Libertad religiosa y económica: verdaderamente indivisibles

Por Samuel Gregg

Cualquiera que sea la forma en que la Corte Suprema de Estados Unidos se pronuncie sobre el caso Sebelius vs Hobby Lobby Stores, un hecho ha quedado muy claro. Estamos tardíamente dándonos cuenta de que las diferentes formas de libertad son más dependientes entre sí de lo que muchos han supuesto hasta ahora.

¿Quién hubiera pensado que la expansión del estado de bienestar en el disfraz de Obamacare —que, por definición, reduce significativamente la libertad económica— podría afectar directamente a la capacidad de los individuos y los grupos para conducir sus asuntos de acuerdo con sus profundas creencias religiosas? Esta, sin embargo, es precisamente la realidad que enfrentamos.

La mayoría de la gente está acostumbrada a pensar en la libertad religiosa como un requisito previo a la libertad política. Pero la libertad religiosa no sólo afecta a nuestro papel como ciudadanos en los asuntos públicos. La libertad religiosa se ​​refiere también a nuestra libertad para elegir en numerosos aspectos no políticos de nuestra vida, que van desde si asistimos a la iglesia en un día determinado de la semana, hasta lo que elegimos comprar.

Las restricciones injustas de la libertad religiosa con frecuencia se presentan como formas que limitan la capacidad de los miembros de las religiones particulares para participar plenamente en la vida pública. Los católicos en la Inglaterra de Isabel I y Jacobo I, por ejemplo, fueron despojados poco a poco de la mayoría de sus derechos civiles y políticos por causa de su negativa a cumplir con la Iglesia establecida.

El ataque a su libertad, sin embargo, fue más allá de esto. Tal vez aún más dañino fue el ataque a su libertad económica. Esto se produjo en forma de multas paralizantes con las que gobiernos con ingresos reducidos gravaban a los católicos recalcitrantes, por no hablar de las restricciones sobre la capacidad de los católicos para poseer y utilizar sus bienes como mejor les pareciera.

Muchas de esas leyes, los estadounidenses nunca debe olvidar, cruzaron el Atlántico. Aunque la colonia de Maryland fue fundada por católicos ingleses huyendo de la represión religiosa, finalmente prevalecieron leyes anti-católicas similares a las de Gran Bretaña. Como señaló el más famoso de los católicos de Maryland, Charles Carroll de Carrollton —el único católico que firmó la Declaración de la Independencia y el hombre más rico de las colonias americanas— los motivos económicos suelen estar detrás de ese acoso. “Los hombres egoístas”, escribió, “inventaron las condiciones religiosas para excluir de los puestos lucrativos y de confianza a sus compañeros más débiles o de mayor conciencia”.

En términos generales, los disidentes religiosos han demostrado ser muy hábiles para eludir esas restricciones. De hecho, hay cierta evidencia de que la limitación de la participación de un grupo religioso en la vida política a menudo se traduce en dedicar su talento al éxito económico. Consideremos, por ejemplo, el caso de los empresarios perennes: los cristianos árabes.

Hasta hace relativamente poco, los cristianos eran la comunidad religiosa más grande de Líbano. Durante siglos, comerciaron ampliamente con sus correligionarios en todo el Mediterráneo, facilitando así el intercambio comercial entre Oriente y Occidente. Además de la geografía, sin embargo, otra de las causas del éxito comercial cristiano de Oriente Medio bien pudo haber sido la situación jurídica de segunda clase impuesta por los conquistadores musulmanes del siglo séptimo en adelante.

En su Historia de los Pueblos Árabes, el fallecido Albert Hourani relata que los cristianos (mayoritariamente ortodoxos, católicos, o coptos) fueron obligados a llevar ropa especial que los identificara como no musulmanes. También se vieron obligados a pagar un impuesto especial, tenían prohibido portar armas y esporádicamente eran perseguidos. Hourani observa, sin embargo, que estas limitaciones empujaron a muchos cristianos a actividades comerciales. Eventualmente dominaron muchos ámbitos económicos, incluidos los buques mercantes y la banca.

Una historia similar puede contarse sobre el pueblo judío. En el pasado no tan reciente, ser judío significaba no poder participar en la política, ni servir en el ejército ni en la administración pública en el mundo cristiano y el islámico. Muchos judíos se quedaron por tanto con poco más que dedicarse a crear riqueza.

Una de las buenas noticias —y una prueba más de la indivisibilidad de la libertad— es la forma en la que las expansiones de la libertad económica pueden crear presiones para una mayor libertad religiosa. China continental es quizás el mejor ejemplo.

Durante los últimos treinta años, China ha adoptado una cierta libertad económica. Menos conocido es que en las provincias chinas autorizadas para liberalizar sus economías, millones de chinos han abrazado el cristianismo.

Esto no debería sorprendernos. Una vez que se otorga libertad en un área, es difícil impedir que la libertad se extienda a otras esferas. La libertad económica, por ejemplo, exige y alienta a la gente a pensar y elegir libremente. Sin esto, el espíritu empresarial es imposible. Es un reto, sin embargo, limitar la reflexión y la decisión a las cuestiones económicas. La gente empieza a hacer preguntas sociales, políticas, y, sí, preguntas religiosas. Y muchos chinos han decidido que el cristianismo es la respuesta a sus reflexiones religiosas.

