalan?’. ‘No, no regalamos comida.’ ‘¿Cuánta comida venden?’ ‘No, no vendemos comida.’ ‘¿Qué es exactamente lo que hacen?’

JB: “Se dedican a hacer lobby.”

RS: “Sí, hacían lobby. Lo que hacían era venir y entregar sermones, notas y borradores de cartas para que nuestros conocidos los llevaran a los congresistas que están involucrados en la redacción de proyectos legislativos vinculados al problema del hambre y la pobreza, y ese tipo cosas. Se trataba, básicamente, de un esfuerzo de lobby en favor de impuestos al sector agropecuario para obtener fondos para la ayuda a los más necesitados. Terminé diciéndoles: ‘prefiero ir y servir a un pobre en el comedor comunitario de mi comunidad que quedar vinculado con la agenda política que promueven’.”

JB: “Me di cuenta de lo mismo cuando ese grupo vino a la parroquia a la que pertenezco. Y hay una buena dosis de manipulación a través de la culpa sobre uno por ser productivo. Es como si se dijera: “bien, tú has sido lo suficientemente afortunado, debes hacer algo”. Es cierto que existe una bendición de Dios pero también existen instituciones en Norteamérica que han conducido a la creación de bienestar. Tal vez sería necesario abordar este tema también.”

RS: “Sí, existe la presunción de que el ingreso que uno obtiene está relacionado con la pobreza de otros, y no es que de hecho uno esté produciendo algo sino que has explotado a otras personas para obtener lo que tienes. Creo que tenemos una responsabilidad de vivir vidas morales y vidas donde pongamos límites a nosotros mismos, porque los seres humanos son mucho más que lo que consumen. Pero, por otra parte la manipulación a través de la culpa me parece algo muy desagradable e impreciso. Y las mismas personas que están pidiendo dinero hacia fines de año son los que en abril mayo o junio se oponen a las cosas que pueden extender los negocios y hacer la actividad empresaria más rentable. Son hostiles al mercado durante una época del año y luego, en otra época del año se acercan al mercado para pedir dinero.”

JB: “Interesante. En el documental de PovertyCure hay muy buena información mostrando la superioridad del comercio por sobre la ayuda (‘trade, not aid’). Por ejemplo, la idea de que los agricultores en África y también en América del Sur son eficientes y querrían vender sus productos en el mercado norteamericano pero debido a las barreras arancelarias no pueden hacerlo. Además, les asistimos con la ayuda extranjera que ellos tienen que utilizar para adquirir los alimentos subsidiados producidos por los países desarrollados. De este modo ellos no pueden desarrollar el sector agrícola a pesar de que estas regiones del planeta han sido exitosas en la producción agrícola durante cientos de años –antes de que apareciera el mundo occidental con sus barreras arancelarias y sus alimentos subsidiados.”

RS: “Si tuviera un deseo que pudiera cumplir para hacer del mundo un lugar donde haya mayor bienestar y riqueza, si pudiera hacerlo con solo un chasquido, lo que haría es eliminar las barreras arancelarias y todas las otras medidas que suponen manipular los mercados y que obstaculiza la globalización. Hacer esto sería equivalente a insuflar millones de dólares en las economías de los países pobres sin que tuviera que actuar ningún tipo de ayuda. El comercio ocurre cuando ambas partes se benefician de él, y creo que esto sería una gran cosa.”

JB: “Exacto, y no tendríamos que apelar a la ayuda –que cuando se hace de modo impersonal– tiene un componente un tanto humillante. Además, como has señalado, se potencian las virtudes asociadas a la laboriosidad. Hay una historia muy emotiva en PovertyCure acerca de una mujer de Ruanda que tiene una pequeña empresa donde se confeccionan cestas de mimbre, que contrató a Hutus y Tutsies (tribus enfrentadas durante la última guerra civil en el país) para que trabajen juntos. Ella descubrió el valor del solo hecho de que las personas trabajaran juntas, codo a codo: “no vamos a hablar aquí de las cosas que nos separan… todos tenemos historias tristes, simplemente vamos a hacer cestas”. Y las trabajadoras e acostumbraron a disfrutar de la compañía de los otros. El trabajo puede contribuir a la paz entre pueblos enfrentados ya que se comienza a trabajar por un objetivo común. Resuenan aquí las palabras del Evangelio: “bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. Se puede decir que, en muchos casos, los emprendedores son hijos de Dios porque pueden inculcar la paz entre las personas de distintas razas, religiones y orígenes.”

RS: “El contacto personal es muy importante. No se trata de una afirmación poética (es bonito describir el contacto personal en términos casi literarios), sino que tiene una importancia práctica esencial. Creo que cuando tienes a un grupo de personas trabajando juntas y conociendo a cada familia ello genera un sentimiento de pertenencia y de comunidad muy especial. Un ejemplo práctico de esto se observa cuando uno conduce e intenta incorporarse al tráfico –imagino que alguna vez has estado en esta situación–, uno va adelantando su coche intentando meterse entre otros coches que están en fila, que también avanzan; sin embargo cuando intentas el contacto visual y haces un gesto como de permiso de paso o esbozas una sonrisa, el otro conductor suele aminorar su marcha y ofrecerte el paso… funciona casi de modo inevitable. En la medida en que tú eres una abstracción para mí, no tengo ningún motivo para dejarte el paso (y cederte el carril) y no estableceré contacto visual contigo. Creo que fue Bastiat quien dijo una vez que “cuando los bienes cruzan las fronteras los ejércitos tienden a no hacerlo” (y viceversa). Creo que algo similar puede suceder en una comunidad.

