La necesidad moral de la libertad económica

ropke3Wilhelm Röpke

Uno de los mas graves errores nuestra época es el de creer que la libertad económica y la sociedad que en ella se basa, difícilmente son compatibles con la posición moral de una actitud estrictamente cristiana.

A tan extraña creencia se debe el bien conocido hecho de que una gran parte del clero protestante y católico, tanto en el viejo como en el Nuevo Mundo, se incline fuertemente hacia la izquierda socialista. En vista de las alarmantes consecuencias de esta tendencia, que debilita nuestra resistencia hacia el comunismo (precisamente en el momento mas critico) y que impregna a nuestra sociedad de un vago desasosiego moral, resulta extraordinariamente urgente disipar la confusión intelectual que constituye la raíz del problema.

No se ha enfatizado bastante en que esta creencia popular es falsa y que lo cierto es precisamente lo contrario; porque las más poderosas razones para defender la libertad
económica y la economía de mercado son precisamente de carácter moral. Los valores morales del verdadero cristianismo exigen la libertad económica y la economía de mercado, y nunca pedirían el sistema económico opuesto: el socialismo. Sin embargo al mismo tiempo es necesario enfatizar que la libertad económica y la economía de mercado exigen esos valores, es decir, se condicionan mutuamente.

Para entender esto, debe tenerse en cuenta tanto a la economía como a la ética. Hay una
especie de moral que pretende ignorar los principios económicos elementales, y por lo mismo cuando emite apreciaciones de carácter moral sobre ciertas acciones económicas que no comprende, es susceptible de causar gran daño.

Por otra parte, existe cierta clase de teoría económica que ignora la esencial base moral de la vida económica, cuando menos teóricamente. Tan mala es la una como la otra, la moral que pretende ignorar la economía, como la economía que pretende ignorar la moral; pero ambos errores pueden sin embargo corregirse complementándose recíprocamente.

Podría aclarar mejor este punto refiriendo mis experiencias personales y explicando con la mayor franqueza los conflictos intelectuales que he tenido que resolver durante toda mi vida de economista. Igual que muchos otros jóvenes de mi propia generación, al principio fuí socialista, y precisamente por razones morales. Pensábamos que el socialismo era el único camino para alcanzar la paz, la libertad y la justicia. Y como tantos otros jóvenes de mi propia generación, aprendí por la experiencia y un raciocinio más sobrio y tranquilo que nuestro socialismo juvenil era un error fundamental. ¿Por qué?

Antes que nada, porque el análisis económico nos ha enseñado que el socialismo es un orden económico notoriamente inferior. Lo condenamos porque la planeación y la nacionalización los dos pilares del orden socialista– conducen al desperdicio, al desorden y producen un bajo nivel de productividad y en cambio la libertad económica y la propiedad privada –los dos pilares del orden económico «liberal»– significan coordinación; progreso y un alto nivel de productividad. En otras palabras, las actividades económicas no pueden constituir la esfera de actividad de la autoridad planificadora que coerciona y castiga; tales actividades deben dejarse a la cooperación espontánea de todos los individuos a través de un mercado libre, de precios libres y de franca competencia.Mercado flotante en Bangkok

Después de las recientes experiencias, particularmente en Europa, que han confirmado estas enseñanzas del análisis económico, nos asiste toda la razón para poner de relieve sus alcances prácticos. En todas partes donde el socialismo fue puesto en practica en Europa, en país tras país, se demostró que conduce hacia la pobreza y el desorden económico. No así la economía de mercado que es la base del bienestar de las masas y del orden económico y que la economía de mercado es el mejor camino para el bienestar de las masas y para el balance o equilibrio económico. Encuestas recientes efectuadas en ese país, han demostrado que aun la abrumadora mayoría de los obreros (mas del 80%) favorece la economía de mercado aunque muchos de ellos sean miembros del partido socialista.

Pero hay algo mas que la simple preferencia por una determinada técnica económica. Yo no creo en la libertad económica solo porque en mi carácter de economista se supone que debo saber algo sobre precios, tasas de interés, costos o tipos de cambio. La fuerza de mi convicción radica en algo más profundo o sea, en aquellas regiones del alma donde se decide en ultima instancia la filosofía social que tiene cada uno. A los socialistas y a sus enemigos ideológicos los dividen conceptos fundamentalmente diferentes acerca de la vida y de su significado.

