La necesidad moral de la libertad económica

ropke3Wilhelm Röpke

Uno de los mas graves errores nuestra época es el de creer que la libertad económica y la sociedad que en ella se basa, difícilmente son compatibles con la posición moral de una actitud estrictamente cristiana.

A tan extraña creencia se debe el bien conocido hecho de que una gran parte del clero protestante y católico, tanto en el viejo como en el Nuevo Mundo, se incline fuertemente hacia la izquierda socialista. En vista de las alarmantes consecuencias de esta tendencia, que debilita nuestra resistencia hacia el comunismo (precisamente en el momento mas critico) y que impregna a nuestra sociedad de un vago desasosiego moral, resulta extraordinariamente urgente disipar la confusión intelectual que constituye la raíz del problema.

No se ha enfatizado bastante en que esta creencia popular es falsa y que lo cierto es precisamente lo contrario; porque las más poderosas razones para defender la libertad
económica y la economía de mercado son precisamente de carácter moral. Los valores morales del verdadero cristianismo exigen la libertad económica y la economía de mercado, y nunca pedirían el sistema económico opuesto: el socialismo. Sin embargo al mismo tiempo es necesario enfatizar que la libertad económica y la economía de mercado exigen esos valores, es decir, se condicionan mutuamente.

Para entender esto, debe tenerse en cuenta tanto a la economía como a la ética. Hay una
especie de moral que pretende ignorar los principios económicos elementales, y por lo mismo cuando emite apreciaciones de carácter moral sobre ciertas acciones económicas que no comprende, es susceptible de causar gran daño.

Por otra parte, existe cierta clase de teoría económica que ignora la esencial base moral de la vida económica, cuando menos teóricamente. Tan mala es la una como la otra, la moral que pretende ignorar la economía, como la economía que pretende ignorar la moral; pero ambos errores pueden sin embargo corregirse complementándose recíprocamente.

Podría aclarar mejor este punto refiriendo mis experiencias personales y explicando con la mayor franqueza los conflictos intelectuales que he tenido que resolver durante toda mi vida de economista. Igual que muchos otros jóvenes de mi propia generación, al principio fuí socialista, y precisamente por razones morales. Pensábamos que el socialismo era el único camino para alcanzar la paz, la libertad y la justicia. Y como tantos otros jóvenes de mi propia generación, aprendí por la experiencia y un raciocinio más sobrio y tranquilo que nuestro socialismo juvenil era un error fundamental. ¿Por qué?

Antes que nada, porque el análisis económico nos ha enseñado que el socialismo es un orden económico notoriamente inferior. Lo condenamos porque la planeación y la nacionalización los dos pilares del orden socialista– conducen al desperdicio, al desorden y producen un bajo nivel de productividad y en cambio la libertad económica y la propiedad privada –los dos pilares del orden económico «liberal»– significan coordinación; progreso y un alto nivel de productividad. En otras palabras, las actividades económicas no pueden constituir la esfera de actividad de la autoridad planificadora que coerciona y castiga; tales actividades deben dejarse a la cooperación espontánea de todos los individuos a través de un mercado libre, de precios libres y de franca competencia.Mercado flotante en Bangkok

Después de las recientes experiencias, particularmente en Europa, que han confirmado estas enseñanzas del análisis económico, nos asiste toda la razón para poner de relieve sus alcances prácticos. En todas partes donde el socialismo fue puesto en practica en Europa, en país tras país, se demostró que conduce hacia la pobreza y el desorden económico. No así la economía de mercado que es la base del bienestar de las masas y del orden económico y que la economía de mercado es el mejor camino para el bienestar de las masas y para el balance o equilibrio económico. Encuestas recientes efectuadas en ese país, han demostrado que aun la abrumadora mayoría de los obreros (mas del 80%) favorece la economía de mercado aunque muchos de ellos sean miembros del partido socialista.

Pero hay algo mas que la simple preferencia por una determinada técnica económica. Yo no creo en la libertad económica solo porque en mi carácter de economista se supone que debo saber algo sobre precios, tasas de interés, costos o tipos de cambio. La fuerza de mi convicción radica en algo más profundo o sea, en aquellas regiones del alma donde se decide en ultima instancia la filosofía social que tiene cada uno. A los socialistas y a sus enemigos ideológicos los dividen conceptos fundamentalmente diferentes acerca de la vida y de su significado.

La opinión que tengamos sobre la posición del hombre en el universo, decidirá nuestra posición acerca de si los más altos valores se realizan en el individuo o en la sociedad, y nuestra preferencia por cualquiera de las dos tesis constituye la base de nuestra posición política. Una vez mas confirmamos la veracidad del famoso aserto del Cardenal Manning: «Todas las diferencias entre los humanos son, en ultima instancia, de carácter religioso». De ahí, pues, que mi oposición fundamental al socialismo radica en que a pesar de toda su fraseología liberal otorga muy poco al hombre, a su libertad, y a su personalidad y otorga demasiado a la sociedad.

El socialismo (incluye la filosofía estado providencia) se apoya primordialmente en el Estado y en la sociedad y no en el individuo con su responsabilidad y dignidad humanas. Por esto es contrario a la tradición moral basada en el patrimonio común de la cristiandad y el humanismo. En su entusiasmo por la organización, la centralización, la reglamentación y la subordinación al Estado, el socialismo pone en juego medios que no son compatibles con la libertad y dignidad humanas. Y porque tengo un concepto claro acerca del hombre como la imagen de Dios, resultando pecaminoso utilizar su persona como medio; Porque estoy convencido de que cada hombre tiene un valor único por su relación con Dios, pero no ese Dios del híbrido humanismo ateo; por toda estas razones yo desconfío totalmente de cualquier clase de colectivismo.