JB: “Estoy de acuerdo contigo. Después de la guerra civil norteamericana y la liberación de los esclavos en el sur del país, había una creencia muy extendida por todo el país de que los afroamericanos no iban a poder integrarse en la sociedad. Hubo un movimiento llamado “Back-to-Africa” que impulsaba su regreso al continente africano. Y algo con lo que nadie contó fue con el impulso que daría el crecimiento económico en las décadas de 1870, 1880 y 1890, especialmente con la industrialización en el norte del país. ¿Fueron las cosas perfectas? No, por supuesto que no lo fueron, pero creo que el comercio contribuyó a que los Estados Unidos pudieran superar poco a poco el drama de la esclavitud. En tiempos de estancamiento económico en Norteamérica y en el mundo, las tensiones racionales parecen aumentar porque el proceso de integración y de reconciliación no avanza demasiado (y empiezan las suspicacias y los temores).”

RS: “Eso es muy cierto. Simplemente quiero aclarar para todos los que escuchen esta entrevista o lean su transcripción que no estoy diciendo que el mercado es la solución a todos los problemas ni da el sentido total y último a la vida humana. Creo efectivamente que hay algunas cosas que no pueden se pueden comprar y vender, cosas que no pueden ser “adquiridas” en un mercado y que, no obstante, son necesarias para el ser humano: el amor es un gran ejemplo de este tipo de cosas. Sin embargo, si simplemente descartamos el merado o si queremos pensar que no lo necesitamos, entonces estaremos básicamente recortando una parte vital de lo que permite a una sociedad funcionar. El mercado no es la totalidad de la vida social pero es algo vital en ella.”

JB: “Me gustaría agregar la idea extensamente desarrollada en el quinto episodio de PovertyCure de que la fe, las instituciones de caridad, la sociedad civil y cosas como la familia –lo que algunas personas denominan instituciones intermedias– son un punto de apoyo muy necesario para el funcionamiento adecuado de un mercado. No solamente que el mercado no es el todo sino que no parece que pueda funcionar de modo adecuado sin un marco de valores que lo sustente y lo contenga.”

RS: “Exacto. Porque los mercados están contenidos en un arco cultural y moral fundante.”

Nota: La traducción del artículo original “How Poverty can be Selfish. Father Sirico on bad almsgiving” publicado por Forbes, el 11 de febrero de 2014es de Mario Šilar del Instituto Acton Argentina para el Acton Institute.

1 La primera parte de la entrevista, en su versión original, puede consultarse en el siguiente enlace: http://www.forbes.com/sites/jerrybowyer/2013/12/26/does-poverty-have-a-cure-an-interview-with-father-robert-sirico/.

 

Presentación de Poverty Cure en la UFM

 

Este jueves 27 de Marzo presentamos el documental Poverty Cure en la Universidad Francisco Marroquí. Carroll de Rodriguez y Gabriel Zanotti estarán a cargo de las preguntas y comentarios.

 

IAA 2014 Grafica I

 

Les dejamos el trailer de la serie que les adelantará los temas:caridad, justicia y desarrollo humano integral.

(Se pueden activar subtitulos en español)

La empresa y la opción por los pobres

 

 Por Samuel Gregg

Al igual que sucede con la idea de “justicia social”, la expresión “opción preferencial por los pobres” es parte del lexicon católico. Algunos utilizan el frase para insistir en la aplicación de políticas económicas de corte intervencionista. El Magisterio Social de la Iglesia católica, sin embargo, conduce a conclusiones más matizadas –tanto a nivel económico como teológico.

La expresión “opción por los pobres” cobró fuerza en el pensamiento católico hacia finales de la década del ‘60 y durante los ‘70. El término sirvió de inspiración para varias formas de teología de la liberación durante esa época, pero afirmaciones de este tipo tienden a restar importancia al hecho de que la Iglesia siempre ha mantenido una especial predilección por los pobres.

Los profetas del Antiguo Testamento se expresaron con rotundidad contra la opresión de los pobres, por no mencionar las palabras de Cristo, donde Él mismo enseña que se le puede reconocer entre los pobres y los que sufren persecución. Más aún, el amor por los pobres y los marginados se puso en práctica desde los mismos inicios de la Iglesia. En tiempos del Imperio Romano, por ejemplo, los paganos –griegos y romanos– quedaban asombrados ante el afán que manifestaban los católicos por ayudar a los enfermos y discapacitados, los ancianos y los abandonados, independientemente de que estos fueran cristianos o no.

La comprensión católica de la pobreza, sin embargo, no comete el error de imaginar que la pobreza se reduce al problema de la privación de bienes materiales. Durante los años ‘80, en medio de la más aguda crítica a la Iglesia hecha por la teología de la liberación, bajo influencia del marxismo, la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) recordó a los católicos que la pobreza tiene un significado bastante más amplio en el contexto de la fe, el pensamiento y la praxis cristianas.

Desde el punto de vista cristiano, todas las personas son pobres en la medida en que todos nosotros somos muy poca cosa frente a la justicia y la misericordia del rostro de Dios. ¿Por qué si no fue necesario que Cristo viniera al mundo para salvarnos de nuestro pecado y de nuestros defectos? De hecho, la asunción cristiana de la pobreza implica que los hombres se ejerciten en el desapego de los bienes materiales: “La pobreza que Jesús declaró bienaventurada es aquella hecha a base de desprendimiento, de confianza en Dios, de sobriedad y disposición a compartir con otros” (Libertatis Conscientia, nº 66).