La opinión que tengamos sobre la posición del hombre en el universo, decidirá nuestra posición acerca de si los más altos valores se realizan en el individuo o en la sociedad, y nuestra preferencia por cualquiera de las dos tesis constituye la base de nuestra posición política. Una vez mas confirmamos la veracidad del famoso aserto del Cardenal Manning: «Todas las diferencias entre los humanos son, en ultima instancia, de carácter religioso». De ahí, pues, que mi oposición fundamental al socialismo radica en que a pesar de toda su fraseología liberal otorga muy poco al hombre, a su libertad, y a su personalidad y otorga demasiado a la sociedad.

El socialismo (incluye la filosofía estado providencia) se apoya primordialmente en el Estado y en la sociedad y no en el individuo con su responsabilidad y dignidad humanas. Por esto es contrario a la tradición moral basada en el patrimonio común de la cristiandad y el humanismo. En su entusiasmo por la organización, la centralización, la reglamentación y la subordinación al Estado, el socialismo pone en juego medios que no son compatibles con la libertad y dignidad humanas. Y porque tengo un concepto claro acerca del hombre como la imagen de Dios, resultando pecaminoso utilizar su persona como medio; Porque estoy convencido de que cada hombre tiene un valor único por su relación con Dios, pero no ese Dios del híbrido humanismo ateo; por toda estas razones yo desconfío totalmente de cualquier clase de colectivismo.

Partiendo de estas convicciones enraizadas en la experiencia y en los testimonios históricos, llegué a la conclusión de que solo la economía libre puede estar de acuerdo con la libertad del hombre y con la estructura política y social que salvaguarda. Fuera de este sistema económico de libertad no veo ninguna oportunidad para que pueda continuar la existencia humana dentro del marco de las tradiciones filosóficas y religiosas de Occidente.

Solo por esta razón debíamos respaldar el orden económico libre, aún cuando implicara un sacrificio material y aún cuando el socialismo nos asegura una mayor abundancia material. Y somos muy afortunados en que esto ultimo no sea cierto. Más importante aún resulta que el orden económico libre es requisito indispensable para la libertad, la dignidad humana, la libre elección y la justicia. Por esto lo deseamos y por ello cualquier precio que paguemos no resulta demasiado alto, aunque los comunistas pudieran hacer, pongo por caso, más grandes y mejores máquinas lavadoras.

Aceptamos de buena gana la riqueza material y el bienestar que la libertad económica nos proporciona y que jamás encontramos en una economía colectivista, pero sólo debíamos aceptar estos dones especialmente por sus ventajas morales y precisamente por ellas estamos obligados a defender la libertad económica, inclusive cuando discutimos con Khrushchev.

Existe una profunda razón moral que explica por qué una economía de libre empresa produce la salud del cuerpo social y una abundancia de bienes mientras que una economía socialista trae consigo el desorden social, la insuficiencia y la pobreza. El sistema económico de libertad transforma la extraordinaria fuerza que radica en la afirmación del propio individuo, en tanto que la economía socialista, que se usa en la coerción, suprime esta fuerza y se desgasta a si misma en la lucha contra ella.

¿Cuál de los dos sistemas resulta el más ético? ¿Aquel que permite al individuo luchar para mejorarse a sí mismo y a su familia mediante su propio esfuerzo y que conduce simultáneamente a un aumento del bienestar de las masas, o el otro sistema que tiene por meta suprimir esa fuerza, y que simultáneamente produce un menor bienestar? Resulta ser moral que los intelectuales que predican las virtudes de este segundo sistema cuya esencia es la coerción y la miseria, lo hagan inspirados por la ambición de asegurarse un puesto de mando en la colosal maquinaria coercitiva que tal sistema presupone.

En realidad, el estado colectivista que se reafirma con las inmoralidades de los precios máximos, los controles de cambio y los impuestos confirmatorios, resulta mucho más inmoral que el individuo que viola esos presupuestos para preservar los frutos de su propio trabajo. No creo sea moral o haga algún bien apalear al burro que saca el agua de la noria.

El gran error moral del socialismo, es su constante oposición al lógico deseo del hombre de superarse junto con su familia y de asumir la responsabilidad para su futuro; ello está dentro del orden natural, al igual que el deseo de identificarse con la comunidad y de servir a sus fines. Ambos deseos son intrínsecos a la humanidad y deben equilibrarse, impidiendo los excesos que pueden destruir una existencia humana digna.

