La necesidad moral de la libertad económica

ropke3Wilhelm Röpke

Uno de los mas graves errores nuestra época es el de creer que la libertad económica y la sociedad que en ella se basa, difícilmente son compatibles con la posición moral de una actitud estrictamente cristiana.

A tan extraña creencia se debe el bien conocido hecho de que una gran parte del clero protestante y católico, tanto en el viejo como en el Nuevo Mundo, se incline fuertemente hacia la izquierda socialista. En vista de las alarmantes consecuencias de esta tendencia, que debilita nuestra resistencia hacia el comunismo (precisamente en el momento mas critico) y que impregna a nuestra sociedad de un vago desasosiego moral, resulta extraordinariamente urgente disipar la confusión intelectual que constituye la raíz del problema.

No se ha enfatizado bastante en que esta creencia popular es falsa y que lo cierto es precisamente lo contrario; porque las más poderosas razones para defender la libertad
económica y la economía de mercado son precisamente de carácter moral. Los valores morales del verdadero cristianismo exigen la libertad económica y la economía de mercado, y nunca pedirían el sistema económico opuesto: el socialismo. Sin embargo al mismo tiempo es necesario enfatizar que la libertad económica y la economía de mercado exigen esos valores, es decir, se condicionan mutuamente.

Para entender esto, debe tenerse en cuenta tanto a la economía como a la ética. Hay una
especie de moral que pretende ignorar los principios económicos elementales, y por lo mismo cuando emite apreciaciones de carácter moral sobre ciertas acciones económicas que no comprende, es susceptible de causar gran daño.

Por otra parte, existe cierta clase de teoría económica que ignora la esencial base moral de la vida económica, cuando menos teóricamente. Tan mala es la una como la otra, la moral que pretende ignorar la economía, como la economía que pretende ignorar la moral; pero ambos errores pueden sin embargo corregirse complementándose recíprocamente.

Podría aclarar mejor este punto refiriendo mis experiencias personales y explicando con la mayor franqueza los conflictos intelectuales que he tenido que resolver durante toda mi vida de economista. Igual que muchos otros jóvenes de mi propia generación, al principio fuí socialista, y precisamente por razones morales. Pensábamos que el socialismo era el único camino para alcanzar la paz, la libertad y la justicia. Y como tantos otros jóvenes de mi propia generación, aprendí por la experiencia y un raciocinio más sobrio y tranquilo que nuestro socialismo juvenil era un error fundamental. ¿Por qué?

Antes que nada, porque el análisis económico nos ha enseñado que el socialismo es un orden económico notoriamente inferior. Lo condenamos porque la planeación y la nacionalización los dos pilares del orden socialista– conducen al desperdicio, al desorden y producen un bajo nivel de productividad y en cambio la libertad económica y la propiedad privada –los dos pilares del orden económico «liberal»– significan coordinación; progreso y un alto nivel de productividad. En otras palabras, las actividades económicas no pueden constituir la esfera de actividad de la autoridad planificadora que coerciona y castiga; tales actividades deben dejarse a la cooperación espontánea de todos los individuos a través de un mercado libre, de precios libres y de franca competencia.Mercado flotante en Bangkok

Después de las recientes experiencias, particularmente en Europa, que han confirmado estas enseñanzas del análisis económico, nos asiste toda la razón para poner de relieve sus alcances prácticos. En todas partes donde el socialismo fue puesto en practica en Europa, en país tras país, se demostró que conduce hacia la pobreza y el desorden económico. No así la economía de mercado que es la base del bienestar de las masas y del orden económico y que la economía de mercado es el mejor camino para el bienestar de las masas y para el balance o equilibrio económico. Encuestas recientes efectuadas en ese país, han demostrado que aun la abrumadora mayoría de los obreros (mas del 80%) favorece la economía de mercado aunque muchos de ellos sean miembros del partido socialista.

Pero hay algo mas que la simple preferencia por una determinada técnica económica. Yo no creo en la libertad económica solo porque en mi carácter de economista se supone que debo saber algo sobre precios, tasas de interés, costos o tipos de cambio. La fuerza de mi convicción radica en algo más profundo o sea, en aquellas regiones del alma donde se decide en ultima instancia la filosofía social que tiene cada uno. A los socialistas y a sus enemigos ideológicos los dividen conceptos fundamentalmente diferentes acerca de la vida y de su significado.

La opinión que tengamos sobre la posición del hombre en el universo, decidirá nuestra posición acerca de si los más altos valores se realizan en el individuo o en la sociedad, y nuestra preferencia por cualquiera de las dos tesis constituye la base de nuestra posición política. Una vez mas confirmamos la veracidad del famoso aserto del Cardenal Manning: «Todas las diferencias entre los humanos son, en ultima instancia, de carácter religioso». De ahí, pues, que mi oposición fundamental al socialismo radica en que a pesar de toda su fraseología liberal otorga muy poco al hombre, a su libertad, y a su personalidad y otorga demasiado a la sociedad.

El socialismo (incluye la filosofía estado providencia) se apoya primordialmente en el Estado y en la sociedad y no en el individuo con su responsabilidad y dignidad humanas. Por esto es contrario a la tradición moral basada en el patrimonio común de la cristiandad y el humanismo. En su entusiasmo por la organización, la centralización, la reglamentación y la subordinación al Estado, el socialismo pone en juego medios que no son compatibles con la libertad y dignidad humanas. Y porque tengo un concepto claro acerca del hombre como la imagen de Dios, resultando pecaminoso utilizar su persona como medio; Porque estoy convencido de que cada hombre tiene un valor único por su relación con Dios, pero no ese Dios del híbrido humanismo ateo; por toda estas razones yo desconfío totalmente de cualquier clase de colectivismo.