Eso ha creado dilemas agudos para los gobernantes chinos. Por un lado, el régimen pretende valorar la contribución de los estrictos códigos morales de muchas religiones a la vida económica. El presidente Xi Jinping ha declarado públicamente que China está “perdiendo su brújula moral” y que las religiones chinas “tradicionales”, como el confucianismo y el taoísmo podrían “ayudar a llenar el vacío que ha permitido que la corrupción prospere”.

Pero el régimen también conoce que el cristianismo niega que el Estado pueda ejercer la autoridad religiosa sobre la iglesia. Tal afirmación es inaceptable para los actuales gobernantes de China. ¿Por qué? Porque implícitamente desafía el monopolio del poder de la élite gobernante. Por lo tanto vemos que el régimen persigue a los católicos que insisten en la fidelidad al Papa. En una de los más ricas provincias orientales de China, Zhejiang, se les está diciendo a las iglesias evangélicas que quiten sus cruces y amenazando con demoler sus edificios.

Con razón, como nos recuerdan los científicos sociales, la correlación no implica causalidad. El hecho, sin embargo, en esta económicamente exitosa y cada vez más cristiana provincia china, muchos predicadores evangélicos están diciendo a las autoridades que retrocedan, lo que nos muestra que una vez que el genio de la libertad ha salido de la lámpara, es difícil regresarlo a ella.

Evidentemente, la libertad religiosa no es todavía una realidad en China. Sin embargo, gracias en parte al azar de la liberalización del mercado en China, su florecimiento parece menos lejano. Sería tristemente irónico si nosotros, en Occidente —la cuna de la libertad religiosa— permitiéramos que el progresismo secular, socavando a la libertad económica, en el nombre de una igualdad imposible, redujera a una reliquia histórica la primera y más importante de nuestras libertades.

Nota

          La traducción del articulo Religious Freedom and Economic Liberty: Truly Indivisible publicado por el Acton Institute el 14 de mayo de 2014, es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural que sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.

            Este artículo apareció originalmente en The American Spectator

Volver a las Bases

Punto de Vista Economico

AlberdiJuan Bautista Alberdi fue un actor fundamental en la conformación del estado argentino. No sólo fue fundamental en influenciar nuestra Constitución Nacional, sino que también dejó las Bases para que Argentina emprendiera un camino de desarrollo sostenido por varias décadas.

Me propongo en este artículo resumir su posición sobre distintos temas al sólo efecto de reintroducir sus “bases” en el debate moderno.

El gobierno debe limitarse a funciones esenciales

Bajo la estatolatría que nos rodea, el estado moderno ha asumido funciones que han distraído a los gobiernos de sus funciones esenciales. Se podrá decir que este es un fenómeno novedoso, que comienza en el siglo XX y se expande hacia comienzos del siglo XXI, pero Alberdi anticipó esta amenaza, como queda claro en las siguientes citas.

“Si los derechos civiles del hombre pudiesen mantenerse por sí mismos al abrigo de todo ataque, es decir, si nadie atentara contra nuestra vida…

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Progresar o florecer

Por Carroll Ríos de Rodríguez
Fuente: CEES

El prócer estadounidense Charles Carroll, católico, rezó para que las libertades civiles y religiosas conquistadas por su revolución duraran y se difundieran a toda la familia humana. ¿Qué diría Carroll si pudiera ver el mundo actual?

¿Usted cree que los católicos solamente pueden albergar tendencias “de izquierda”? Algunas personas opinan que la redistribución del ingreso y la colectivización de la sociedad son prácticamente prescripciones cristianas. Por este motivo, desde la democracia cristiana y el social cristianismo, hasta la más radical teología de liberación, han reclutado adeptos que son creyentes. Por otra parte, algunos liberales han sido hostiles a la religión. Por estas tierras, el liberalismo à la Comte fue ferozmente anticlerical. Y son chocantes a oídos cristianos las apologías del utilitarismo, materialismo, individualismo y egoísmo.

De allí que prácticamente olvidáramos que la idea de la libertad personal emana del cristianismo. No sólo es posible, sino natural, esbozar una postura católica en favor del gobierno limitado, el mercado libre y el progreso, afirma Samuel Gregg en su nuevo libro, Tea Party Catholic. Los seres humanos, hechos a imagen de Dios, estamos llamados a emplear nuestra libertad para convertirnos en la mejor persona que podemos ser.

El título del nuevo libro de Gregg puede despistar. No describe al nuevo movimiento conservador llamado Tea Party, cuyos allegados protestan contra altos impuestos y una deuda fiscal desbordada. Tampoco es una mera radiografía de la cultura estadounidense, vista por un inmigrante australiano. Gregg espulga tres fuentes: documentos oficiales del Vaticano, ensayos por los padres fundadores de la república, y libros por católicos en la modernidad. Así, destila el particular aporte del catolicismo a una comprensión integral de la libertad.

Para un católico, libertad no significa poder hacer cualquier cosa, sino auto-gobierno. Como decía San Agustín: “el que es bueno es libre aún siendo esclavo; el que es malo, aunque sea rey, es un esclavo, y no de otro hombre, sino de tantos amos como tenga vicios.” En la encíclica Libertas (1888), el papa León XIII acota que Dios nos hizo libres, y que la libertad es el “más alto de los atributos naturales”.

Gregg alude a una pluralidad de caminos en dos planos distintos. Por un lado, habla de las múltiples vías de argumentación que sirven para justificar la libertad personal, como por ejemplo la vía católica versus la vía libertaria. Por otra parte, reconoce que cada persona debe encontrar su propio camino para florecer. Cada individuo busca la verdad y el bien, sin caer en relativismos, poniendo medios divergentes.