La excéntrica moralidad que confunde las enseñanzas eternas del cristianismo con el comunismo de los primeros cristianos, y que espera el fin inminente de todas las cosas, acaba por aprobar una sociedad en la cual los medios altamente inmorales como la coerción económica, la disolución de la familia, la mentira, el espionaje, la propaganda y la fuerza bruta constituyen inevitables consecuencias. Por tanto el error intelectual que se comete en nombre de una más alta moral y que consiste en condenar la libertad económica; en no percibir en el esfuerzo del individuo por su autoafirmación, el verdadero olor de santidad y la abnegación de los héroes, es capaz de destruir la moralidad que constituye la esencia de la civilización. Es urgente corregir este error.

–Publicado en Tópicos de Actualidad, CEES, Año 4, Abril 1962, No. 37.
http://www.cees.org.gt [Tomado de la revista «Espejo», publicación del Instituto de
Investigaciones Sociales y Económicas, México]

La insensatez de los que piden “salarios mínimos”

Si alguien de verdad quiere hacer daño a los más necesitados, a los que más problemas tienen para encontrar trabajo, sin duda una forma de asegurar que, como colectivo, no encontrarán el modo de llevar un ingreso a casa, uno tan pequeño que seguro que ni Ud. ni yo aceptaríamos, pero que en su caso puede ser la ayuda que tanto necesitan, es mediante una ley de salarios mínimos, y cuanto más alto sea este salario mínimo, más cruel y letal será la medida. 

Emplear a alguien, o no, es una decisión personal. Una decisión que tomamos en la medida en la que se pensemos que lo que nos puede aportar ese futuro empleado será más o al menos tanto como lo que tendremos que pagarle por su salario. Y esto no es capitalismo salvaje o egoísmo de mercados sin alma. Es la pura lógica de un comportamiento humano.

Si una familia hace cálculos y piensa que podría contratar una empleada del hogar por 500 euros al mes, pero aparece una ley de salarios mínimos que exige que debe cobrar al menos 800 euros, muy probablemente hay una persona necesitada que se acaba de quedar sin una de las pocas posibilidades que tenía de llevar un ingreso a casa, y en general la economía habrá perdido un puesto de trabajo. No es que esa familia este podría por la avaricia, es que esa familia, de acuerdo con sus circunstancias, ha valorado el servicio que le puede prestar esa empleada y no les compensa pagar 800 euros al mes. Ya encontrarán entre todos un apaño.

Es pura lógica humana, y nada que ver con un capitalismo desalmado. Si el salario que se le debe pagar a un tipo de trabajadores es más de lo que esos trabajadores le pueden aportar al posible empleador, no hay forma de conseguir que esos empleos se mantengan o siquiera que existan. La sociedad pierde esos puestos de trabajo y aumenta el drama social, sin que nadie diga nada, ante la satisfacción de los “bienintencionados” y la impotencia de los que necesitaban ese ingreso para seguir subsistiendo, aunque para Ud. o para mí ese ingreso nos parezca ridículo.

Exigir por ley salarios por encima de la productividad del trabajador destroza la parte baja y más vulnerable del mercado de trabajo. Esperar salarios por encima de la productividad del trabajador se debe enfocar no como un decreto lagal sino como una llamada a la lógica del don y a la economía de la gratuidad. No es infrecuente que empresas paguen por encima de su productividad a ciertos trabajadores ante dificultades familiares o personales. Pero esto no es la solución, solo un parche, y puede que un parche pequeño.

La única forma efectiva y duradera de asegurar salarios dignos, como a todos nos gustarían, es aumentando la productividad del trabajador, como la historia tozudamente nos demuestra. Una productividad mayor de los trabajadores que se consigue mediante inversiones acertadas en maquinaria, instalaciones, infraestructuras y, lo más importante de todo, mediante la mayor formación y experiencia laboral de los trabajadores.

Por supuesto, también hay quien aprovechándose de situaciones de ignorancia o necesidad abusa pagando escandalosamente por debajo de la productividad de los trabajadores. Como católicos y personas de buena voluntad no debemos dejar de identificar y denunciar estas situaciones de “usura” que impiden a los trabajadores recoger los justos frutos de su trabajo. «No explotarás al jornalero» (Dt 24,14); «Mirad: el salario que no habéis pagado a los jornaleros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Sant 5,4).