Partiendo de estas convicciones enraizadas en la experiencia y en los testimonios históricos, llegué a la conclusión de que solo la economía libre puede estar de acuerdo con la libertad del hombre y con la estructura política y social que salvaguarda. Fuera de este sistema económico de libertad no veo ninguna oportunidad para que pueda continuar la existencia humana dentro del marco de las tradiciones filosóficas y religiosas de Occidente.

Solo por esta razón debíamos respaldar el orden económico libre, aún cuando implicara un sacrificio material y aún cuando el socialismo nos asegura una mayor abundancia material. Y somos muy afortunados en que esto ultimo no sea cierto. Más importante aún resulta que el orden económico libre es requisito indispensable para la libertad, la dignidad humana, la libre elección y la justicia. Por esto lo deseamos y por ello cualquier precio que paguemos no resulta demasiado alto, aunque los comunistas pudieran hacer, pongo por caso, más grandes y mejores máquinas lavadoras.

Aceptamos de buena gana la riqueza material y el bienestar que la libertad económica nos proporciona y que jamás encontramos en una economía colectivista, pero sólo debíamos aceptar estos dones especialmente por sus ventajas morales y precisamente por ellas estamos obligados a defender la libertad económica, inclusive cuando discutimos con Khrushchev.

Existe una profunda razón moral que explica por qué una economía de libre empresa produce la salud del cuerpo social y una abundancia de bienes mientras que una economía socialista trae consigo el desorden social, la insuficiencia y la pobreza. El sistema económico de libertad transforma la extraordinaria fuerza que radica en la afirmación del propio individuo, en tanto que la economía socialista, que se usa en la coerción, suprime esta fuerza y se desgasta a si misma en la lucha contra ella.

¿Cuál de los dos sistemas resulta el más ético? ¿Aquel que permite al individuo luchar para mejorarse a sí mismo y a su familia mediante su propio esfuerzo y que conduce simultáneamente a un aumento del bienestar de las masas, o el otro sistema que tiene por meta suprimir esa fuerza, y que simultáneamente produce un menor bienestar? Resulta ser moral que los intelectuales que predican las virtudes de este segundo sistema cuya esencia es la coerción y la miseria, lo hagan inspirados por la ambición de asegurarse un puesto de mando en la colosal maquinaria coercitiva que tal sistema presupone.

En realidad, el estado colectivista que se reafirma con las inmoralidades de los precios máximos, los controles de cambio y los impuestos confirmatorios, resulta mucho más inmoral que el individuo que viola esos presupuestos para preservar los frutos de su propio trabajo. No creo sea moral o haga algún bien apalear al burro que saca el agua de la noria.

El gran error moral del socialismo, es su constante oposición al lógico deseo del hombre de superarse junto con su familia y de asumir la responsabilidad para su futuro; ello está dentro del orden natural, al igual que el deseo de identificarse con la comunidad y de servir a sus fines. Ambos deseos son intrínsecos a la humanidad y deben equilibrarse, impidiendo los excesos que pueden destruir una existencia humana digna.

La excéntrica moralidad que confunde las enseñanzas eternas del cristianismo con el comunismo de los primeros cristianos, y que espera el fin inminente de todas las cosas, acaba por aprobar una sociedad en la cual los medios altamente inmorales como la coerción económica, la disolución de la familia, la mentira, el espionaje, la propaganda y la fuerza bruta constituyen inevitables consecuencias. Por tanto el error intelectual que se comete en nombre de una más alta moral y que consiste en condenar la libertad económica; en no percibir en el esfuerzo del individuo por su autoafirmación, el verdadero olor de santidad y la abnegación de los héroes, es capaz de destruir la moralidad que constituye la esencia de la civilización. Es urgente corregir este error.

–Publicado en Tópicos de Actualidad, CEES, Año 4, Abril 1962, No. 37.
http://www.cees.org.gt [Tomado de la revista «Espejo», publicación del Instituto de
Investigaciones Sociales y Económicas, México]

La insensatez de los que piden “salarios mínimos”

Si alguien de verdad quiere hacer daño a los más necesitados, a los que más problemas tienen para encontrar trabajo, sin duda una forma de asegurar que, como colectivo, no encontrarán el modo de llevar un ingreso a casa, uno tan pequeño que seguro que ni Ud. ni yo aceptaríamos, pero que en su caso puede ser la ayuda que tanto necesitan, es mediante una ley de salarios mínimos, y cuanto más alto sea este salario mínimo, más cruel y letal será la medida. 

Emplear a alguien, o no, es una decisión personal. Una decisión que tomamos en la medida en la que se pensemos que lo que nos puede aportar ese futuro empleado será más o al menos tanto como lo que tendremos que pagarle por su salario. Y esto no es capitalismo salvaje o egoísmo de mercados sin alma. Es la pura lógica de un comportamiento humano.