La libertad religiosa fue exaltada por los primeros colonos americanos, sobre todo por católicos que habían sido discriminados en la Inglaterra anglicana. El católico y padre fundador de los Estados Unidos, Charles Carroll, insistía en que la libertad religiosa no debía conducir a un indiferentismo tal que se llegara a pensar que todas las religiones eran igual de significativas o irrelevantes. Se requiere de libertad para discutir y descubrir la verdad, sin caer en violentos conflictos por causa de los desacuerdos. El Papa Benedicto XVI una vez reconoció que “el Estado mismo debe ser secular precisamente por aprecio a la religión en su autenticidad, que sólo puede ser vivida libremente.”

Los católicos podemos construir puentes, con base en principios, que unifican la defensa de la libertad religiosa, con el respeto a la libertad económica y al gobierno limitado. Un gobierno que se extralimita en sus funciones y que entrampa el funcionamiento de los mercados, elige ignorar la dignidad inherente de la persona. Además, corroe el tejido social sobre el cual descansa la sociedad libre; puede destruir o desvirtuar a la familia y corroer la moral cultural.

Artículo publicado en la revista guatemalteca Contra poder, el día viernes 08 de noviembre 2013.

Caroll Ríos de Rodríguez, es catedrática universitaria, miembro del Consejo Directivo del
CEES y escribe una columna de opinión los días viernes en la revista Contra Poder,
titulada Nota Bene.

¿Un 2050 superpoblado?

Por Carroll Ríos de Rodríguez
Para el Instituto Acton Argentina
15 de octubre de 2012

El año 2050 es emblemático; a los científicos sociales les ha dado por predecir las condiciones de vida humana a esa fecha. Prevén cosas como el desvanecimiento de los glaciares en los polos y la consecuente inundación de ciudades costeras como Nueva York. Usualmente el cuadro que pintan es más lúgubre que positivo. Supondríamos, por tanto, que la temida sobrepoblación habrá llegado, ahora sí, para entonces. Pero no: los demógrafos serios están de acuerdo en que la humanidad enfrenta un fenómeno inusitado que denominan “el invierno demográfico”.
El experto en globalización de The Economist, John Parker, contribuyó el capítulo sobre
población al libro Megachange: The World at 2050. Él dice que para el 2050 habrán más de 9 mil millones de habitantes en la tierra y que el número global seguirá aumentando durante un tiempo más. Recordemos que la cifra aumenta no sólo porque nacen bebés, sino porque las personas tardan más en morir.

trafico gente
Algunos países ya han alcanzado el punto más alto de su población total y están en
decadencia. La población total en Rusia empezó a descender desde 1995; la de China empezará a descender en el 2025. Japón es intrigante: por décadas ha tenido una altísima proporción de población envejecida en relación con el total de habitantes, y aumenta. Según Parker, para el 2050, Japón experimentará lo que ningún país ha vivido antes: más de la mitad de su población será mayor de 52 años, y una reducida población económicamente activa tendrá que cuidar de muchos dependientes.
Según Parker, la obsesión neo-malthusiana por los números macro obnubila el acontecer
relevante: el cambio producido en la tasa de fertilidad. La tasa de reposición para que una
población se mantenga estable se estima en 2.1 hijos por mujer. Sin embargo,  muchísimos países europeos y Japón han visto tasas de fertilidad inferiores desde hace años. La tasa de fertilidad mundial pasó de 4.45 en 1970, a 2.45 en el 2010. Aún países que asumimos tenderán a favorecer familias grandes, como Brasil, Tunes y Tailandia, tienen tasas de fertilidad por debajo de la tasa de reposición. La de Irán, por ejemplo, cayó de 7 en 1984 a 1.9 en el 2006. Para el 2050, se estima que prácticamente todas las naciones fuera del continente de África presenten tasas de fertilidad por debajo de 2.1; algunos países africanos también verán tasas reducidas.
El ritmo del crecimiento poblacional del mundo revela el freno de mano que es la tasa de
fertilidad: la población total se ha incrementado cada vez en menor grado desde 1965-1970, y eventualmente dejará de crecer. No hemos sentido el efecto hasta ahora debido a cierta inercia, pero para el 2050, la tasa de crecimiento poblacional anual se ubicará por debajo de 0.5% por primera vez desde 1800.
Debemos modificar nuestros paradigmas anti-natalistas, anti-migratorios y pro-gobiernos
benefactores abultados. Las tendencias observadas exigen lo contrario: mayor libertad, movilidad, creatividad, productividad—un nuevo Renacimiento sin fronteras.

Raíces cristianas de la propiedad

Por Carroll Ríos de Rodríguez
Para Instituto Acton Argentina
8 de Agosto de 2012

El Dr. León Gómez Rivas, profesor de la historia del pensamiento económico y de ética en la Universidad Europea de Madrid (UEM), visitó Guatemala y habló sobre la visión de la propiedad privada de la Escuela de Salamanca. La defensa de la propiedad privada es toral a la defensa de la persona y su dignidad.

La Doctrina Social de la Iglesia sostiene, que si bien el destino de la creación es para todo el género humano, la repartición de los bienes en propiedad permite al hombre dar sustento a su vida y la de sus seres queridos. La solidaridad natural entre los hombres es posible gracias a la propiedad. Más aún, el Catecismo de la Iglesia explica que la “promoción del bien común exige el respeto a la propiedad privada”. (2403) No somos dueños absolutos, sino administradores de la providencia, y beneficiamos a otros haciendo fructificar los bienes en nuestro haber.