¿Qué significa en la práctica vivir la opción por los pobres? Significa que debemos comprometernos en obras de caridad – a través de actividades que frecuentemente abordan dimensiones específicas de la pobreza de una manera que ningún programa gubernamental puede hacer. Esto significa dar nuestro tiempo, nuestra energía, nuestro capital humano y monetario en formas que lleven la luz de Cristo a algunos de los lugares más oscuros del planeta.

Sin embargo, esto no significa que los católicos están obligados a dar algo a todo, o incluso que deban desprenderse de todo lo que poseen. Como afirma Fr. James Schall SJ: “si tomáramos toda la riqueza del mundo y simplemente la distribuyéramos, ¿qué sucedería? Esta riqueza desaparecería pronto y todos seríamos pobres”. Dicho de otra manera, vivir la opción por los pobres bien puede implicar que aquellos que tienen un talento para crear riqueza hagan precisamente eso.

Samuel Gregg en la serie “Effective Stewardship”

La opción por los pobres tampoco excluye de raíz toda forma de asistencia gubernamental para los que lo necesitan. Sin embargo, sacar a las personas de la pobreza – no solamente de la pobreza material sino también de la pobreza moral y espiritual– no necesariamente significa que la acción más efectiva sea la de implementar un nuevo programa de asistencia social. No existe razón para pensar que la opción preferencial por los pobres deba suponer una opción preferencial por gobiernos de gran tamaño. Generalmente, ser un emprendedor e iniciar un negocio que genere puestos de trabajo, salarios y oportunidades en ámbitos donde no los había hasta ese momento puede ser una obra de amor más grande (y, al mismo tiempo, económicamente mucho más efectiva) que la implementación de una nueva iniciativa de ayuda gubernamental.

La comprensión católica de la opción por los pobres también supone el reconocimiento de que aquellos que sufren de privaciones materiales son seres humanos revestidos de inteligencia y voluntad. Por lo tanto, igual que todo el mundo, ellos también son capaces de comprometerse en distintas formas de desarrollo humano integral. Algunas veces, los programas asistenciales o la puesta en práctica de una nueva medida reguladora no es el mejor modo de ayudar a los menos favorecidos –especialmente cuando esas medidas impiden o desalientan a las personas a seguir su propia iniciativa o a querer trabajar.

Por ello, a pesar de que a menudo no lo veamos de esta manera, la desregulación constituye una vía concreta en favor de los pobres. Vivir de cara a aquellos que padecen necesidades se puede manifestar, por ejemplo, en trabajar para remover las trabas arancelarias que bloquean e impiden el acceso de los pobres y menos favorecidos al mercado global, o que alientan a que las personas en los Estados Unidos sigan trabajando en industrias que están dejando de ser competitivas en una economía global. Trabajar a favor de los pobres puede implicar también que el proceso de crear una empresa se pueda hacer en menos tiempo, u ofrecer un sistema más transparente y menos costoso, a nivel burocrático, para que las personas puedan migrar a los países donde hayan más oportunidades de progreso.

Existen muchas maneras de vivir la opción por los pobres, independientemente de cuál sea nuestra vocación en la vida. Con algo de la creatividad que es tan necesaria para el éxito de una empresa, los católicos pueden de hecho llevar libertad a muchos de los que se encuentran oprimidos por la pobreza.

Nota: La traducción del artículo original “Business and the option for the poor”, publicado por Legatus Magazine, el 1 de febrero de 2014 es de Mario Šilar del Instituto Acton Argentina/Centro Diego de Covarrubias para el Acton Institute.

“Foreign aid”: ¿El final de un debate? (Segunda parte)

Por Mario Šilar

Para Instituto Juan de Mariana / Instituto Acton Argentina

2. Tecnocracia: idealismo enmascarado
En la primera parte de este artículo se presentó el marco del debate actual en el contexto de la economía del desarrollo respecto del papel de la ayuda internacional en la lucha contra la pobreza global extrema. Una de las figuras centrales de este debate es la de Jeffrey Sachs, director del Earth Institute (Columbia University) quien aboga fervientemente por el aumento del volumen de la ayuda internacional como instrumento para viabilizar las innovaciones tecnológicas mejorarían el nivel de vida de los menos favorecidos. Luego de la publicación de su trabajo de referencia

The End of Poverty (2005) que constituía un llamado a la acción para los líderes globales, Sachs canalizó sus ideas a través del proyecto de las “Villas del Milenio”, para el que obtuvo apoyo de las Naciones Unidas, de distintos agentes gubernamentales así como el apoyo de un amplio conjunto de donantes privados (entre ellos se puede mencionar a George Soros que donó inicialmente 50 millones de dólares al proyecto).