Partiendo de estas convicciones enraizadas en la experiencia y en los testimonios históricos, llegué a la conclusión de que solo la economía libre puede estar de acuerdo con la libertad del hombre y con la estructura política y social que salvaguarda. Fuera de este sistema económico de libertad no veo ninguna oportunidad para que pueda continuar la existencia humana dentro del marco de las tradiciones filosóficas y religiosas de Occidente.

Solo por esta razón debíamos respaldar el orden económico libre, aún cuando implicara un sacrificio material y aún cuando el socialismo nos asegura una mayor abundancia material. Y somos muy afortunados en que esto ultimo no sea cierto. Más importante aún resulta que el orden económico libre es requisito indispensable para la libertad, la dignidad humana, la libre elección y la justicia. Por esto lo deseamos y por ello cualquier precio que paguemos no resulta demasiado alto, aunque los comunistas pudieran hacer, pongo por caso, más grandes y mejores máquinas lavadoras.

Aceptamos de buena gana la riqueza material y el bienestar que la libertad económica nos proporciona y que jamás encontramos en una economía colectivista, pero sólo debíamos aceptar estos dones especialmente por sus ventajas morales y precisamente por ellas estamos obligados a defender la libertad económica, inclusive cuando discutimos con Khrushchev.

Existe una profunda razón moral que explica por qué una economía de libre empresa produce la salud del cuerpo social y una abundancia de bienes mientras que una economía socialista trae consigo el desorden social, la insuficiencia y la pobreza. El sistema económico de libertad transforma la extraordinaria fuerza que radica en la afirmación del propio individuo, en tanto que la economía socialista, que se usa en la coerción, suprime esta fuerza y se desgasta a si misma en la lucha contra ella.

¿Cuál de los dos sistemas resulta el más ético? ¿Aquel que permite al individuo luchar para mejorarse a sí mismo y a su familia mediante su propio esfuerzo y que conduce simultáneamente a un aumento del bienestar de las masas, o el otro sistema que tiene por meta suprimir esa fuerza, y que simultáneamente produce un menor bienestar? Resulta ser moral que los intelectuales que predican las virtudes de este segundo sistema cuya esencia es la coerción y la miseria, lo hagan inspirados por la ambición de asegurarse un puesto de mando en la colosal maquinaria coercitiva que tal sistema presupone.

En realidad, el estado colectivista que se reafirma con las inmoralidades de los precios máximos, los controles de cambio y los impuestos confirmatorios, resulta mucho más inmoral que el individuo que viola esos presupuestos para preservar los frutos de su propio trabajo. No creo sea moral o haga algún bien apalear al burro que saca el agua de la noria.

El gran error moral del socialismo, es su constante oposición al lógico deseo del hombre de superarse junto con su familia y de asumir la responsabilidad para su futuro; ello está dentro del orden natural, al igual que el deseo de identificarse con la comunidad y de servir a sus fines. Ambos deseos son intrínsecos a la humanidad y deben equilibrarse, impidiendo los excesos que pueden destruir una existencia humana digna.

La excéntrica moralidad que confunde las enseñanzas eternas del cristianismo con el comunismo de los primeros cristianos, y que espera el fin inminente de todas las cosas, acaba por aprobar una sociedad en la cual los medios altamente inmorales como la coerción económica, la disolución de la familia, la mentira, el espionaje, la propaganda y la fuerza bruta constituyen inevitables consecuencias. Por tanto el error intelectual que se comete en nombre de una más alta moral y que consiste en condenar la libertad económica; en no percibir en el esfuerzo del individuo por su autoafirmación, el verdadero olor de santidad y la abnegación de los héroes, es capaz de destruir la moralidad que constituye la esencia de la civilización. Es urgente corregir este error.

–Publicado en Tópicos de Actualidad, CEES, Año 4, Abril 1962, No. 37.
http://www.cees.org.gt [Tomado de la revista «Espejo», publicación del Instituto de
Investigaciones Sociales y Económicas, México]

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No hubo milagro alemán*

Por Sam Gregg

En 1948, Europa Occidental empezaba a sacudirse los escombros de la Guerra Mundial. Alemania seguía presa del racionamiento, su moneda valía cada vez menos y millones de personas dependían del mercado negro para sobrevivir.

La economía alemana seguía atada por las regulaciones que le habían impuesto los nazis durante la guerra. En aquel entonces a casi nadie extrañaba que los Aliados no hubiesen acabado con ellas: casi todo el mundo estaba convencido de que el futuro pasaba por la planificación. Los del New Deal de Roosevelt, los keynesianos y los socialdemócratas controlaban el poder.

“Casi todo el mundo”, he escrito. A principios de ese año, un economista desconocido llamado Ludwig Erhard fue nombrado director económico de las zonas ocupadas por los norteamericanos y los británicos. Nacido en Baviera y defensor del libre mercado, Erhard pasó la guerra en un instituto de investigaciones financiado por empresarios escribiendo sobre la Alemania de la posguerra. Erhard consideraba que la libertad económica era indispensable para la recuperación, y su nombramiento lo colocó en una posición idónea para poder llevar sus ideas a la práctica.