Si una familia hace cálculos y piensa que podría contratar una empleada del hogar por 500 euros al mes, pero aparece una ley de salarios mínimos que exige que debe cobrar al menos 800 euros, muy probablemente hay una persona necesitada que se acaba de quedar sin una de las pocas posibilidades que tenía de llevar un ingreso a casa, y en general la economía habrá perdido un puesto de trabajo. No es que esa familia este podría por la avaricia, es que esa familia, de acuerdo con sus circunstancias, ha valorado el servicio que le puede prestar esa empleada y no les compensa pagar 800 euros al mes. Ya encontrarán entre todos un apaño.

Es pura lógica humana, y nada que ver con un capitalismo desalmado. Si el salario que se le debe pagar a un tipo de trabajadores es más de lo que esos trabajadores le pueden aportar al posible empleador, no hay forma de conseguir que esos empleos se mantengan o siquiera que existan. La sociedad pierde esos puestos de trabajo y aumenta el drama social, sin que nadie diga nada, ante la satisfacción de los “bienintencionados” y la impotencia de los que necesitaban ese ingreso para seguir subsistiendo, aunque para Ud. o para mí ese ingreso nos parezca ridículo.

Exigir por ley salarios por encima de la productividad del trabajador destroza la parte baja y más vulnerable del mercado de trabajo. Esperar salarios por encima de la productividad del trabajador se debe enfocar no como un decreto lagal sino como una llamada a la lógica del don y a la economía de la gratuidad. No es infrecuente que empresas paguen por encima de su productividad a ciertos trabajadores ante dificultades familiares o personales. Pero esto no es la solución, solo un parche, y puede que un parche pequeño.

La única forma efectiva y duradera de asegurar salarios dignos, como a todos nos gustarían, es aumentando la productividad del trabajador, como la historia tozudamente nos demuestra. Una productividad mayor de los trabajadores que se consigue mediante inversiones acertadas en maquinaria, instalaciones, infraestructuras y, lo más importante de todo, mediante la mayor formación y experiencia laboral de los trabajadores.

Por supuesto, también hay quien aprovechándose de situaciones de ignorancia o necesidad abusa pagando escandalosamente por debajo de la productividad de los trabajadores. Como católicos y personas de buena voluntad no debemos dejar de identificar y denunciar estas situaciones de “usura” que impiden a los trabajadores recoger los justos frutos de su trabajo. «No explotarás al jornalero» (Dt 24,14); «Mirad: el salario que no habéis pagado a los jornaleros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Sant 5,4).

Pocos momentos son tan tristes como decirle o confirmarle a un niño sus sospechas sobre los Reyes Magos. Romper su mundo de fantasías donde los regalos llueven del cielo, donde solamente el deseo de que algo suceda, a condición de que ese deseo esté apoyado sobre un buen comportamiento, hace que lo que en cualquier otro día del año sería imposible, en la madrugada del 6 de enero se hace realidad.

Si pudiera, decretaría que todos tuviéramos un salario mínimo que nos permitiera satisfacer sin agobios nuestras necesidades personales y familiares, para escolarizar a nuestros hijos sin tener que forzarles a trabajar, y que nos asegurase una condición digna cuando por edad o enfermedad ya no pudiéramos trabajar más; un salario mínimo que también nos dejase espacio para lo personal, familiar y religioso. Pero esto no es algo que podamos conseguir en la madrugada del 6 de enero mediante un simple decreto legislativo.

No hay atajos ni intervenciones mágicas. Los salarios mínimos no se decretan, solo se consiguen con muchísimo esfuerzo aumentando la productividad de los trabajadores. Mientras, no cortemos las únicas posibilidades que muchos tienen de poder seguir adelante. La caridad empieza por aceptar la verdad.

Nota publicada originalmente en Religión en Libertad el 8 de Abril de 2014.

 

Libertad religiosa y económica: verdaderamente indivisibles

Por Samuel Gregg

Cualquiera que sea la forma en que la Corte Suprema de Estados Unidos se pronuncie sobre el caso Sebelius vs Hobby Lobby Stores, un hecho ha quedado muy claro. Estamos tardíamente dándonos cuenta de que las diferentes formas de libertad son más dependientes entre sí de lo que muchos han supuesto hasta ahora.

¿Quién hubiera pensado que la expansión del estado de bienestar en el disfraz de Obamacare —que, por definición, reduce significativamente la libertad económica— podría afectar directamente a la capacidad de los individuos y los grupos para conducir sus asuntos de acuerdo con sus profundas creencias religiosas? Esta, sin embargo, es precisamente la realidad que enfrentamos.

La mayoría de la gente está acostumbrada a pensar en la libertad religiosa como un requisito previo a la libertad política. Pero la libertad religiosa no sólo afecta a nuestro papel como ciudadanos en los asuntos públicos. La libertad religiosa se ​​refiere también a nuestra libertad para elegir en numerosos aspectos no políticos de nuestra vida, que van desde si asistimos a la iglesia en un día determinado de la semana, hasta lo que elegimos comprar.

Las restricciones injustas de la libertad religiosa con frecuencia se presentan como formas que limitan la capacidad de los miembros de las religiones particulares para participar plenamente en la vida pública. Los católicos en la Inglaterra de Isabel I y Jacobo I, por ejemplo, fueron despojados poco a poco de la mayoría de sus derechos civiles y políticos por causa de su negativa a cumplir con la Iglesia establecida.