En noviembre de 2006, la periodista Nina Munk, redactora colaboradora de Vanity Fair fue
enviada por la revista para cubrir la andadura inicial del proyecto de las Villas del Milenio. Nunk había quedado conmovida ante la retórica comprometida de Sachs: “o bien dejas a la gente morir o te decides a hacer algo”. Ella quiso hacer algo. El proyecto pretendía desplegar una serie de acciones en 79 villas extendidas por todo el continente africano, particularmente en la zona del África subsahariana. El proyecto preveía un lapso de cinco años para “solucionar” el problema.villa
Las cosas se dilataron un poco y no salieron como se esperaba.
En septiembre de 2013 Munk publicó The Idealist: Jeffrey Sachs and the Quest to End Poverty, luego de haber estado casi siete años recorriendo los sitios vinculados a las Villas del
Milenio. El libro recorre la biografía de Jeffrey Sachs y de su proyecto, desde Derty, en Kenia a Ruhiira en Uganda. La obra de Munk intenta mantenerse alejada de juicios de valor personales sin embargo, a medida que se avanza en su lectura se puede comprobar su transición desde la ilusión y entusiasmo inicial al desaliento y desesperanza posteriores. No se trata de que la autora
se desalentara ante los distintos fracasos y contratiempos que iba sufriendo el proyecto –y que son narrados con gran detalle–, su desilusión se debió particularmente al proceso de negación en el que se sumieron las distintas autoridades involucradas en el proyecto.
En cierta medida, el libro de Munk no pasaría de ser una mera anécdota si no fuera porque, de hecho, es la punta del iceberg de una serie de duras críticas que viene recibiendo el proyecto de Sachs a distintos niveles y desde varios ámbitos. En junio del año 2013, Paul Starobin publicó una extensa investigación en la revista Foreign Policy en la que, al hilo del análisis del las Villas del Milenio, compilaba los comentarios negativos de importantes investigadores y publicaciones científicas sobre distintos aspectos del trabajo de Sachs. Staborin destaca un editorial de la prestigiosa revista Nature, del 10 de mayo de 2012 (“With Transparency comes True”) –que se hace eco de la opinión mayoritaria entre expertos en economía del desarrollo (Anhijit Banerjee, Esther Duflo, Paul Collier, Niall Ferguson, Edward Miguel, etc.)–, en el que se señala que los resultados que exponen Sachs y sus colegas no son fiables dado el alto nivel de opacidad que poseen. El editorial señala un problema metodológico crucial: el hecho de que al no compartir las bases de datos, lo resultados de los informes surgidos de las Villas del Milenio no pueden ser contrastados ni replicados por otros investigadores. El editorial sentencia que “si bien el proyecto tiene potencial, no se puede tener certeza de su verdadero impacto”.

Obviamente, Sachs y los expertos de las MVP (“Villas del Milenio” por sus siglas en inglés) contestaron ambos artículos, el de Staborin (ver “It Takes a Village”, publicado en FP el septiembre 3, 2013) en FP y el editorial de Nature (ver “Errors in a paper on the Millennium Villages project”, publicado en The Lancet, en Mayo 26 de 2012). Sin embargo, en la respuesta al editorial de Nature se vieron forzados admitir que habían cometido un error estadístico básico en un paper académico en el que se pretendía demostrar la efectividad de las MVP.
Todas estas lagunas en el trabajo de Sachs y la virtual certeza de que, aunque el proyecto de las MVP tenga potencial está muy lejos de alcanzar el ambicioso (¿y arrogante?) objetivo que se había planteado de erradicar la pobreza, llevaron a William Easterly a publicar una reseña del nuevo libro de Munk titulada “El gran debate sobre la ayuda ha terminado” (en la Reason, 4 de octubre de 2013). Sin embargo, Easterly no se siente vencedor de un debate en el que, además, se encontró casi forzadamente ubicado como si su perspectiva fuera la antítesis de la que impulsa Sachs. Además, Easterly desliza el eje de lo que tal vez constituya el nuevo eje del debate en los años venideros: La relación entre el nivel macro (instituciones, marco jurídico, economía política,
etc.) y el nivel micro (experiencias concretas de ayuda, análisis de datos y contraste de estas acciones micro en la lucha contra la pobreza, implementación de acciones bottom-up, etc.) en el análisis de la economía del desarrollo. Aquí es donde la advertencia del peligro que reviste la fatal arrogancia –desgraciadamente tan extendida entre burócratas, tecnócratas y expertos– señalada por Hayek hace años, tiene rigurosa actualidad. Pero esto ya es parte de otro debate. Es de esperar que las nuevas aproximaciones más humildes y de nivel micro en los temas vinculados a la lucha contra la pobreza, no olviden alentar el espíritu emprendedor y la importancia de la perspectiva en primera persona, para que las personas menos favorecidas comprendan la importancia radical de sus propios deseos, anhelos, decisiones y acciones, a la hora de mejorar su nivel de vida.poverty cure En esta línea, el proyecto Poverty Cure, con relativa independencia del marco de valores que uno profese, brinda mucha luz sobre la importancia de no adoptar una actitud paternalista y tecnocrática frente a los pobres. Sin duda, todo esto será parte del argumento central del próximo libro de Easterly: “The Tyranny of Experts: Economists, Dictators, and the Forgotten Rights of the Poor”, (de publicación prevista para marzo de 2014).