En Defending the Free Market, el Padre Robert Sirico explica que ser dueño es entrar en una particular relación, reconocida por los demás miembros de la comunidad, con una cosa o una idea. A través de esa relación, las personas aplicamos nuestra razón y creatividad, trabajamos, y descubrimos nuestra capacidad de trascendencia.

Los autores asociados a la Escuela de Salamanca eran herederos intelectuales de Santo
Tomás de Aquino, quien argumentó que la propiedad privada era una institución moralmente neutra. Sus seguidores sostenían que la propiedad privada contribuía al bienestar general porque fomentaba la actividad económica. Luis de Molina (1535-1600) afirmó, como Aristóteles, que se cuida mejor lo propio que lo que no tiene dueño. Según el Dr. Gómez, el defensor de los derechos de los indios, Diego de Covarrubias (1512-1577), argumentó que los indios debían disponer de sus tierras y dirigir su sociedad en tanto eran personas. Se opuso a la confiscación de sus bienes y la imposición de un gobierno foráneo en las Américas. Vemos cómo Covarrubias comprendió que era importante rescatar el derecho del goce de los frutos del trabajo. A su vez, Juan de Mariana (1536-1624) escribió que se debe resguardar el derecho de propiedad privada de la coerción del Estado y de la arbitrariedad de los tiranos.

De Mariana tenía razón en preocuparse por el acaparamiento estatal; pocas cosas han hecho más daño a la humanidad que el totalitarismo colectivista. Cuando una élite política poderosa ejerce la dueñez de todos los recursos disponibles a la sociedad, se despoja de dignidad a la persona. La redistribución socialista forzosa no es sinónimo de caridad cristiana.

En un entorno que respeta y garantiza el fundamental derecho de propiedad privada,
tienden a surgir una variedad de arreglos. Las personas se pueden asociar en empresas de varios tamaños y tipos e implantar diversos estilos para administrar los recursos escasos. Incluso algunas asociaciones de personas, como ciertas comunidades religiosas, pueden acordar voluntariamente la tenencia comunal de sus particulares bienes. Es hora que los creyentes le lavemos la cara a la noble y ancestral institución de la propiedad.

La desigualdad en un mundo de capitalismo prebendario

La actual preocupación sobre la desigualdad ignora la causa principal

 Por Samuel Gregg

Fuente: The American Spectator 

14 de enero de 2014

 Si los papas y los presidentes tienen algo que ver en esto, parece que el 2014 va a ser “el año de la desigualdad”. De hecho, el regreso de antiguos y repetidos argumentos sobre el tema ya ha comenzado. Los economistas, por ejemplo, vuelven a discutir sobre las estadísticas relacionadas con la desigualdad. Otros vuelven a debatir la perenne cuestión filosófica sobre el significado de la desigualdad y según como se la entienda si esta es algo malo.

Sin embargo, no hace falta unirse a la tendencia mayoritaria de la academia hoy día de postrarse ante al altar del profeta del igualitarismo progresista moderno, el último John Rawls, para reconocer que algunas desigualdades injustificables caracterizan casi todas las sociedades modernas. Y una de estas injusticias, aunque raramente mencionada en estos términos por los políticos (por razones obvias, que se verán a continuación), es la expansión cada vez más extendida del capitalismo prebendario o “amiguista” (crony capitalism).

Capitalismo prebendario es una expresión muy usada en estos tiempos; conviene aclarar su significado. El capitalismo prebendario no es una actividad delictiva o manifiestamente corrupta aunque a menudo roza estas esferas, y termina identificándose con ellas. El capitalismo prebendario actúa sobre las economías de mercado, vaciándolas de sentido, y reemplazándolas por lo que se podría describir como mercados políticos.

En los mercados políticos, la atención ya no centra en generar prosperidad través de la creación, mejora, innovación y oferta de productos y servicios a precios competitivos. En su lugar, el éxito económico depende de la habilidad de las personas para influir sobre el poder gubernamental a fin de inclinar la balanza de la actividad económica en beneficio propio. Aunque la apariencia exterior de un mercado se conserva, su marco esencial es suplantado por la presión y la lucha para asegurar que los gobiernos, los legisladores y los reguladores favorezcan a unos en detrimento del resto de los ciudadanos. En ese sentido, el capitalismo prebendario constituye sin duda una forma de redistribución: de los contribuyentes, consumidores y empresarios centrados en la generación de bienestar, a los poderosos, los lobistas y los que tienen conexiones políticas.

¿Quiénes son los capitalistas prebendarios? Obviamente aquí entran empresarios que presionan a gobiernos y legisladores para obtener excepciones, privilegios, monopolios, subsidios, acceso a contratos públicos sin licitación y recibir créditos gubernamentales a tasas de interés inferiores a las tasas de mercado.

Invariablemente, este tipo de privilegios se basan en sostener que un determinado negocio o industria, por algún motivo en particular, merece un tipo de tratamiento especial. El ex secretario del tesosro, el fallecido William Simon, recordó una vez cómo observaba “incrédulo el modo en que empresarios corrían a las oficinas gubernamentales en cada crisis… Estos señores profesaban siempre su devoción a la libre empresa… (pero) su propio caso… siempre constituía una excepción… lo que justificaba el trato privilegiado (y de favor)”.