El ataque a su libertad, sin embargo, fue más allá de esto. Tal vez aún más dañino fue el ataque a su libertad económica. Esto se produjo en forma de multas paralizantes con las que gobiernos con ingresos reducidos gravaban a los católicos recalcitrantes, por no hablar de las restricciones sobre la capacidad de los católicos para poseer y utilizar sus bienes como mejor les pareciera.

Muchas de esas leyes, los estadounidenses nunca debe olvidar, cruzaron el Atlántico. Aunque la colonia de Maryland fue fundada por católicos ingleses huyendo de la represión religiosa, finalmente prevalecieron leyes anti-católicas similares a las de Gran Bretaña. Como señaló el más famoso de los católicos de Maryland, Charles Carroll de Carrollton —el único católico que firmó la Declaración de la Independencia y el hombre más rico de las colonias americanas— los motivos económicos suelen estar detrás de ese acoso. “Los hombres egoístas”, escribió, “inventaron las condiciones religiosas para excluir de los puestos lucrativos y de confianza a sus compañeros más débiles o de mayor conciencia”.

En términos generales, los disidentes religiosos han demostrado ser muy hábiles para eludir esas restricciones. De hecho, hay cierta evidencia de que la limitación de la participación de un grupo religioso en la vida política a menudo se traduce en dedicar su talento al éxito económico. Consideremos, por ejemplo, el caso de los empresarios perennes: los cristianos árabes.

Hasta hace relativamente poco, los cristianos eran la comunidad religiosa más grande de Líbano. Durante siglos, comerciaron ampliamente con sus correligionarios en todo el Mediterráneo, facilitando así el intercambio comercial entre Oriente y Occidente. Además de la geografía, sin embargo, otra de las causas del éxito comercial cristiano de Oriente Medio bien pudo haber sido la situación jurídica de segunda clase impuesta por los conquistadores musulmanes del siglo séptimo en adelante.

En su Historia de los Pueblos Árabes, el fallecido Albert Hourani relata que los cristianos (mayoritariamente ortodoxos, católicos, o coptos) fueron obligados a llevar ropa especial que los identificara como no musulmanes. También se vieron obligados a pagar un impuesto especial, tenían prohibido portar armas y esporádicamente eran perseguidos. Hourani observa, sin embargo, que estas limitaciones empujaron a muchos cristianos a actividades comerciales. Eventualmente dominaron muchos ámbitos económicos, incluidos los buques mercantes y la banca.

Una historia similar puede contarse sobre el pueblo judío. En el pasado no tan reciente, ser judío significaba no poder participar en la política, ni servir en el ejército ni en la administración pública en el mundo cristiano y el islámico. Muchos judíos se quedaron por tanto con poco más que dedicarse a crear riqueza.

Una de las buenas noticias —y una prueba más de la indivisibilidad de la libertad— es la forma en la que las expansiones de la libertad económica pueden crear presiones para una mayor libertad religiosa. China continental es quizás el mejor ejemplo.

Durante los últimos treinta años, China ha adoptado una cierta libertad económica. Menos conocido es que en las provincias chinas autorizadas para liberalizar sus economías, millones de chinos han abrazado el cristianismo.

Esto no debería sorprendernos. Una vez que se otorga libertad en un área, es difícil impedir que la libertad se extienda a otras esferas. La libertad económica, por ejemplo, exige y alienta a la gente a pensar y elegir libremente. Sin esto, el espíritu empresarial es imposible. Es un reto, sin embargo, limitar la reflexión y la decisión a las cuestiones económicas. La gente empieza a hacer preguntas sociales, políticas, y, sí, preguntas religiosas. Y muchos chinos han decidido que el cristianismo es la respuesta a sus reflexiones religiosas.

Eso ha creado dilemas agudos para los gobernantes chinos. Por un lado, el régimen pretende valorar la contribución de los estrictos códigos morales de muchas religiones a la vida económica. El presidente Xi Jinping ha declarado públicamente que China está “perdiendo su brújula moral” y que las religiones chinas “tradicionales”, como el confucianismo y el taoísmo podrían “ayudar a llenar el vacío que ha permitido que la corrupción prospere”.

Pero el régimen también conoce que el cristianismo niega que el Estado pueda ejercer la autoridad religiosa sobre la iglesia. Tal afirmación es inaceptable para los actuales gobernantes de China. ¿Por qué? Porque implícitamente desafía el monopolio del poder de la élite gobernante. Por lo tanto vemos que el régimen persigue a los católicos que insisten en la fidelidad al Papa. En una de los más ricas provincias orientales de China, Zhejiang, se les está diciendo a las iglesias evangélicas que quiten sus cruces y amenazando con demoler sus edificios.

Con razón, como nos recuerdan los científicos sociales, la correlación no implica causalidad. El hecho, sin embargo, en esta económicamente exitosa y cada vez más cristiana provincia china, muchos predicadores evangélicos están diciendo a las autoridades que retrocedan, lo que nos muestra que una vez que el genio de la libertad ha salido de la lámpara, es difícil regresarlo a ella.

Evidentemente, la libertad religiosa no es todavía una realidad en China. Sin embargo, gracias en parte al azar de la liberalización del mercado en China, su florecimiento parece menos lejano. Sería tristemente irónico si nosotros, en Occidente —la cuna de la libertad religiosa— permitiéramos que el progresismo secular, socavando a la libertad económica, en el nombre de una igualdad imposible, redujera a una reliquia histórica la primera y más importante de nuestras libertades.