Cuando el alturismo hace daño

Por Mario Šilar
Para Instituto Acton Argentina / Acton Institute
Junio 2013

La tendencia humana a asumir las distinciones binarias de un modo maniqueo está muy presente en el ámbito de la interpretación de nuestras acciones libres –es decir, en el ámbito de la moralidad–. Hay algo de razonable en esto. En efecto, el hombre necesita saber que existen  acciones que están bien y acciones que están mal para, de este modo, orientar su acción con claridad. Además, como acertadamente han destacado investigaciones recientes (Véase J. L. Austin, How to do Things with Words (William James Lectures), 2a ed., Cambridge – Mass.,Harvard University Press, 1975) –en sintonía con intuiciones ya presentes en el pensamiento griego antiguo– el lenguaje es un modo de acción, por lo que es importante, para poder actuar bien, tener un marco conceptual que permita distinguir con nitidez entre la buena y la mala acción. De allí, por ejemplo, lo sugerente que resultan los análisis sobre el lenguaje de nuestras acciones, la gramática moral (Un estudio desde la perspectiva tomista en Steven V. Long, The Teleological Grammar of the Moral Act, Naples – Fl. Sapientia Press of Ave Maria University, 2007) o la narratividad de la acción (Walter R. Fisher, Human Communication as Narration: Toward a Philosophy of Reason, Value and Action,Columbia, University of South Carolina Press, 1989).

Pero así como es importante ser capaces de formar un criterio claro para orientar nuestras acciones –distinguiendo el bien del mal–, no es menos fundamental ser capaces de madurar en esta comprensión, al hilo de un mejor autoconocimiento a lo largo de la vida para evitar caer en distinciones falaces a la hora de interpretar las acciones. Donde más han contribuido a generar confusión, paradójicamente, las distinciones binarias simplistas es en el terreno de la moral, donde muchos de los términos que se utilizan para describir las acciones morales terminan siendo armas de doble filo. Por ejemplo, la distinción entre altruismo y egoísmo, dada la carga valorativa de estos términos, suele obstaculizar la comprensión adecuada de la moralidad de algunas acciones. A primera vista, y asumiendo la carga valorativa de los términos utilizados, las acciones egoístas son malas y las acciones altruistas son buenas. Hasta aquí lo evidente. Sin embargo, existen fundadas razones para señalar, en primer lugar, el carácter incompleto que tiene la distinción altruismo-egoísmo. ¿Dónde se ubicarían, por mencionar un caso, las acciones que suponen un “legítimo autointerés”? Me refiero a ese amplio abanico de acciones que sin poseer los niveles de desinterés propio de las acciones heroicas no son, sin embargo, susceptibles de ser consideradas como acciones egoístas
sin más?

Pero –en segundo lugar– existe un problema más grave en la interpretación simplista de la distinción altruismo-egoísmo: ¿acaso todas las acciones pretendidamente altruistas son susceptibles de ser juzgadas como buenas acciones? Un reciente estudio de Barbara A. Oakley (Oakland University) publicado en el Proceedings of the National Academy of Sciences pone el dedo en la llaga sobre esta inquietante pregunta. El trabajo titulado “Concepts and implications of altruism bias and pathological altruism” es una densa síntesis de un libro editado por la autora en2011, con el título Pathological altruism. Abordar los problemas vinculados al altruismo patológico es de extrema importancia ya que permite tomar una mejor conciencia de los problemas que subyacen en la dicotomía simplista altruismo-egoísmo. Esta dicotomía asume la legitimidad inherente a la conducta altruista, cosa que es bastante cuestionable.

Con los debidos matices, la perspectiva que expone Oakley merece ser estudiada por los
moralistas cristianos. En efecto, su tesis sirve para abordar muchos de los problemas vinculados al análisis e interpretación de las acciones humanas en el seno de la ética cristiana, con el objeto de no caer en análisis simplistas del tipo “el egoísta es malo” y “el altruista es bueno”.
Lamentablemente, las cosas son más complejas: así como una persona puede ejercer un especial tipo de control sobre otra mediante el ejercicio de acciones aparentemente generosas, el altruista patológico puede hacer daño aún cuando diga o crea sinceramente que está ayudando a otra persona.
En cierta medida las investigaciones vinculadas al altruismo patológico vienen a revestir de un marco epistemológico contemporáneo un principio básico muy presente en el pensamiento moral clásico. Me refiero al principio de que las intenciones del agente al actuar no son el criterio único y suficiente para determinar la moralidad de la acción. Como ya se sabe: “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones”. Por eso, la moral cristiana ha tenido especial cuidado en distinguir el ámbito intencional del agente que actúa del ámbito consecuencial, es decir, de las consecuencias generadas por la acción del agente. El buen resultado final alcanzado no justifica ni convierte en buena la intención, si esta es mala. Paralelamente, la buena intención no excusa de la responsabilidad por el daño causado como consecuencia de una acción realizada. De aquí surge, en buena medida, el análisis moral de los problemas vinculados a la imprevisión, la negligencia, la ignorancia vencible o culpable, y demás. Es esta bivalencia sutil y compleja, muy presente en el análisis de la acción moral en perspectiva clásica (Uno de los locus classicus es el “Tratado de los actos humanos” de Tomás de Aquino en Suma Teológica, I-II, qq. 6-21. En concreto, las cuestiones 18, 19 y 20 abordan la bondad y malicia de los actos humanos en general, del acto interior de la voluntad y de los actos humanos exteriores, respectivamente), la que queda opacada cuando se aborda la acción humana desde la dicotomía altruismo-egoísmo. La noción de altruismo patológico viene a poner de manifiesto algo bastante obvio, a saber, que no toda acción altruista está de por sí moralmente justificada.