Berlin

La revolución de Erhard se llevó a cabo en dos fases. En un primer momento, el 20 de junio del 48, se creó una nueva moneda, el marco alemán. Al día siguiente, mercancías que habían desaparecido porque la gente no confiaba en la moneda volvieron a aparecer. El segundo paso fue más difícil. Erhard sabía que el efecto de la reforma monetaria sólo perduraría si el marco reflejaba el precio verdadero de los bienes y servicios. Eso significaba abolir el racionamiento y los controles de precios, algo que no había sido aprobado por las autoridades aliadas. Aun así, el 24 de junio Erhard siguió adelante con su plan.

Los beneficios fueron inmediatos. El dinero reflejaba su verdadero poder de compra. La gente perdió el miedo a vender mercancías y las colas desaparecieron. Los incentivos empresariales se volvieron una realidad, y así comenzó la extraordinaria prosperidad alemana de la posguerra.

Erhard reconoció en muchas ocasiones su deuda intelectual con un pequeño grupo de economistas que, con gran riesgo personal, defendieron la libertad económica aun antes de 1939. A menudo llamados ordoliberales o neoliberales, gentes como Wilhelm Röpke habían criticado el deslizamiento alemán hacia el colectivismo desde que, en 1878, Otto von Bismark impuso aranceles. Röpke, un ferviente antinazi, huyó de Alemania en 1933. Su antinazismo incluía duras críticas al socialismo del programa nazi.

Los ordoliberales creían en la libre empresa y el libre mercado. Para ellos, el papel del Estado consistía en velar por la estabilidad monetaria, el imperio de la ley, el cumplimiento de contratos, los derechos de propiedad y los mercados abiertos. Estos economistas apoyaron las reformas de Erhard. Menos conocido es que muchos de ellos se convirtieron en críticos de las políticas económicas alemanas al poco de la Gran Reforma de 1948.

En 1950 Röpke advirtió, en un informe comisionado por el Gobierno, que había una “fuerte tendencia” a restringir exageradamente el mercado. Asimismo, Röpke insistía en que los gastos sociales y los impuestos no pueden sobrepasar cierto nivel “sin perjudicar los aspectos expansivos y concertadores de una economía de libre mercado”.

Las críticas de Röpke a los programas de bienestar aumentaron en los años siguientes. Así, censuró duramente la decisión del Gobierno Erhard (1957) de ajustar el programa de pensiones al costo de la vida: a su juicio, era un paso para convertir el sistema de bienestar en “una muleta para la sociedad”.

Esa muleta sigue estando ahí. Hoy, los partidos políticos alemanes ofrecen rebajar los impuestos al tiempo que prometen más gastos sociales. Eso no es financieramente responsable, pero los políticos saben que muchos alemanes no votarán por quien diga que va a reducir el Estado de Bienestar.

Röpke lamentó que el Gobierno no impidiera que los sindicatos establecieran monopolios laborales. En 1960 argumentó que tales monopolios tendrían por consecuencia la inflexibilidad salarial, que a su vez generaría desempleo. Pero eso sonaba alarmista en aquel entonces. Había poco paro. Hoy, cuando éste parece no tener remedio, nadie se burlaría de las predicciones de Röpke.

Röpke murió en 1966, y no vio sus predicciones convertidas en realidad. Pero todo político interesado en el tema debe leer su obra La economía de la sociedad libre, que aunque publicada en 1937 sigue siendo una brillante introducción al funcionamiento de los mercados. Röpke sabía que las economías de mercado se basan en unos pocos principios sencillos, y mantenía que no había nada de milagroso en la prosperidad de que disfrutó Alemania a partir de 1948: era un tanto que había que atribuir al mercado.

Alemania puede encontrar el remedio y la salvación a sus males en un pasado no muy lejano. Pero ¿hay algún político por allí que tenga el coraje de librar esa batalla? Quizá sea necesaria la intervención divina…

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*Publicado el 2 de Julio de 2008. 

Fuentehttp://www.fundacionburke.org/2008/07/02/no-hubo-milagro-aleman/

La insensatez de los que piden “salarios mínimos”

Si alguien de verdad quiere hacer daño a los más necesitados, a los que más problemas tienen para encontrar trabajo, sin duda una forma de asegurar que, como colectivo, no encontrarán el modo de llevar un ingreso a casa, uno tan pequeño que seguro que ni Ud. ni yo aceptaríamos, pero que en su caso puede ser la ayuda que tanto necesitan, es mediante una ley de salarios mínimos, y cuanto más alto sea este salario mínimo, más cruel y letal será la medida. 

Emplear a alguien, o no, es una decisión personal. Una decisión que tomamos en la medida en la que se pensemos que lo que nos puede aportar ese futuro empleado será más o al menos tanto como lo que tendremos que pagarle por su salario. Y esto no es capitalismo salvaje o egoísmo de mercados sin alma. Es la pura lógica de un comportamiento humano.

Si una familia hace cálculos y piensa que podría contratar una empleada del hogar por 500 euros al mes, pero aparece una ley de salarios mínimos que exige que debe cobrar al menos 800 euros, muy probablemente hay una persona necesitada que se acaba de quedar sin una de las pocas posibilidades que tenía de llevar un ingreso a casa, y en general la economía habrá perdido un puesto de trabajo. No es que esa familia este podría por la avaricia, es que esa familia, de acuerdo con sus circunstancias, ha valorado el servicio que le puede prestar esa empleada y no les compensa pagar 800 euros al mes. Ya encontrarán entre todos un apaño.