Aunque no siempre se ubican en esta categoría, muchos dirigentes sindicales son expertos en el juego del capitalismo prebendario. Este es el modo en que muchos de ellos han sido capaces de asegurar una legislación que les permite ejercer presión sobre los trabajadores para que se unan a las filas del sindicato, violando así el principio básico sobre el que se fundan los sindicatos: el principio de libre asociación. El pago o compensación que se ofrece a los legisladores se realiza bajo la forma de una campaña de donaciones y otras formas de asistencia en tiempos electorales.

Hablando de aquellos que dispensan los favores –legisladores y demás funcionarios públicos– ellos, obviamente, desean algo a cambio. La abrumadora cifra de empleados del gobierno que aseguraron posteriormente puestos jerárquicos en los sectores e industrias que anteriormente habían regulado, es algo bien documentado. Además de los donativos, otro privilegio que no se suele mencionar es la obtención de puestos de trabajo para amigos o incluso para ellos mismos una vez abandonada la vida pública.

Luego están los políticos –por no mencionar a sus familiares– que se unen a las filas de los grupos de presión. En su libro This Town, Mark Leibovich estima que el 42% de los miembros de la Cámara (de los Estados Unidos) y el 50% de los senadores que se retiran del Congreso terminan quedándose en Washington D.C. para convertirse en lobistas. Los incentivos para convertirse en parte del tejido adiposo que permite al capitalismo prebendario mantenerse a flote parece que son considerables. Ya en 2012, el economista italiano Luigi Zingales señaló que “siete de los diez condados más ricos de los Estados Unidos se encuentran en los suburbios de Washington D.C., que produce muy poco, excepto normas y reglamentos”.

¿Qué tiene todo esto que ver con la desigualdad? En una sola palabra: todo. Los arreglos que surgen como consecuencia del capitalismo prebendario y arribista crean distintos grupos o círculos cerrados con acceso a información privilegiada; y el resto que queda fuera del sistema. Todo esto no tiene nada que ver con los criterios clásicos de justicia tales como la necesidad, el mérito, y la disposición a asumir riesgos y responsabilidades. Lo único que importa en un mundo de capitalismo prebendario es la cercanía al poder del Estado.

Por ejemplo, si uno es un joven empresario que tiene una nueva idea, producto o servicio pero carece de las conexiones políticas, queda automáticamente en desventaja en un mundo así establecido. La igualdad de oportunidades queda socavada. Más de un empresario con principios pero que se niega a jugar el juego del capitalismo prebendario, se frustran viéndose obligados a buscar áreas o sectores de la economía en donde los capitalistas prebendarios no hayan todavía metido sus garfios.

Para saber en qué consiste el capitalismo prebendario, se puede atender a los abundantes ejemplos, históricos y de la actualidad. En muchos sentidos, el sistema mercantilista que dominó Europa durante los siglos XVI y XVIII, y que se apoyó fuertemente en el paraguas gubernamental, constituye un precursor. Actualmente, la Rusia de Putin personifica la expresión más violenta del capitalismo prebendario, poniendo de manifiesto la capacidad que tiene de minar de raíz el principio de igualdad ante la ley. Versiones light del capitalismo prebendario predominan en la mayoría de los países de Europa occidental y de Latinoamérica. Más cerca de casa, en los Estados Unidos, existen ciudades como Chicago, en las que la interminable maraña de favores a cambio de votos, constituye un auténtico modo de vida para mucha gente.

Existe un precio a pagar por esta colusión. La generación de costos extraregulatorios en la economía, la distorsión del funcionamiento del sistema de precios libres, y el traslado de los incentivos del ámbito económico al de la acción de los políticos y reguladores, terminan comprometiendo seriamente el proceso de creación de riqueza. El resultado es un tipo de declive en cámara lenta, que caracteriza a países como Italia, Grecia, Portugal y Francia.

Esto es una mala noticia para todos, pero especialmente para el pobre. Los ricos y los poderosos –especialmente aquellos que proliferan entre la política, el lobby y el mundo de los negocios– suelen quedar bien parados en este tipo de escenarios y beneficiarse de los vicios de una economía capitalista prebendaria. Ellos constituyen la nomenklatura del capitalismo prebendario. Sin embargo, quienes no tienen poder ni dinero quedan en amplia desventaja.

La buena noticia es que existen formas de domar la bestia del capitalismo prebendario e igualar verdaderamente el campo de juego. Algunos pasos útiles en esta dirección deberían incluir, entre otras cosas, la prohibición de los rescates a las firmas que son “demasiado grandes para quebrar” (to big to fail), y exigir la publicación completa de todos los préstamos públicos o privado que recibieran los funcionarios públicos, de cargo electivo y no electivo.

Sin embargo, es probable que este tipo de medidas tuviera un impacto meramente periférico si no se hicieran dos cambios esenciales. El primero consiste en reordenar los incentivos económicos, eliminándolos del ámbito político y volcándolos nuevamente en el ámbito del emprendimiento económico y de la libre competencia. Para lograr esto, la congelación o, de hecho, la reducción (¡Dios no lo permita!), en términos reales, del tamaño del gobierno –es decir su magnitud respecto del PBI–, y el número de empleados gubernamentales es una condición sine que non.

El segundo cambio consiste en terminar con la complaciente fantasía keynesiana de pensar que los gobiernos pueden de algún modo manejar economías multibillonarias, conformadas por millones de personas que realizan un número incontable de transacciones cada día. El efecto, de nuevo, debería ser la reducción de la regulación excesiva, el intervencionismo y la burocratización; elementos que constituyen un auténtico caldo de cultivo para comportamientos prebendarios.