En este punto, se puede plantear la siguiente pregunta: ¿acaso el altruismo patológico significa que podrían existir, por contrapartida, acciones egoístas moralmente justificadas? Aquí, la referencia obligada es a Ayn Rand y su provocativa tesis sobre la virtud del egoísmo. No se trata ahora de hacer una crítica a la propuesta, errónea en mi opinión, que ofrece Rand. En breves términos, creo que en este punto Rand no logra escapar de las aporías que se generan al aproximarse desde una lógica dicotómica a este problema. Así, Rand se ata de pies y manos y se le hace imposible ofrecer una solución que sea realmente superadora. Ella también cae víctima del empobrecimiento lingüístico-conceptual característico del emotivismo moral que pretende combatir. A pesar de todo esto, a la luz del altruismo patológico las críticas que hace Rand contra el altruismo “buenista” adquieren mejor significado. Es mérito de Rand el haber sabido identificar el desorden que genera la reducción de la moralidad a la mera bondad intencionalista y desprendida de cualquier interés por analizar el impacto real negativo que, muchas veces, los buenas intenciones puedan generar. Pero lamentablemente Rand se limita, simplemente, a cambiar el eje de la balanza: si se puede demostrar que las acciones altruistas son malas, ello significa que entonces las acciones egoístas deben ser buenas. Se trata de un non sequitor, de una conclusión errónea (Es cierto que muchas veces Rand habla de “rational self-interest”, aclarando que no toda forma de acción egoísta está legitimada (ver el capítulo “Isn’t Everyone Selfish?”, en Rand, Ayn, The Virtue of Selfishness. A New Concept of Egoism, Penguin, New York, 1964). Por ello, un análisis crítico exhaustivo de la obra de Rand excede los límites de este trabajo).

¿Cómo se define el altruismo patológico? Oakley ofrece tres definiciones, una genérica, una más específica y una definición operativa. El altruismo patológico es una acción en la que la motivación subjetiva, implícita o explícita, pretende hacer el bien a otra persona. Sin embargo, la acción intentada genera consecuencias negativas, sea a la persona que se ha querido ayudar o a uno mismo. El carácter “patológico” de esta conducta no implica una diagnosis clínica sino la simple descripción de una conducta desordenada o abusiva. Como se puede observar, el enfoque que ofrece Oakley supone una aproximación a mitad de camino entre la ciencia moral y la psicología. Un punto interesante del trabajo de Oakley es que su análisis aborda tanto los problemas que el altruismo patológico genera a nivel individual como a nivel colectivo. En este segundo nivel es donde el estudio exhibe sus puntos más sugerentes, donde se analiza el impacto que el altruismo patológico genera sobre las políticas públicas. La actitud refractaria y evasiva que la comunidad científica pone de manifiesto a la hora de abordar los problemas vinculados al altruismo es otro punto de especial interés en el trabajo. Pero conviene no distraerse del punto central del trabajo: el modo como el altruismo patológico puede causar daño en las
relaciones intersubjetivas y las implicancias que esto tiene para ser más cuidadosos en la
formación moral.
Muchas veces existe cierta tendencia en el seno de comunidades creyentes (sean estas
religiosas o laicales) por promover una actitud altruista, considerada esta como sinónimo de ideal de vida cristiana. Con agudeza Oakley subraya que los intentos por promover el altruismo de modo ciego terminan generando escenarios de altruismo patológico. Este altruismo patológico no sólo daña al receptor de la pretendida ayuda sino también, en muchos casos, al mismo agente que se pretende ayudar. Entre las personas que orientan su vida bajo el ideal de la ayuda al prójimo –entre los laicos existen determinadas profesiones particularmente afines para esto, como las vinculadas a la educación y la salud–, suelen aparecer en el mediano y largo plazo diversos tipos de trastornos, tales como complejos de culpa, angustias, estrés (‘burnout’), cuadros depresivos, además de otros trastornos de personalidad, que constituyen la exteriorización de una tensión de calado más profundo. Aquí, Oakley aborda la relación que esto tiene con los distintos perfiles psicológicos y la formación de la personalidad en la niñez y la adolescencia. Existe, por ejemplo, un perfil psicológico de niños que suelen tener una clara predisposición altruista pero que está unida a bajos niveles de autoestima, escasos niveles de gratificación ante la tarea realizada y un limitado espíritu de autonomía. Las personas con este perfil psicológico suelen ser proclives a padecer las consecuencias del altruismo patológico. En efecto, dada la impronta altruista de su carácter suelen integrarse en grupos y comunidades que promueven la ayuda al prójimo. Sin embargo, dado el escaso nivel de autonomía y capacidad de realización en la tarea que exhiben, estas personas quedan inermes a la acción perniciosa que el altruista patológico ejerce sobre ellos. Así, a menudo, el agotamiento, el stress y demás síntomas de malestar que sufren son señalados por el altruista patológico como signos de falta de compromiso y de generosidad en la entrega. De este modo, la carga de culpa y malestar que estas personas sufren termina siendo mayor. Se trata del fenómeno de “codependencia” psicológica muy frecuente en los casos de altruismo patológico.