Nota

          La traducción del articulo Religious Freedom and Economic Liberty: Truly Indivisible publicado por el Acton Institute el 14 de mayo de 2014, es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural que sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.

            Este artículo apareció originalmente en The American Spectator

Asignación pan de manteca para mi bebé

Por Jaime Martin Grondona
Junio de 2013

Frédéric Bastiat en 1850 dijo: “En la esfera económica, un acto, una costumbre, una institución, una ley no engendran un solo efecto, sino una serie de ellos. De estos efectos, el primero es sólo el más inmediato; se manifiesta simultáneamente con la causa, se ve. Los otros aparecen sucesivamente, no se ven; bastante es si los prevemos. Toda la diferencia entre un mal y un buen economista es ésta: uno se limita al efecto visible; el otro tiene en cuenta el efecto que se ve y los que hay que prever.

Pero esta diferencia es enorme, ya que casi siempre sucede que, cuando la consecuencia inmediata es favorable, las consecuencias ulteriores son funestas, y vice versa. — Así, el mal economista persigue un beneficio inmediato que será seguido de un gran mal en el futuro, mientras que el verdadero economista persigue un gran bien para el futuro, aun a riesgo de un pequeño mal presente.”

Una vez escuché la historia de un médico pediatra que aconsejaba a los padres darle a sus bebes un pan de manteca al día disuelto en sus mamaderas. Él sostenía que los bebés necesitan 1000 calorías diarias, y les estaba dando eso en un sencillo y práctico pan de manteca. El trágico resultado fue la muerte de esos chiquitos. Obviamente la justicia se encargó de aplicar una sentencia adecuada al médico por ignorar cosas que no podía ignorar.

Esta fatalidad pasa a diario en la política. Pero a diferencia del mundo de la medicina, aquí no existe nunca la condena por ignorancia culpable o mala praxis. Claro, a fin de cuentas, es muy difícil probar que un chico murió de hambre a causa de tal o cual medida económica o política.

Les cambio de tema, o no. Hablemos de la Asignación por embarazo para la protección social. ¿Qué es? un ingreso que protege a las madres en estado de vulnerabilidad para que puedan llevar adelante su embarazo cuidando su salud y la de su bebé. ¿A quién le corresponde? A las mujeres desde la semana 12 de gestación hasta el nacimiento o la interrupción del embarazo, que estén desocupadas; sean monotributistas sociales sin ninguna prestación contributiva o no contributiva; se desempeñen en la economía informal o en el servicio doméstico y perciban un ingreso igual o inferior al salario mínimo vital y móvil.

Mucha gente pro-vida festejó en 2011 la sanción de esta Asignación. A primera vista no es para menos ¿O acaso no desalienta el aborto? Por ley el estado se ocupa de dar plata a la embarazada que en su paupérrima situación puede querer incurrir en aborto. Aparte, de una u otra forma, si le ponemos ganas podemos leerla como una extensión de la Asignación Universal por Hijo. Por lo tanto, da un argumento para decirle a los políticos que la votaron: ¡Hey, vos aprobaste una Asignación que reconocía que el niño por nacer es una persona! No puedes ahora avalar una ley que promueva el aborto.

Les dejo algunos testimonios de mujeres que recibieron la Asignación: “Me embaracé porque así puedo tener un sueldo porque soy menor y nadie me da trabajo. Embarazada me van a pagar en la ANSES y mi mamá ya está haciendo los trámites, ella ya cobra por mí”. “Prefiero estar embarazada a ir a trabajar de empleada”, “Cobraba la beca porque antes repetía mucho en la escuela, pero después se cortó y ya no me pagan, ahora con mi bebé voy a poder cobrar otra vez”

Cuidado, la banalización e instrumentalización del embarazo es un paso previo a la aceptación del aborto. A fin de cuentas, quien se queda embarazada para cobrar un plan, fácilmente se las arreglará para desembarazarse si hay una mejor oportunidad.

Todas estas medidas, aun miradas con los ojos más benevolentes, no son más que paliativos para disminuir el sufrimiento del marginado. Eso es muy noble, salvo si son los paliativos los causantes de la marginación. Por eso es un imperativo de conciencia que nos preguntemos con Bastiat ¿cuáles son los efectos que no vemos? ¿Cuántos bienes como alimentos, vestido y vivienda no pueden producir los argentinos por hacer frente a la presión tributaria? ¿Cuántos puestos de trabajo no existen porque los empleadores deben financiar los subsidios en vez de pagar un sueldo?

¿Cuál es el camino para estas mujeres marginadas? No lo sé, pero sería muy triste tener que concluir que, plagado de buenas intenciones, el estado se convirtió en un padre déspota que embaraza a sus mujeres y les deja cómo único recurso de subsistencia depender de él.

Francisco, el papa de la “humanae vitae”

Por Sandro Magister para Religión en Libertad

1 de mayo de 2014

Es la encíclica que ha cogido como modelo, a pesar de ser la más contestada del último siglo. Bergoglio suscita grandes expectativas de cambio en materia de matrimonio. Pero también él, como Pablo VI, podría al final decidir “contra la mayoría”.

Cuatro Papas de golpe ante los ojos del mundo es un espectáculo único, escenificado el domingo 27 de abril. Dos en el cielo, el italiano Angelo Giuseppe Roncalli y el polaco Karol Wojtyla. Y dos en la tierra, el alemán Joseph Ratzinger y el argentino Jorge Mario Bergoglio. Tan cercanos, tan distintos. El pastor, el combatiente, el teólogo… ¿Y el último? Un enigma. A más de un año de su elección, aún hay que descifrar todo acerca de él.