La mala noticia es que los que se benefician del capitalismo prebendario lucharán con uñas y dientes por impedir este tipo de reformas, como ya han descubiertos algunos, como por ejemplo el Gobernador de Wisconsin, Scott Walker. Además, los capitalistas prebendarios también estarían dispuestos a apoyar con sus recursos a cualquiera que les ofreciera el más mínimo gesto de disposición a mantener el status quo actual. Por desgracia, abunda este tipo de personas –y no simplemente en el ala ideológica de la izquierda.

En el largo plazo, los arreglos de los capitalistas prebendarios, al igual que los del mercantilismo, son insostenibles. Después de todo, ellos asumen que siempre habrá ciudadanos generando la riqueza que otros pueden saquear. Una vez que los predadores superan en número a los creadores, sin embargo, es difícil impedir la deriva continua hacia la debacle económica, como la de Cristina Kirchner en Argentina, por ejemplo. Pero hasta que se desintegren –tal y como sucedió con el mercantilismo–, puede pasar mucho. Mientras tanto, los arreglos propios del capitalismo prebendario seguirán causando algunas de las formas más injustificadas de injusticia contemporánea.

Nota: La traducción del artículo originalInequality in a Crony Capitalist World”, publicado por The American Spectator, el 14 de enero de 2014 es de Mario Šilar del Instituto Acton Argentina/Centro Diego de Covarrubias para el Acton Institute.

Cómo ser liberal clásico en América Latina y no morir en el intento

Por Gabriel Zanotti

Para CADAL

En este Documento nos proponemos elaborar una hipótesis general que pueda explicar la inestabilidad política y el subdesarrollo de América Latina, de modo tal que las propuestas de solución no partan de un problema mal planteado. El título intenta dar un poco de humor a la experiencia intelectual de ser prácticamente parte de un movimiento contracultural dentro de otra cultura dominante.

1. Las “tijeras” de Hayek.

En la filosofía política de Friedrich August Von Hayek, hay dos líneas que se entrecruzan, desde un punto de vista histórico. Una evolutiva y otra involutiva. A eso llamo las
“tijeras” de Hayek.
La línea evolutiva –que se observa bien en el capítulo XI de su libro Los fundamentos de la libertad- consiste en una evolución progresiva de instituciones e ideas tendientes, en cierto orden espontáneo, a la limitación del poder y al respeto de los derechos individuales (que, coherentemente, nunca son planteados “in abstracto” por Hayek). En ese sentido Hayek no separa entre Antigüedad, Medioevo y Modernidad como épocas antagónicas respecto de la libertad individual, sino que rescata en cada una de ellas los factores evolutivos que conducen a ese ideal (que nunca se plasma totalmente). Cierta división de poderes en la Antigua Roma, cierto ideal de “isonomía” o ley igual para cierto ideal de ciudadanía en la Antigua Grecia, la división de poderes entre reyes y señores en la Edad Media, junto con la idea de una ley natural por encima del poder secular, todo lo cual tiene un punto de inflexión importante en la evolución política inglesa, que plasma de algún modo el common law y una división de poderes como Locke la concibe, donde ninguna de las dos cámaras, ni el rey, están sobre el derecho común que custodia las libertades individuales. Todo lo cual se lleva a los Estados Unidos de América donde el Constitucionalismo hace su aporte específico para la limitación del poder. En esta evolución política y jurídica, la libertad económica no es un plan, no es una política económica, sino que es una emanación natural del respeto a las libertades individuales.
Pero todo ello, a partir del siglo XVIII, comienza a “cortarse” de modo involutivo por una línea teórica e institucionalmente diferente. La soberanía trasladada al pueblo, por Rousseau, un sistema racionalista de codificación donde las libertades individuales dependen de la voluntad del parlamento, las crecientes tendencias socialistas, el marxismo, obviamente, los socialismos no soviéticos que van planificando e interviniendo las economías europeas, inglesa inclusive, la concentración del poder del gobierno federal en los Estados Unidos de América y la posterior política de New Deal, y, finalmente, la consolidación, después de la Segunda Guerra Mundial, de los estados providencia europeos. Todo ello conforma un panorama que “cortó” la evolución hacia el liberalismo clásico, panorama que lejos estamos, hoy, de haber superado.

2. El “pasado” liberal clásico.

Pero, de acuerdo con este diagnóstico, se podría decir que algunas regiones del planeta, sobre todo, Estados Unidos de América e Inglaterra, tal vez (y subrayamos “tal vez”) tuvieron en el pasado algo parecido a los ideales del liberalismo clásico. Nos referimos, sobre todo, a cierto pasado jurídico donde las libertades individuales y la descentralización del poder formaban parte de los presupuestos culturales, lentamente perdidos, luego. Podría en ese sentido decirse que, a pesar de muchos sucesos en contra, “hubo” en esas regiones cierto pasado “cultural” donde algunos ideales del liberalismo clásico se consolidaron primero y se perdieron después. Por eso un autor como Ludwig Von Mises se consideró una vez a sí mismo como un “historiador de la declinación”. ¿Qué declinación? La pérdida de un ideal, pero no sólo teorético, sino en cierto sentido práctico. Los colonos norteamericanos no eran teóricos de escritorio cuando, acusados de contrabando, luchaban por sus derechos al libre comercio y veían a los controladores ingleses de aduanas como los verdaderos corruptos y delincuentes. Expresaban con ello una creencia cultural básica que se retroalimentó coherentemente con un “set” de instituciones a favor. Las normas institucionales son mudas si no pueden ser interpretadas por el marco cultural (cultural en sentido sociológico), y nuestra tesis es que “hubo” un tiempo en la cultura anglosajona donde esa interacción se dio espontáneamente y rindió sus frutos.