Por ello, una educación religiosa y ética uniformizante (“one size fits all”), que simplemente se limite a afirmar acríticamente la importancia de la consecución del altruismo y sin atender a los distintos perfiles psicológicos, puede causar mucho daño en algunas personas (“in other words, social attemps to blindly encourage altruism become themselves a perfect example of pathological altruism”, p. 3).
Pero es tal vez en las “implicaciones extendidas”, en concreto, en las implicancias vinculadas al análisis de las políticas públicas donde la consideración del altruismo patológico ofrezca más virtualidades. De algún modo Oakley viene a ofrecer un marco de comprensión psicológico-social para la distinción, que hiciera célebre Bastiat aplicándola al análisis económico, entre “lo que se ve” y “lo que no se ve” (falacia de la ventana rota). No obstante, en el análisis moral me parece que esta tensión es mucho más compleja y sutil. En efecto, según dónde se ubique la perspectiva del agente que actúa, lo que se ve y lo que no se ve puede diferir. A primera vista, para el observador exterior lo que se ve es la consecuencia exterior de la acción y lo que no se ve es el plano intencional. De igual modo, para el agente que actúa lo que se ve designaría, en primer lugar, el plano de su propia intención, y lo que no se ve designaría el plano de las consecuencias, todavía no existentes, pero que se prevén surgirán como consecuencia de su acción. Sin embargo, muchas veces las verdaderas intenciones por las que el agente actúa son refractarias incluso para el mismo agente que actúa. Con mucha frecuencia, la capacidad de autoengaño del agente suele ser más potente de lo que se suele pensar. Muchas veces, detrás de un presunto “buenismo” intencional se ocultan verdaderas intenciones que son incluso difíciles de ver por parte del agente que las intenta. En estos casos, desde la perspectiva del agente que actúa, lo que no se ve son estas verdaderas intenciones ocultas y, lo que se ve, es el resultado plasmado de la acción. En este sentido también, el observador exterior algunas veces puede llegar a inferir o intuir cierto desorden en el plano intencional del agente que actúa como consecuencia del daño causado, que se hace presente en la acción exterior, y aunque no fuera lo que estaba en la intención del agente que actuó.
Aunque todo esto parezca bastante complicado viene a iluminar un problema acuciante en la actualidad: los escasos niveles de racionalidad presentes en el debate de las políticas públicas en donde a menudo el plano intencional-emotivo ocupa un papel protagónico, tanto entre quienes propugnan como entre quienes pretenden impugnar determinadas políticas públicas. De este modo, el sesgo cognitivo causado por el altruismo patológico permitiría comprender la confusión presente a nivel psicoafectivo en multitud de actores sociales, que tienden a inferir los resultados de las políticas públicas a partir de la supuesta bondad presente en las intenciones que orientaron esas políticas. Así, la presunta buena intención que guiaría algunas de las medidas que suelen gozar de amplio consenso entre la opinión pública –como por ejemplo las medidas de progresividad impositiva, las leyes de salario mínimo, la ampliación universal de determinados beneficios sociales, etc.–, suele oscurecer las consecuencias generalmente negativas, y contrarias a lo que se quería lograr, que esas medidas terminan causando. Aquí Oakley hace una advertencia que no se debe perder de vista, que muchas de las medidas más perniciosas para las sociedades durante el último siglo han sido causadas en el contexto o como consecuencia de haber querido ayudar a otras personas.

En todo caso, una cosa positiva que el altruismo patológico permite poner de manifiesto es el rol crucial que juega la libertad para alentar escenarios en los que se produzcan buenas acciones genuinas. En efecto, hay muchas buenas personas en quienes su bondad no termina de estar enamorada o convencida del gran bien que supone la libertad. Como consecuencia de esto, tienden a minusvalorar la legítima esfera de autonomía e intimidad de la persona a la que quieren ayudar, por lo que se introducen en una pendiente resbaladiza donde terminan imponiendo su propio criterio de bien sobre la persona que dicen querer ayudar. Esto es un gran drama. Y un gran daño. Es el drama de los buenos, que en su intento por hacer el bien, terminan erradicando de sus vidas la humildad –que es ‘andar en verdad’–, un requisito imprescindible poder actuar bien, respetando a la otra persona y sin invadir ni cooptar su voluntad. En el largo plazo, las mejores acciones para ayudar a otros, tanto a nivel individual como colectivo no son inmediata o intuitivamente claras, no son tampoco del tipo de cosas que nos hagan sentir bien, finalmente, tampoco suelen ser el tipo de actitudes que promuevan otros individuos –estos también sesgados
por sus propios intereses–. Tener esto presente es indicio de una personalidad atenta a no querer dejarse arrastrar por deseos y planes propios para ayudar a los demás. Un indicio de esta actitud se manifiesta en la tendencia a seguir cursos de acción en donde la ayuda intentada tiene consecuencias en el corto o mediano plazo.
En síntesis, el trabajo de Oakley ofrece una lección muy concreta: las personas que quieran orientar su vida bajo la vocación de ayudar al prójimo, lo primero que deberían hacer, por el bien de esas otras personas y de ellos mismos, es reconocer que el altruismo en algunos casos puede hacer mucho daño.

Sobre los pobres, explotados y excluidos

Por Gabriel Zanotti

Para Instituto Acton Argentina

Abril de 2007

(Había escrito esto en el 2007, poco antes que se emitiera el documento de Aparecida. Creo que publicarlo ahora (1 de Enero de 2014) es de estricta actualidad y una buena manera de comenzar el año).

Se acerca una nueva Conferencia Episcopal Latinoamericana, y no será de extrañar que los Obispos pongan su voz de alerta sobre las condiciones materiales de vida, muchas veces infrahumanas, de gran parte de la población de sus castigados países. No vamos a referirnos ahora en detalle al tema del diagnóstico de tan delicada situación (aunque ello sea muy importante) sino que vamos a poner el acento en una cuestión que tal vez facilite el entendimiento en quienes “diagnosticamos diferente” en estos temas.