Lo que es seguro es que el Papa Francisco habla una lengua nueva. En las homilías matutinas de Santa Marta, en las entrevistas, cuando se dirige a la multitud, simplifica drásticamente su lenguaje. En él la palabra hablada tiene primacía sobre la escrita, aún a costa de ser malinterpretado. Le basta que todos entiendan que la conciencia tiene una autonomía inviolable, que la Iglesia no quiere entrometerse en la vida espiritual de las personas ni condenar a los homosexuales, que el proselitismo es una “tontería”.

Entre los católicos observantes muchos se sienten en dificultad por estas declaraciones cortadas con el bisturí; pero gracias a ellas su éxito entre los de fuera está asegurado. “Extra ecclesiam”, Francisco es el Papa más popular de la historia. 

Y sin embargo Bergoglio no es nada tierno con lo que él llama el “pensamiento único” dominante, ateo y “libertino”, el “nuevo opio del pueblo”. Su visión del mundo es apocalíptica, un combate cósmico en el que el diablo es el gran adversario. Habla de él a menudo, especialmente en las homilías matutinas. No oculta su aversión a la llegada de las nuevas presuntas familias que no tienen “la masculinidad y la feminidad de un padre y de una madre”. Es inflexible definiendo el aborto como un “delito abominable”.

Pero es muy hábil evitando que sus denuncias se crucen explícitamente con las leyes, los actos de gobierno, las sentencias judiciales, los hechos de crónica, las campañas de opinión que, diariamente, en muchos países, confirman el avance precisamente de ese “pensamiento único” que él detesta. Y esto basta para que se le permita benévolamente hacer todo, siempre que quede en la abstracción.

En cambio, el Papa Francisco es muy concreto con otras categorías de la realidad que generan consenso, no polémicas.

Fue a la isla de Lampedusa, puerto de llegada de emigrantes, fugitivos y náufragos de toda África para gritar: “¡Vergüenza!”. Pronto irá a Cassano all´Jonio, para condenar a los mafiosos, que tienen allí una guarida. Y después a Campobasso, donde es obispo ese Giancarlo Maria Bregantini al que pidió la redacción de los textos del Via Crucis del viernes santo en el Coliseo, llenos de compasión por los pobres, los prófugos, los parados. Ha telefoneado al líder político anticlerical Marco Pannella para darle su apoyo en la campaña por el trato justo a los encarcelados.

Pero dónde Francisco ha revelado más su estilo fue en la basílica de San Pedro el 27 de marzo, en la misa que celebró ante más de quinientos ministros, diputados y senadores italianos. Ni una sonrisa, ni un saludo. Y una homilía llena de reproches en la cual la palabra clave era “corrupción”. Palabra que en el léxico de Bergoglio indica el endurecimiento del pecador en su pecado, sea éste el que sea, que le impide acoger el perdón de Dios. Pero que fue entendida prácticamente por todos, incluidos los políticos presentes, en su significado corriente, como el crimen concreto que se realiza bajo ese nombre.

En una opinión púbica que no sólo en Italia, sino en todas partes, es bastante hostil a los políticos, esta diatriba de Francisco ha aumentado su popularidad. Los objetivos contra los que él lanza sus flechas son los mismos contra los que muchísimas personas se lanzan, al menos con palabras. Es impensable que alguien critique al Papa cuando éste condena la mafia o la guerra.

El “¿quién soy yo para juzgar?”, convertida en la clave de narración de este pontificado, vale ciertamente, como dijo él, para el homosexual que busca a Dios y es una persona de buena voluntad, pero también para muchas otras cosas y personas que Francisco ciertamente juzga, alineándose en pro y en contra y dando nombres y apellidos.

No se ha frenado y ha dirigido contra el Nuncio Scarano, el monseñor de curia arrestado por crímenes de índole financiera, aún en espera de juicio, un duro comentario: “No se parece a la beata Imelda”.

Ni permanece callado cuando hay que apoyar las necesidades de los trabajadores, como hizo el miércoles después de Pascua cuando defendió a los cuatro mil obreros de la acerería de Piombino, en riesgo de cierre.

Es una habilidad muy sutil, de jesuita de la vieja escuela, esa con la que Francisco selecciona y afina los tiempos, los lugares y las referencias de lo que dice. También su modo de actuar es así. Se puede encontrar de todo, también las cosas más contrastantes, como en el caso del IOR, donde a la limpieza de las cuentas confiada a los carísimos mastines de la multinacional Promontory se une el mantenimiento en la silla, en el consejo de sobreintendencia, de los titulares de la oscura gestión anterior. Pero la habilidad de Francisco consiste precisamente en hacer que surja, de esta aproximación de sonidos, una música que atrae y que está perennemente suspendida, a la espera de un final que se desea siempre más.

La aventura del próximo sínodo de los obispos, convocado para tratar el tema de la familia, responde perfectamente a este esquema.

Sobre la cuestión que ya se ha convertido en el tema central del debate, la comunión a los divorciados vueltos a casar, Francisco continuamente alterna aperturas y clausuras. Cuando llegan señales desde Alemania, por parte de obispos de primer plano, de un “rompan filas” en favor de la comunión, el Papa hace que otro alemán, el prefecto de la congregación para la doctrina de la fe Gerhard Ludwig Müller, publique un firme “alto ahí” en “L´Osservatore Romano”.