3. América Latina: el pasado que nunca fue.

Pero ese pasado cultural, “declinado” en otras regiones, en América Latina nunca se dio. No creo que pueda aplicarse a ella las tijeras de Hayek. Al contrario, lo que tenemos aquí, históricamente, son dos líneas enfrentadas, ambas de corte autoritario.
Por un lado, toda la tradición colonial española. Algunos sostienen que los municipios españoles representaban ya una vivencia de libertades civiles similares a la tradición federal anglosajona. Estamos abiertos a ello; sólo afirmamos, nada más ni nada menos, que la estructura de gobierno colonial, de tipo vertical, del rey, al virrey y etc., era en sí mismo una estructura autoritaria, arquitectónica, que respondía más a un estado concebido como padre, más que como la “administration” anglosajona. A su vez, no creo que se pueda decir que había una tradición de libertades individuales similar al common law como presupuesto cultural. Había noción de ley natural, pero no de “ley” jurídicamente limitante del poder1. La estructura vertical del poder interactuó con una creencia cultural básica: el gobierno no es la administración de bienes públicos, sino los mandatos de un rey, un padre, un caudillo, un jefe revolucionario. Había toda una tradición teorética católica que iba en sentido contrario (Suárez, Molina, Vitoria, la escuela de Salamanca) pero no llegó a convertirse en sistema cultural.

Por el otro lado, llegaron a América Latina ideas contrarias, sí, pero ligadas a los que Hayek llamaría constructivismo, derivado del racionalismo antirreligioso europeo. Los sistemas republicanos y laicales propuestos eran más bien de corte roussoniano. Hubo dictadores ilustrados en América Latina que intentaron “reformar” el sistema colonial, coherentemente enfrentados a su pasado religioso. Sus ideas eran más bien afrancesadas, más bien dependientes de la enciclopedia francesa más que de la religiosidad laical de las colonias norteamericanas. Coherentemente, “imponían” sus reformas a sangre y fuego. Redactaban constituciones republicanas, separaban Iglesia y estado, dictaban códigos civiles donde trataban de racionalizar el respeto a la propiedad, trataban que el estado educara en las “ciencias y letras”, y avanzaban sobre el indígena ya no para hacerlo cristiano, sino “ciudadano”2. Todo ello en medio de un marco cultural indiferente u hostil a las reformas propuestas, un marco cultural que no sabía vivir sin el “padre”, por lo cual estos gobiernos adoptaban más bien la figura de un padre “civilizador” laical. Virrey católico, caudillo militar, presidente “fuerte” laical, todos ellos encarnaban el mismo tipo ideal weberiano de padre fuerte y protector.

4. Resultado: inestabilidad política y subdesarrollo económico.

El resultado de todo esto es el siguiente. En primer lugar, un hábito cultural permanente por la pregunta sobre quién ejerce el poder, y no tanto cómo se lo ejerce. Ello precisamente es lo que diferencia, según autores como Friedrich Hayek y Karl Popper, a la concepción liberal clásica del poder de las concepciones autoritarias. La preocupación liberal clásica está no en las personas, sino con cómo se limita jurídicamente al poder. Se presupone que las personas tienden a la extralimitación, a la corrupción, etc., cuando tienen el poder en sus manos. En cambio, los presupuestos autoritarios son diferentes. Pero no “malvados”. No es la malicia la hipótesis que explica los “ideales” de poder de las dos fuerzas encontradas que hemos descripto. A su modo, ambas quieren “proteger” al desvalido, y por ello concentran el tema político en quién ejerce el poder: quién va a ser mejor padre que otro. Padre creyente, o padre agnóstico que lee a Voltaire, pero padre igual desde un punto de vista político. América Latina concentra el factor “agonal” de la política. Pero como ambas fuerzas son irreconciliables, no pueden convivir en un margen de estabilidad política. Ese es el otro resultado. El choque permanente entre ambas fuerzas produce en el siglo XIX un hábito revolucionario, un hábito, profundamente internalizado, de “ahora llega el salvador”, de “ahora sí”. El único modo que una fuerza tiene de sacar a la otra es la violencia, y por ende la alternancia en el poder no es la estabilidad democrática, sino la revolución. Conforme a conjeturas corroboradas de Mises y Hayek, la revolución sólo disminuye los lazos de cooperación social. Impide la consolidación de tradiciones jurídicas y frena el comercio y la industria; hoy diríamos desarrollo sustentable e inversiones a largo plazo. El siglo XX agrega al marxismo como factor de inestabilidad, que luego se mimetiza y cambia de nombre: indigenismo, ecologismo, los sin tierra, todo aquello que impida la gobernabilidad a largo plazo. Los gobiernos militares sólo consolidaban el “sistema”: muchos de sus más ilustrados partidarios incurrían en el error “constructivista” de suponer que la democracia y el desarrollo dependían “sólo” del presidente militar y su ministro de economía.