Es pura lógica humana, y nada que ver con un capitalismo desalmado. Si el salario que se le debe pagar a un tipo de trabajadores es más de lo que esos trabajadores le pueden aportar al posible empleador, no hay forma de conseguir que esos empleos se mantengan o siquiera que existan. La sociedad pierde esos puestos de trabajo y aumenta el drama social, sin que nadie diga nada, ante la satisfacción de los “bienintencionados” y la impotencia de los que necesitaban ese ingreso para seguir subsistiendo, aunque para Ud. o para mí ese ingreso nos parezca ridículo.

Exigir por ley salarios por encima de la productividad del trabajador destroza la parte baja y más vulnerable del mercado de trabajo. Esperar salarios por encima de la productividad del trabajador se debe enfocar no como un decreto lagal sino como una llamada a la lógica del don y a la economía de la gratuidad. No es infrecuente que empresas paguen por encima de su productividad a ciertos trabajadores ante dificultades familiares o personales. Pero esto no es la solución, solo un parche, y puede que un parche pequeño.

La única forma efectiva y duradera de asegurar salarios dignos, como a todos nos gustarían, es aumentando la productividad del trabajador, como la historia tozudamente nos demuestra. Una productividad mayor de los trabajadores que se consigue mediante inversiones acertadas en maquinaria, instalaciones, infraestructuras y, lo más importante de todo, mediante la mayor formación y experiencia laboral de los trabajadores.

Por supuesto, también hay quien aprovechándose de situaciones de ignorancia o necesidad abusa pagando escandalosamente por debajo de la productividad de los trabajadores. Como católicos y personas de buena voluntad no debemos dejar de identificar y denunciar estas situaciones de “usura” que impiden a los trabajadores recoger los justos frutos de su trabajo. «No explotarás al jornalero» (Dt 24,14); «Mirad: el salario que no habéis pagado a los jornaleros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Sant 5,4).

Pocos momentos son tan tristes como decirle o confirmarle a un niño sus sospechas sobre los Reyes Magos. Romper su mundo de fantasías donde los regalos llueven del cielo, donde solamente el deseo de que algo suceda, a condición de que ese deseo esté apoyado sobre un buen comportamiento, hace que lo que en cualquier otro día del año sería imposible, en la madrugada del 6 de enero se hace realidad.

Si pudiera, decretaría que todos tuviéramos un salario mínimo que nos permitiera satisfacer sin agobios nuestras necesidades personales y familiares, para escolarizar a nuestros hijos sin tener que forzarles a trabajar, y que nos asegurase una condición digna cuando por edad o enfermedad ya no pudiéramos trabajar más; un salario mínimo que también nos dejase espacio para lo personal, familiar y religioso. Pero esto no es algo que podamos conseguir en la madrugada del 6 de enero mediante un simple decreto legislativo.

No hay atajos ni intervenciones mágicas. Los salarios mínimos no se decretan, solo se consiguen con muchísimo esfuerzo aumentando la productividad de los trabajadores. Mientras, no cortemos las únicas posibilidades que muchos tienen de poder seguir adelante. La caridad empieza por aceptar la verdad.

Nota publicada originalmente en Religión en Libertad el 8 de Abril de 2014.

 

Pobreza, justicia y amor cristiano

Por Michael Matheson Miller

La preocupación por los pobres está en el corazón del cristianismo. San Juan Pablo II llamó a la pobreza uno de los mayores desafíos morales de nuestro tiempo, y hacer caso omiso de la difícil situación de los pobres tiene consecuencias para nuestras almas eternas.

El Papa Francisco trató a la pobreza en la Evangelii Gaudium: “Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera..”(# 54).

La consecuencia de la apatía frente al sufrimiento se ve claramente en la parábola de Lázaro y el hombre rico. En su comentario sobre este pasaje, san Agustín observa que no fue su gran riqueza los que envió el hombre rico al infierno, fue su indiferencia. A él simplemente no le importaba. Ignoró al hombre pobre.

El cuidado de los pobres no es simplemente una cuestión de caridad, es también una cuestión de justicia. Estamos llamados a ayudar a los pobres, pero, al mismo tiempo, no estamos llamados simplemente “hacer algo”. Tener un corazón para los pobres no es suficiente. También necesitamos una mente para los pobres. Nuestra caridad y justicia deben ser ordenados por la razón y orientados a la verdad.

El Papa Benedicto escribe en Caritas in Veritate: “Sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo”. (# 3).

Esto significa que nuestra caridad y nuestra hambre de justicia deben estar arraigadas en la virtud de la prudencia. El filósofo alemán Josef Pieper define la prudencia como ver al mundo tal y como es, y actuar en consecuencia. Esta es la razón por la que la prudencia a menudo se llama la madre de las virtudes, porque no podemos ser justos, valientes ni moderados, si no vemos el mundo tal como es y actuar de acuerdo con eso.

La prudencia es especialmente importante cuando tratamos de ayudar a los pobres. Santo Tomás de Aquino nos recuerda que la justicia puede ser destruida de dos maneras: no sólo por “el acto violento del hombre que posee el poder”, sino también por la “falsa prudencia del sabio”. La caridad imprudente puede en realidad aumentar la injusticia. A veces en realidad nuestra ayuda puede empeorar las cosas.