Pero después, manda delante de nuevo, como relator único en el consistorio llamado a debatir la cuestión, a otro alemán, el cardenal y teólogo Walter Kasper, que lucha desde hace treinta años para aflojar la prohibición a la comunión. Y se pone de su parte, elogiándolo calurosamente, incluso cuando otros cardenales se habían declarado en contra.

Bergoglio aplica a sí mismo este doble registro.

Ama confirmar su fidelidad a la doctrina de siempre, en este caso la indisolubilidad del matrimonio: “Ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia”.

Pero después parece alejarse de ella cuando se convierte en médico de cada alma individual, en ese desastrado “hospital de campaña” que es para él el mundo, lleno de heridos que hay que curar con urgencia. Como cuando telefonea a una mujer de Buenos Aires, casada civilmente con un divorciado, angustiada por la prohibición de la eucaristía, para decirle que comulgue “sin problemas” y que “vaya a tomarla en otra parroquia” si el párrocos se la niega.

“Hay que evitar sacar conclusiones en lo que se refiere a la enseñanza de la Iglesia” de las llamadas telefónicas del Papa, ha tenido que precisar el portavoz vaticano Federico Lombardi. Pero esto no atenúa su impacto sobre la opinión pública. En conjunto, el efecto de la estrategia de Francisco es un apremiante aumento de expectativas de cambio, que se harán más fuertes cuando en octubre el sínodo de los obispos se reúna con la tarea de recoger más propuestas que serán examinadas un año después en una segunda sesión del sínodo, que luego resumirá y ofrecerá al Papa las hipótesis de solución. Porque será Francisco, sólo él, quien tendrá la última palabra y decidirá si dar o no la comunión a los divorciados vueltos a casar, como también el cuándo y el cómo.

Por tanto, la decisión llegará a finales del año 2015 o inicio del siguiente, no antes, bajo la formidable presión ejercida por una opinión pública que, previsiblemente, estará casi toda ella a la espera de un sí.

Una similar y masiva presión para un cambio tuvo lugar en los años sesenta, cuando el Papa de entonces tenía que decidir sobre la licitud de los anticonceptivos con teólogos, obispos y cardenales alienados en una gran parte a favor. Pero en 1968 Pablo VI decidió en contra con la encíclica “Humanae vitae”. Una encíclica que fue agriamente contestada por parte de enteros episcopados y con la desobediencia de innumerables fieles. Pero que hoy el Papa Francisco, como siempre también aquí sorprendente, ya ha dicho que quiere asumir como su proprio parámetro de referencia.

Efectivamente, hay que volver a leer con atención lo que ha dicho Bergoglio sobra esa encíclica en la entrevista al “Corriere della Sera” del 5 de marzo:

“Todo depende de cómo sea interpretado el texto de ´Humanae Vitae´. El propio Pablo VI, hacia el final, recomendaba a los confesores mucha misericordia y atención a las situaciones concretas. Pero su genialidad fue profética, pues tuvo el coraje de ir contra la mayoría, de defender la disciplina moral, de aplicar un freno cultural, de oponerse al neomalthusianismo presente y futuro. El tema no es cambiar la doctrina, sino ir a fondo y asegurarse de que la pastoral tenga en cuenta las situaciones de cada persona y lo que esa persona puede hacer”.

El enigma Francisco está todo él contenido en este formidable elogio de la “Humanae vitae”. Porque de este Papa “que viene del fin del mundo” nos podemos ciertamente esperar de todo, también que sobre la cuestión de los divorciados vueltos a casar tome al final una decisión “contra la mayoría”: es decir, una decisión que reconfirme de manera intacta la doctrina del matrimonio indisoluble, aunque esté dulcificada por la misericordia de los pastores de almas antes situaciones concretas.

Cuando el 27 de abril Bergoglio ha proclamado santo a Juan Pablo II, sabía con seguridad lo que el Papa emérito había dicho unas semanas antes sobre este gran predecesor suyo:

“Juan Pablo II no pedía aplausos y tampoco miraba a su alrededor preocupado por cómo serían acogidas sus decisiones. Él actuó partiendo de su fe y de sus convicciones y estaba dispuesto a asumirse los golpes. El coraje de la verdad es un criterio sobresaliente de la santidad”.

Aunque experto en cultivar la opinión pública, el Papa Francisco no es persona que se deje encarcelar por ella.


Traducción en español de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares, España

La vida de un héroe

 17 de Febrero de 2013

Para el Instituto Acton Argentina

Cada vida es un viaje irrepetible, con principio y fin. Detrás de las noticias sobre crímenes, corrupción, intrigas políticas y privación de libertad, hay personas que escogieron caminos destructivos, al extremo de interrumpir violentamente prometedoras vidas ajenas. Nos indigna tanto el asesinato de mujeres y niños, precisamente porque la mayoría de guatemaltecos se sujeta a valores más altos. Si bien muchos sucesos están fuera de nuestro control, sí controlamos nuestras actitudes y acciones. Y con nuestro ejemplo influimos en personas cercanas, sobre todo en nuestros hijos.