5. Las reformas institucionales.

En América Latina, por ende, no se trata de “re-instaurar” instituciones liberales clásicas que nunca hubo, sino de…Y aquí viene el misterio.
Por un lado, el panorama descripto, si el diagnóstico es adecuado, no parece tener solución, excepto por “hasta ahora” afortunados contraejemplos (Chile, Guatemala). ¿Pueden proponerse políticas de transición en América Latina sin incurrir en contradicción con la crítica hayekiana al constructivismo? ¿Puede haber una transición no
“constructivista” en América Latina? Ello depende de que hagamos las siguientes distinciones:
a) Debe distinguirse entre políticas dictadas desde un marco institucional autoritario y la reforma de ese mismo marco institucional. Por ejemplo, supongamos que Chávez o Kirchner, desde su misma estructura de poder autoritario, comenzaran a liberar mercados, a eliminar impuestos, a bajar los costos laborales (mantengo aún mi salud mental y sé que eso no va a suceder, es sólo a efectos didácticos…). Ello estaría muy bien, pero la estructura de poder desde la cual toman esas decisiones sigue intacta. Un mero decreto posterior vuelve todo para atrás.
b) La reforma institucional de fondo debe incorporar, aunque sea de modo paulatino, las ideas de la “Economía política constitucional” propugnada por autores como Friedrich Hayek y James Buchanan. Esto es, debe reformarse el texto constitucional de tal modo de incorporar normas que fijen a nivel constitucional lo que de otro modo sería una mera política transitoria. Por ejemplo, la desmonopolización jurídica de todos los servicios otorgados por el gobierno federal, la eliminación de impuestos directos, el requisito de que todo gasto municipal y provincial sea financiado por los habitantes del distrito, etc.
c) Los que se “dediquen a la política” supuesto el sistema de partidos como está, deben distinguir si su intención es ocupar cargos o mantenerse como asesores. Si es asesor, no debe jamás competir por los puestos electorales, no aparecer ante la opinión pública, y explicar cuidadosamente al “político” lo que éste habitualmente ignora de constitucionalismo y economía.
d) Si se lleva a cabo una reforma institucional, debe ser muy rápida, en los primeros tiempos de gobierno, aprovechando la gobernabilidad que da el capital político inicial. Desperdiciar ese tiempo, habitualmente por ignorancia, lleva a que se tenga que pasar, en el mejor de los casos, a políticas dentro de una estructura autoritaria de poder.
e) Distinguidas estas cuestiones, las reformas institucionales de fondo en América Latina podrían comenzar, dentro del sistema de partidos como está y nunca fuera de él. Lo segundo es consolidar la inestabilidad institucional endémica de América Latina. Lo primero parece imposible, pero no lo es. Se puede hacer si los más formados en el liberalismo clásico se ubican en el papel de asesores de políticos más tradicionales, que sin heroísmo pretenden “hacer algo” por la democracia y el libre mercado y sencillamente no saben cómo. Desperdician así su capital político inicial, dejan reformas a medio hacer y vuelcan luego a la opinión pública a posiciones aún más paternalistas y estatistas.
f) En cada país debemos decidir hasta dónde el marco cultural nos permite “llegar” con una reforma institucional de fondo. No hay ninguna norma para esto, pero sin embargo es algo clave. Hayek y Buchanan no escribieron para América Latina. La adaptación debemos hacerla nosotros y con cuidado.
g) Todo lo propuesto implica un análisis de las posibilidades de cambio dentro del sistema de partidos.
h) Finalmente, es también un leve intento de respuesta al título. Un liberal clásico en América Latina tiene que tener conciencia de que es una “contracultura”, un “exogrupo” que tiene dos posibilidades. O se queda en el ámbito académico o entra en el sistema de partidos. En algunos ambientes liberales clásicos se tiende a sacralizar lo primero y despreciar lo segundo. Pero de ese modo, sí que vamos a morir en el intento. Existe la hipótesis de que el liberal “educa” y eso “de algún modo” llega a los políticos, empresarios, periodistas, etc. Pero no es así. Cualquiera puede hacer un curso, pero nada se hace con ello porque el empresario, el periodista o el político, aunque hayan aprendido algunas cosas, se mueven en un entorno y en un sistema que no pueden cambiar. Lo que sí se puede hacer es educar al asesor, y éste último, ya dentro del sistema, al político que, una vez electo, puede tomar ciertas decisiones con cierto margen de gobernabilidad. Hay que tomar al sistema de partidos como es. Una reforma institucional de fondo “será” eliminar la obligatoriedad del sistema de partidos. Pero ese no es el punto de partida, sino uno de llegada, y muy lejano. El mejor modo de ser liberal y morir en el intento es ceder a la tentación anti-sistema, porque en ese caso el liberal se convierte en revolucionario violento. Y como liberal, ya murió.

Notas
1 Es muy interesante al respecto la contraposición que se observa en dos “tipos ideales” weberianos filmados sin advertirlo por la cultura pop televisiva y cinematográfica. Me refiero al sheriff y a el “Zorro”. El primero podía ser vencido, o no, pero tenía a “la ley” de su parte, una ley que tenía una “existencia jurídica” independiente del triunfo eventual de pistoleros diversos o shefiffs caídos en desgracia. El Zorro, en cambio, representa a una ley natural y a una derecho a la resistencia a la opresión ante un sistema en el cual “no había ley”, sino la voluntad del comandante del lugar y-o un delegado del virrey. Hubo una vez un comandante “bueno”, pero, claro, duró sólo un capítulo para que el “Zorro” siguiera ejerciendo el derecho a la resistencia. Ahora muchos creen que el Zorro es Castro y que el comandante es Bush…
2 ¿Fue la Constitución argentina de 1853 una “refutación” a lo que estamos diciendo? ¿O una corroboración? ¿No habrá sido un trágico ejemplo de “normas” escritas que no se convierten en cultura?