Hay muchos problemas con la forma en la que nos involucramos en los asuntos de la pobreza, tanto en los EEUU como en el extranjero, pero hay una cuestión filosófica subyacente que a menudo se olvida y es que hemos sustituido la caridad con el humanitarismo. ¿Cuál es la diferencia? El humanitarismo se centra principalmente en proporcionar comodidad y satisfacción a las necesidades materiales de la gente, pero esto es solo una pequeña parte de la caridad. El humanitarismo limita sus horizontes a lo material y, por lo tanto, no alcanza a la capacidad creativa, a la dignidad inherente, ni al destino eterno del hombre.

El humanitarismo es una visión secular y materialista vacía del amor cristiano. Es una mala copia. Sin embargo, incluso las organizaciones cristianas a menudo operan bajo un modelo humanitario. Como el Papa Francisco ha advertido, la Iglesia, se supone, no es sólo una entre muchas ONGs (organizaciones no gubernamentales).

La caridad, en cambio, viene de la palabra caritas en latín, o ágape en griego. La caridad es el amor cristiano. Amar es procurar por el bien del otro. Esto significa que mientras que las buenas obras y el cuidado de los pobres son una parte esencial de la caridad, no lo son todo.

Desear el bien del otro, en última instancia significa desarrollo y estímulo del florecimiento humano, manteniendo en mente al mismo tiempo el destino eterno de la persona. ¿Significa esto que la caridad cristiana no se preocupa por las necesidades materiales? Por supuesto que no, pero se da cuenta de que esto no es suficiente. La provisión de las necesidades materiales debe estar al servicio de la promoción de la prosperidad humana, ayudando a la persona a ser todo lo que Dios ha llamado a que sea.

Las ideas sí tienen consecuencias, y el cambio de humanitarismo de nuevo a una visión más rica y más humana del amor cristiano cambia la forma en la que nos involucramos con los pobres —no sólo como objetos de nuestra caridad, sino como sujetos y protagonistas de su propia historia de desarrollo.

También nos hace menos centrados en nosotros mismos y más centrados en las personas a las que estamos tratando de ayudar. El Papa Francisco nos ha exhortado a estar en las primeras filas con los pobres. Es hora de una revolución en la caridad —en pensamiento y en acción.

Nota

La traducción del articulo Poverty, Justice, and Christian Love publicado por el Acton Institute el 7 de mayo de 2014, es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural que sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.

La columna apareció primero en Legatus Magazine. Michael Matheson Miller es Investigador y Director de PovertyCure.

Libertad religiosa y económica: verdaderamente indivisibles

Por Samuel Gregg

Cualquiera que sea la forma en que la Corte Suprema de Estados Unidos se pronuncie sobre el caso Sebelius vs Hobby Lobby Stores, un hecho ha quedado muy claro. Estamos tardíamente dándonos cuenta de que las diferentes formas de libertad son más dependientes entre sí de lo que muchos han supuesto hasta ahora.

¿Quién hubiera pensado que la expansión del estado de bienestar en el disfraz de Obamacare —que, por definición, reduce significativamente la libertad económica— podría afectar directamente a la capacidad de los individuos y los grupos para conducir sus asuntos de acuerdo con sus profundas creencias religiosas? Esta, sin embargo, es precisamente la realidad que enfrentamos.

La mayoría de la gente está acostumbrada a pensar en la libertad religiosa como un requisito previo a la libertad política. Pero la libertad religiosa no sólo afecta a nuestro papel como ciudadanos en los asuntos públicos. La libertad religiosa se ​​refiere también a nuestra libertad para elegir en numerosos aspectos no políticos de nuestra vida, que van desde si asistimos a la iglesia en un día determinado de la semana, hasta lo que elegimos comprar.

Las restricciones injustas de la libertad religiosa con frecuencia se presentan como formas que limitan la capacidad de los miembros de las religiones particulares para participar plenamente en la vida pública. Los católicos en la Inglaterra de Isabel I y Jacobo I, por ejemplo, fueron despojados poco a poco de la mayoría de sus derechos civiles y políticos por causa de su negativa a cumplir con la Iglesia establecida.

El ataque a su libertad, sin embargo, fue más allá de esto. Tal vez aún más dañino fue el ataque a su libertad económica. Esto se produjo en forma de multas paralizantes con las que gobiernos con ingresos reducidos gravaban a los católicos recalcitrantes, por no hablar de las restricciones sobre la capacidad de los católicos para poseer y utilizar sus bienes como mejor les pareciera.

Muchas de esas leyes, los estadounidenses nunca debe olvidar, cruzaron el Atlántico. Aunque la colonia de Maryland fue fundada por católicos ingleses huyendo de la represión religiosa, finalmente prevalecieron leyes anti-católicas similares a las de Gran Bretaña. Como señaló el más famoso de los católicos de Maryland, Charles Carroll de Carrollton —el único católico que firmó la Declaración de la Independencia y el hombre más rico de las colonias americanas— los motivos económicos suelen estar detrás de ese acoso. “Los hombres egoístas”, escribió, “inventaron las condiciones religiosas para excluir de los puestos lucrativos y de confianza a sus compañeros más débiles o de mayor conciencia”.

En términos generales, los disidentes religiosos han demostrado ser muy hábiles para eludir esas restricciones. De hecho, hay cierta evidencia de que la limitación de la participación de un grupo religioso en la vida política a menudo se traduce en dedicar su talento al éxito económico. Consideremos, por ejemplo, el caso de los empresarios perennes: los cristianos árabes.