En nuestro paso por este mundo, podemos elegir entre el mal y el bien, y la mediocridad y el heroísmo, opinan el Padre Robert Sirico y el empresario Jeff Sanderfer en su libro Una guía de campo para el viaje de un héroe. El subtítulo del libro es simpático: el Padre Sirico es descrito como un “sacerdote emprendedor”, y Sanderfer como un “emprendedor en serie”. Conjugan sus experiencias para darnos consejos, recurriendo a textos clásicos, fábulas, poemas y pasajes bíblicos que afianzan las lecciones. Aclaran que el heroísmo y el éxito poco tienen que ver con acumular dinero, poder o fama.

No es un libro sólo para empresarios, porque también los estudiantes, las amas de casa y muchos otros más acometemos nuestras responsabilidades como ocupaciones que demandan inteligencia, dedicación y esfuerzo. Afirman Sanderfer y Sirico que debemos conocernos a nosotros mismos antes de trazarnos metas, pues además de las dificultades externas, enfrentaremos obstáculos internos, como tentaciones y defectos. Debemos fijarnos de antemano fronteras morales, elegir sabiamente a quienes nos acompañarán en nuestro recorrido, y tener la fortaleza para sobreponernos a las derrotas. Debemos aprender tanto a descansar como a cosechar. Si la vida terrenal es tiempo para perfeccionarnos, para ser todo lo que estamos llamados a ser, entonces el heroísmo se asocia más con cómo luchamos y andamos, que con logros concretos.

Sirico ilustra el punto con un recuerdo de infancia protagonizado por dos compañeros escolares: Ellen padecía una extraña enfermedad que la envejecía prematuramente y le impedía hablar correctamente, mientras Michael era un guapo y amigable deportista. Jugando matado un día en el recreo, todos empezaron a atacar cruelmente solo a Ellen. Michael interceptó la pelota cada vez y la apuntó a los cabecillas del hostigamiento. Arriesgó su popularidad y defendió la dignidad de Ellen. Michael actuó como héroe no sólo porque hubiera sido más fácil plegarse al acoso en masa, sino porque obró con delicadeza y sin lucimientos, sin humillar él a Ellen con su gesto.

Recomiendo el libro. Comparto la convicción de Sirico y Sanderfer que todos podemos proponernos actuar consistentemente como lo hizo Michael en este ejemplo. En última instancia, los éxitos acumulados perderán brillo frente a sabernos mejores personas, reconociendo, agradecidos, las virtudes y los talentos que pulimos en la travesía.

Carroll Ríos de Rodríguez

¿Es usted un malvado empresario?

Por Carroll Ríos de Rodríguez (blog personal)
23 de mayo de 2013 

¿Se siente culpable? ¿Lo han acusado de ser como Rico McPato, avaro y egoísta, o de ser uno de esos buscadores de rentas-mercantilistas, que usan los privilegios estatales para satisfacer sus intereses a costillas de los demás? ¡No todos encarnan estos estereotipos!

Por eso, considero una verdadera joya la publicación por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, La vocación del líder empresarial, una reflexión (septiembre, 2012). Conjuntamente con otras dos entidades, dicho consejo pontificio organizó un seminario para evaluar cómo deben vivir la caridad los empresarios, los profesionales y los profesores universitarios; allí consensuaron este texto.

El documento contiene cuatro enunciados poderosos: 1) el trabajo profesional es vocacional, 2) el trabajo nos hace cocreadores con Dios, 3) ponemos en práctica y promovemos las virtudes dentro del mercado y la empresa, y 4) la sociedad y el Estado deben apoyar a las empresas.

“La vocación del empresario es un genuino llamamiento humano y cristiano. Difícilmente puede sobreestimarse su importancia en la vida de la Iglesia y en el mundo económico”, leemos en el punto seis del documento. Dicho de otra forma, es camino de santidad un trabajo, un negocio o una profesión cuando se vive como vocación, con sentido cristiano.

Lo que es más, la creatividad y la innovación propias de la actividad empresarial continúan desarrollando y completando “la obra del Creador”. El proceso creativo genera riqueza, es un juego de suma positiva, que no perjudica a unos para elevar a otros (40). De allí que se deba organizar la producción para lograr nuevos avances científicos y nuevas tecnologías. 

“Las empresas tienen potencial para ser una gran fuerza de bien en cualquier sociedad” (9). Una empresa bien gestionada contribuye al bienestar material y espiritual de los empleados y sus familias, porque fomenta el ejercicio de las virtudes como la justicia, la disciplina, la sabiduría y la solidaridad. Cuando los mercados están estructurados con base en la libertad, la creatividad, la verdad y la fidelidad a los compromisos, los líderes empresariales sirven al prójimo y al bien común. 

“La Iglesia reconoce el papel legítimo de la ganancia como indicador del correcto funcionamiento de la empresa. Cuando una empresa obtiene beneficios, generalmente implica que los factores de producción han sido empleados de forma correcta y que las necesidades humanas han sido satisfechas de forma apropiada” (51).

¿Qué requiere una empresa de la sociedad y del Estado, según esta reflexión? La empresa florece en un entorno que garantice “el Estado de derecho, el derecho de propiedad, la competencia libre y abierta” (36). Es más, “cuando estos elementos del bien común están ausentes o no funcionan correctamente, las empresas sufren las consecuencias”. ¡Son elementos del bien común la propiedad y la competencia libre!

La vocación del líder empresarial amerita una lectura cuidadosa. Lo encontrará aquí