En los objetivos del Instituto Acton está el diálogo entre los fundamentos de una “economía libre”, “economía de mercado” (los términos pueden cambiar, estamos adoptando los distinguidos por Juan Pablo II en Centesimus annus) y la tradición cristiana y la Doctrina Social de la Iglesia. Por ello, no podemos dejar de registrar que quienes son partidarios de las economía de mercado (sean cristianos o no) no hablan de oprimidos, excluidos y explotados. Esos términos han sido interpretados, la mayor parte de las veces, bajo el paradigma de la lucha de clases. Ese es el motivo, creemos, de que los partidarios del mercado no usen esa terminología, aunque ello puede ocasionar una posible confusión: a) que los partidarios del mercado nieguen que haya fenómenos de injusticia en los temas socioeconómicos; b) que nos les interesa el destino de quienes padecen inenarrables sufrimientos.

Pero no es así. Claro que hay injusticias. Y esas injusticias se traducen en miseria, desocupación, desnutrición, y condiciones de vida indignas que, aunque relativas a la circunstancia histórica, conmueven el corazón de cualquier persona de buena voluntad, y, sobre todo, de cualquier cristiano para quien, como dijo Edith Stein, nadie le es indiferente.

pobreza

Y en ese sentido también podemos hablar de oprimidos y excluidos, pero no desde la lucha de clases marxista o neomarxista, sino cambiando el enfoque: hay en efecto un sistema socioeconómico, imperante en América Latina desde hace siglos1, basado en la intervención del Estado en las variables económicas, la socialización de los medios de producción, el control estatal de la actividad privada y todo tipo de privilegios y prebendas para lo que quede del sector llamado “privado”. Ese sistema (que muchos, con buena voluntad, llaman “capitalismo” o “neoliberalismo”) ha impedido secularmente la acumulación de capital y, consiguientemente, ha producido una masa cuasi-infinita de mano de obra barata y-o desempleada cuyo destino terrenal se deshace entre la desnutrición, la enfermedad y la muerte. Esos son los “excluidos” de los beneficios del desarrollo y de la suba progresiva del ahorro y del salario real que se produce y se ha producido en aquellas naciones que han aplicado economías de mercado, lo cual incluye las bases institucionales para su desarrollo, anuladas también en América Latina por todo tipo de autoritarismos, ya de izquierda, ya de derecha, que con delirios mesiánicos siguen añorando la figura cultural del virrey omnipotente.

Ellos son también los “oprimidos”: por un sistema que los condena a la miseria, y “explotados” también, no en un sentido marxista del término, pero sí en otro sentido: los privilegios, prebendas y subsidios del sistema intervencionista producen una casta de dirigentes sindicales, empresarios, funcionarios estatales y políticos que viven del presupuesto del Estado que se alimenta permanentemente de impuestos y cuasi-confiscaciones al sector privado, a la libre iniciativa, y para peor, en nombre de los pobres que dicen proteger.

Estas estructuras, llamadas para colmo “mercado” son verdaderamente un pecado social, un mal moral, además de un error técnico, porque implican la riqueza de unos a expensas de la pobreza de otros, como una torta fija que no crece sino que aumenta las desigualdades y privilegios indebidos.

Por lo tanto, no está nada mal, al contrario, que los cristianos se preocupen por los oprimidos. Ello no sólo no es incompatible, sino exigido por la conciencia cristiana. La cuestión es: ¿cuál es el sistema que oprime?

No está mal, al contrario, que esto implique una opción preferencial por el pobre, que obviamente, como ha explicado el Magisterio pontificio, no debe ser excluyente ni mirada desde la lucha de clases, ni tampoco debe excluir otras formas de pobreza no materiales (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia). Pero el pobre, el pobre material, aunque muy difícil de definir, como el tiempo, sin embargo sabemos lo que es, y nos duele y llama a nuestra conciencia. Esto responde al segundo malentendido. Los que defienden a la economía de mercado, ¿acaso están preocupados por aumentar la fortuna de Bill Gates? No dudo que haya gente que verdaderamente lo piense, pero obviamente no es así, y menos aún los cristianos que, de modo opinable, optamos por defender ese sistema. Son los males de la desocupación, la desnutrición y la miseria lo que nos preocupa, igual que a otros cristianos que piensen diferente e igual que a los Obispos y teólogos latinoamericanos. Sólo les proponemos, de modo dialogante y amistoso, un cambio de enfoque, no en los fines ni en la conciencia cristiana que nos mueve, sino en la consideración de las causas socioeconómicas de lo que verdaderamente es un mal espantoso.

Sin embargo, excluido el análisis de la lucha de clases, otro cambio importante de enfoque se produce: la clara conciencia de que, por más que se alcance la liberación de las estructuras sociales opresoras, ello no implica la redención de Cristo y la Libertad del Reino de Dios. Los sistemas sociales pueden ser mejores, pueden ser “buenos” pero son, por un lado, siempre perfectibles, y, por el otro, nunca se identifican con la perfección de la Gracia, de lo Sobrenatural, de la redención que viene sólo de Cristo.

Aclaradas estas cuestiones, los partidarios de la economía de mercado esperamos no quedar, valga la redundancia, excluidos del diálogo y oprimidos por la incomprensión. Esperemos sea visto nuestro aporte como motivado por la misma conciencia cristiana que seguramente guiará la pluma de nuestro pastores.

1 Ver al respecto Vargas Losa, A.: Liberty for Latin America, Independent Institute, 2005; le hemos hecho una crítica en Markets & Morality, ver http://www.acton.org/publicat/m_and_m/new/review.php?article=96