Hasta hace relativamente poco, los cristianos eran la comunidad religiosa más grande de Líbano. Durante siglos, comerciaron ampliamente con sus correligionarios en todo el Mediterráneo, facilitando así el intercambio comercial entre Oriente y Occidente. Además de la geografía, sin embargo, otra de las causas del éxito comercial cristiano de Oriente Medio bien pudo haber sido la situación jurídica de segunda clase impuesta por los conquistadores musulmanes del siglo séptimo en adelante.

En su Historia de los Pueblos Árabes, el fallecido Albert Hourani relata que los cristianos (mayoritariamente ortodoxos, católicos, o coptos) fueron obligados a llevar ropa especial que los identificara como no musulmanes. También se vieron obligados a pagar un impuesto especial, tenían prohibido portar armas y esporádicamente eran perseguidos. Hourani observa, sin embargo, que estas limitaciones empujaron a muchos cristianos a actividades comerciales. Eventualmente dominaron muchos ámbitos económicos, incluidos los buques mercantes y la banca.

Una historia similar puede contarse sobre el pueblo judío. En el pasado no tan reciente, ser judío significaba no poder participar en la política, ni servir en el ejército ni en la administración pública en el mundo cristiano y el islámico. Muchos judíos se quedaron por tanto con poco más que dedicarse a crear riqueza.

Una de las buenas noticias —y una prueba más de la indivisibilidad de la libertad— es la forma en la que las expansiones de la libertad económica pueden crear presiones para una mayor libertad religiosa. China continental es quizás el mejor ejemplo.

Durante los últimos treinta años, China ha adoptado una cierta libertad económica. Menos conocido es que en las provincias chinas autorizadas para liberalizar sus economías, millones de chinos han abrazado el cristianismo.

Esto no debería sorprendernos. Una vez que se otorga libertad en un área, es difícil impedir que la libertad se extienda a otras esferas. La libertad económica, por ejemplo, exige y alienta a la gente a pensar y elegir libremente. Sin esto, el espíritu empresarial es imposible. Es un reto, sin embargo, limitar la reflexión y la decisión a las cuestiones económicas. La gente empieza a hacer preguntas sociales, políticas, y, sí, preguntas religiosas. Y muchos chinos han decidido que el cristianismo es la respuesta a sus reflexiones religiosas.

Eso ha creado dilemas agudos para los gobernantes chinos. Por un lado, el régimen pretende valorar la contribución de los estrictos códigos morales de muchas religiones a la vida económica. El presidente Xi Jinping ha declarado públicamente que China está “perdiendo su brújula moral” y que las religiones chinas “tradicionales”, como el confucianismo y el taoísmo podrían “ayudar a llenar el vacío que ha permitido que la corrupción prospere”.

Pero el régimen también conoce que el cristianismo niega que el Estado pueda ejercer la autoridad religiosa sobre la iglesia. Tal afirmación es inaceptable para los actuales gobernantes de China. ¿Por qué? Porque implícitamente desafía el monopolio del poder de la élite gobernante. Por lo tanto vemos que el régimen persigue a los católicos que insisten en la fidelidad al Papa. En una de los más ricas provincias orientales de China, Zhejiang, se les está diciendo a las iglesias evangélicas que quiten sus cruces y amenazando con demoler sus edificios.

Con razón, como nos recuerdan los científicos sociales, la correlación no implica causalidad. El hecho, sin embargo, en esta económicamente exitosa y cada vez más cristiana provincia china, muchos predicadores evangélicos están diciendo a las autoridades que retrocedan, lo que nos muestra que una vez que el genio de la libertad ha salido de la lámpara, es difícil regresarlo a ella.

Evidentemente, la libertad religiosa no es todavía una realidad en China. Sin embargo, gracias en parte al azar de la liberalización del mercado en China, su florecimiento parece menos lejano. Sería tristemente irónico si nosotros, en Occidente —la cuna de la libertad religiosa— permitiéramos que el progresismo secular, socavando a la libertad económica, en el nombre de una igualdad imposible, redujera a una reliquia histórica la primera y más importante de nuestras libertades.

Nota

          La traducción del articulo Religious Freedom and Economic Liberty: Truly Indivisible publicado por el Acton Institute el 14 de mayo de 2014, es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural que sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.

            Este artículo apareció originalmente en The American Spectator

Asignación pan de manteca para mi bebé

Por Jaime Martin Grondona
Junio de 2013

Frédéric Bastiat en 1850 dijo: “En la esfera económica, un acto, una costumbre, una institución, una ley no engendran un solo efecto, sino una serie de ellos. De estos efectos, el primero es sólo el más inmediato; se manifiesta simultáneamente con la causa, se ve. Los otros aparecen sucesivamente, no se ven; bastante es si los prevemos. Toda la diferencia entre un mal y un buen economista es ésta: uno se limita al efecto visible; el otro tiene en cuenta el efecto que se ve y los que hay que prever.

Pero esta diferencia es enorme, ya que casi siempre sucede que, cuando la consecuencia inmediata es favorable, las consecuencias ulteriores son funestas, y vice versa. — Así, el mal economista persigue un beneficio inmediato que será seguido de un gran mal en el futuro, mientras que el verdadero economista persigue un gran bien para el futuro, aun a riesgo de un pequeño mal presente.”

Una vez escuché la historia de un médico pediatra que aconsejaba a los padres darle a sus bebes un pan de manteca al día disuelto en sus mamaderas. Él sostenía que los bebés necesitan 1000 calorías diarias, y les estaba dando eso en un sencillo y práctico pan de manteca. El trágico resultado fue la muerte de esos chiquitos. Obviamente la justicia se encargó de aplicar una sentencia adecuada al médico por ignorar cosas que no podía ignorar.

Esta fatalidad pasa a diario en la política. Pero a diferencia del mundo de la medicina, aquí no existe nunca la condena por ignorancia culpable o mala praxis. Claro, a fin de cuentas, es muy difícil probar que un chico murió de hambre a causa de tal o cual medida económica o política.

Les cambio de tema, o no. Hablemos de la Asignación por embarazo para la protección social. ¿Qué es? un ingreso que protege a las madres en estado de vulnerabilidad para que puedan llevar adelante su embarazo cuidando su salud y la de su bebé. ¿A quién le corresponde? A las mujeres desde la semana 12 de gestación hasta el nacimiento o la interrupción del embarazo, que estén desocupadas; sean monotributistas sociales sin ninguna prestación contributiva o no contributiva; se desempeñen en la economía informal o en el servicio doméstico y perciban un ingreso igual o inferior al salario mínimo vital y móvil.

Mucha gente pro-vida festejó en 2011 la sanción de esta Asignación. A primera vista no es para menos ¿O acaso no desalienta el aborto? Por ley el estado se ocupa de dar plata a la embarazada que en su paupérrima situación puede querer incurrir en aborto. Aparte, de una u otra forma, si le ponemos ganas podemos leerla como una extensión de la Asignación Universal por Hijo. Por lo tanto, da un argumento para decirle a los políticos que la votaron: ¡Hey, vos aprobaste una Asignación que reconocía que el niño por nacer es una persona! No puedes ahora avalar una ley que promueva el aborto.

Les dejo algunos testimonios de mujeres que recibieron la Asignación: “Me embaracé porque así puedo tener un sueldo porque soy menor y nadie me da trabajo. Embarazada me van a pagar en la ANSES y mi mamá ya está haciendo los trámites, ella ya cobra por mí”. “Prefiero estar embarazada a ir a trabajar de empleada”, “Cobraba la beca porque antes repetía mucho en la escuela, pero después se cortó y ya no me pagan, ahora con mi bebé voy a poder cobrar otra vez”

Cuidado, la banalización e instrumentalización del embarazo es un paso previo a la aceptación del aborto. A fin de cuentas, quien se queda embarazada para cobrar un plan, fácilmente se las arreglará para desembarazarse si hay una mejor oportunidad.

Todas estas medidas, aun miradas con los ojos más benevolentes, no son más que paliativos para disminuir el sufrimiento del marginado. Eso es muy noble, salvo si son los paliativos los causantes de la marginación. Por eso es un imperativo de conciencia que nos preguntemos con Bastiat ¿cuáles son los efectos que no vemos? ¿Cuántos bienes como alimentos, vestido y vivienda no pueden producir los argentinos por hacer frente a la presión tributaria? ¿Cuántos puestos de trabajo no existen porque los empleadores deben financiar los subsidios en vez de pagar un sueldo?

¿Cuál es el camino para estas mujeres marginadas? No lo sé, pero sería muy triste tener que concluir que, plagado de buenas intenciones, el estado se convirtió en un padre déspota que embaraza a sus mujeres y les deja cómo único recurso de subsistencia depender de él.

Guerra contra las mujeres

Por Elise Hilton

Con más de una docena de mujeres sonrientes mirando sobre su hombro en el Salón Este de la Casa Blanca, el 8 de abril el presidente Obama firmó una proclamación en apoyo al Día Nacional de la Igualdad Salarial. El presidente dijo que estaba trabajando para prevenir la discriminación en el trabajo y ayudar a los trabajadores a tomar el control sobre las negociaciones relativas a su remuneración.

“Mi gobierno sigue dedicado a la mejora de nuestras leyes de igualdad de remuneración y al cierre de la brecha salarial entre mujeres y hombres”, dijo Obama en la proclamación. “A partir de la firma de la Ley Lilly Ledbetter de Pago Justo para establecer el Grupo de Trabajo para la Igualdad de Pago, he fortalecido la protección contra la discriminación salarial y reprimido violaciones de las leyes de igualdad de remuneración”.

Algunos se apresuraron a señalar que el gobierno de Obama no respeta su propio estándar. De acuerdo con el American Enterprise Institute, el personal femenino de la Casa Blanca gana 22 centavos menos que sus homólogos masculinos. Eso tiene un nombre, “hipocresía”.

La cuestión de igualdad salarial está llena de mitos. La Casa Blanca y los medios de comunicación les encanta citar el “hecho” de que las mujeres ganan 23 centavos menos por hora que los hombres. Sin embargo, la Oficina de Estadísticas Laborales dice que la diferencia es de sólo 19 centavos de dólar. Para los asalariados por hora, la brecha se reduce a 14 centavos de dólar. En el momento de empezar a comparar salarios entre trabajadores con educación universitaria, no hay en absoluto prácticamente ninguna disparidad salarial.

¿De qué se trata? ¿Realmente las mujeres ganan menos que los hombres por hacer el mismo trabajo? Si es así, ¿cuánto menos? ¿O es simplemente un truco del gobierno para aprobar más leyes, en concreto, la Ley de Equidad de Nómina?

Hay matices en la ilusión de la igualdad de retribución que escapan tanto a la Casa Blanca como a la prensa. Vamos a tomar una pareja ficticia, Kay y Ken. Se conocen en la universidad, los dos estudian docencia, con el plan de convertirse en maestros de escuelas secundarias. Se casan y comienzan sus carreras. A los tres años de su matrimonio, tienen una hija. Deciden que Kay se quede en casa con la pequeña Kayleigh hasta que tenga edad suficiente para comenzar el jardín de infantes. (Me doy cuenta de que todo esto es terriblemente tradicional y pintoresco y por lo tanto va a ofender a mucha gente, pero concédame un momento, estoy demostrando un punto.)

Ken continúa siendo profesor y obtiene su maestría. Cuando Kay comienza a enseñar de nuevo, ¿deberá pagársele el mismo salario exacto que su marido, a pesar de que ella ha estado fuera del mercado de trabajo durante cinco años, y no tiene un grado avanzado? Por supuesto que no.

Digamos que ahora Kay obtiene su maestría también. Sin embargo, ella es también la que sale de la escuela al final del día para recoger a Kayleigh, mientras que Ken se queda para entrenar al club de ajedrez y los atletas de matemáticas. ¿Debe su paga reflejar sus funciones adicionales? Por supuesto.

Los presidentes estadounidenses han estado jugando el juego de la remuneración igual durante más de 50 años. En 1963, el presidente Kennedy firmó la Ley de Igualdad Salarial, la que, dijo, prohibe “la discriminación arbitraria contra la mujer en el pago de salarios”. Avancemos rápido hasta 2009, cuando el presidente Obama firmó su primera pieza de legislación —la Ley Lilly Ledbetter de Pago Justo. Ya es la ley por la que las personas —mujeres, hombres, blancos, hispanos, etc— deben recibir el mismo salario por el mismo trabajo. ¿Cuál es el punto de una proclamación presidencial y las nuevas leyes?

Katie Packer Gage es socia de Burning Glass Consulting, una firma de consultoría del GOP. Ella sostiene que no necesitamos una nueva legislación para cada disparidad en los lugares de trabajo, sobre todo cuando se trata de salarios. Tenemos un montón de leyes en los libros ahora. “La igualdad de retribución” es un cómodo grito de guerra que ayuda a disimular el hecho de que casi 8 millones de mujeres siguen desempleadas (y que el desempleo ha empeorado bajo la administración Obama). Esas mujeres no están preocupadas por la igualdad salarial; están preocupadas por el pago del alquiler y el tener comida en la mesa. Quieren un trabajo.

Por supuesto, la Casa Blanca tiene una respuesta a eso también y no es la creación de empleo. Es más leyes, programas, ayudas y paternalismo. Por un lado, el gobierno quiere que todos sepan que las mujeres son iguales. Por otro lado, el gobierno quiere envolver a las mujeres en programas burocráticos desde el nacimiento hasta la muerte: la guardería subvencionada, Head Start, SNAP, anticonceptivos gratis, Medicare, Medicaid, etc. En el más reciente Informe Shriver, Maria Shriver dijo esto:

Millones de ellas [mujeres] son proveedores que no tienen pareja, siendo invisibles para un gobierno que no tiene políticas y prácticas que puedan ayudar a apoyarlas y fortalecerlas en sus múltiples roles.

Sólo para que quede claro: las mujeres son increíbles. Fuertes. Inteligentes. Independientes. Capaces de grandes cosas. Malabaristas expertas de muchos papeles. Iguales a cualquier hombre.

¿Y somos capaces de hacer todo esto porque el gobierno está ahí, para “apoyarnos y fortalecernos”?

Las mujeres están al mismo nivel que los hombres, sin importar cuál es el trabajo que hace uno u otro; la igualdad no es otorgada por el gobierno. En el marco de un entendimiento judeo-cristiano, la igualdad no tiene nada que ver con los cheques de pago, y todo que ver con el ser hecho a imagen y semejanza de Dios, y eso va para cualquier género. La fortaleza de una mujer no está en su puesto de trabajo, su sueldo, ya sea que ella trabaje o quede en casa. El beato Juan Pablo II:

La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer —sobre todo en razón de su femineidad— y ello decide principalmente su vocación.

La mujer es fuerte por la conciencia de esta entrega, es fuerte por el hecho de que Dios «le confía el hombre», siempre y en cualquier caso, incluso en las condiciones de discriminación social en las que pueda encontrarse. Esta conciencia y esta vocación fundamental hablan a la mujer de la dignidad que recibe de parte de Dios mismo, y todo ello la hace «fuerte» y la reafirma en su vocación”.

Esta es la verdadera guerra contra la mujer: la visión sistemática de las mujeres como víctimas de la opresión, donde la única oportunidad de éxito es un gobierno paternalista creando programas, leyes y supervisión para asegurarse de que las mujeres sean nunca, jamás tratadas injustamente. La igualdad es así concedida por la ley humana, no por la ley natural.

Eso no es igualdad. Eso es paternalismo e hipocresía. Las mujeres fuertes, inteligentes, independientes se dan cuenta de eso.

Nota

La traducción del articulo War on Women: Hypocrisy and Paternalism under the Guise of Equality publicado por el Acton Institute el 16 abril de 2014, es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural, y que sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.