Pocos momentos son tan tristes como decirle o confirmarle a un niño sus sospechas sobre los Reyes Magos. Romper su mundo de fantasías donde los regalos llueven del cielo, donde solamente el deseo de que algo suceda, a condición de que ese deseo esté apoyado sobre un buen comportamiento, hace que lo que en cualquier otro día del año sería imposible, en la madrugada del 6 de enero se hace realidad.

Si pudiera, decretaría que todos tuviéramos un salario mínimo que nos permitiera satisfacer sin agobios nuestras necesidades personales y familiares, para escolarizar a nuestros hijos sin tener que forzarles a trabajar, y que nos asegurase una condición digna cuando por edad o enfermedad ya no pudiéramos trabajar más; un salario mínimo que también nos dejase espacio para lo personal, familiar y religioso. Pero esto no es algo que podamos conseguir en la madrugada del 6 de enero mediante un simple decreto legislativo.

No hay atajos ni intervenciones mágicas. Los salarios mínimos no se decretan, solo se consiguen con muchísimo esfuerzo aumentando la productividad de los trabajadores. Mientras, no cortemos las únicas posibilidades que muchos tienen de poder seguir adelante. La caridad empieza por aceptar la verdad.

Nota publicada originalmente en Religión en Libertad el 8 de Abril de 2014.

 

Asignación pan de manteca para mi bebé

Por Jaime Martin Grondona
Junio de 2013

Frédéric Bastiat en 1850 dijo: “En la esfera económica, un acto, una costumbre, una institución, una ley no engendran un solo efecto, sino una serie de ellos. De estos efectos, el primero es sólo el más inmediato; se manifiesta simultáneamente con la causa, se ve. Los otros aparecen sucesivamente, no se ven; bastante es si los prevemos. Toda la diferencia entre un mal y un buen economista es ésta: uno se limita al efecto visible; el otro tiene en cuenta el efecto que se ve y los que hay que prever.

Pero esta diferencia es enorme, ya que casi siempre sucede que, cuando la consecuencia inmediata es favorable, las consecuencias ulteriores son funestas, y vice versa. — Así, el mal economista persigue un beneficio inmediato que será seguido de un gran mal en el futuro, mientras que el verdadero economista persigue un gran bien para el futuro, aun a riesgo de un pequeño mal presente.”

Una vez escuché la historia de un médico pediatra que aconsejaba a los padres darle a sus bebes un pan de manteca al día disuelto en sus mamaderas. Él sostenía que los bebés necesitan 1000 calorías diarias, y les estaba dando eso en un sencillo y práctico pan de manteca. El trágico resultado fue la muerte de esos chiquitos. Obviamente la justicia se encargó de aplicar una sentencia adecuada al médico por ignorar cosas que no podía ignorar.

Esta fatalidad pasa a diario en la política. Pero a diferencia del mundo de la medicina, aquí no existe nunca la condena por ignorancia culpable o mala praxis. Claro, a fin de cuentas, es muy difícil probar que un chico murió de hambre a causa de tal o cual medida económica o política.

Les cambio de tema, o no. Hablemos de la Asignación por embarazo para la protección social. ¿Qué es? un ingreso que protege a las madres en estado de vulnerabilidad para que puedan llevar adelante su embarazo cuidando su salud y la de su bebé. ¿A quién le corresponde? A las mujeres desde la semana 12 de gestación hasta el nacimiento o la interrupción del embarazo, que estén desocupadas; sean monotributistas sociales sin ninguna prestación contributiva o no contributiva; se desempeñen en la economía informal o en el servicio doméstico y perciban un ingreso igual o inferior al salario mínimo vital y móvil.

Mucha gente pro-vida festejó en 2011 la sanción de esta Asignación. A primera vista no es para menos ¿O acaso no desalienta el aborto? Por ley el estado se ocupa de dar plata a la embarazada que en su paupérrima situación puede querer incurrir en aborto. Aparte, de una u otra forma, si le ponemos ganas podemos leerla como una extensión de la Asignación Universal por Hijo. Por lo tanto, da un argumento para decirle a los políticos que la votaron: ¡Hey, vos aprobaste una Asignación que reconocía que el niño por nacer es una persona! No puedes ahora avalar una ley que promueva el aborto.

Les dejo algunos testimonios de mujeres que recibieron la Asignación: “Me embaracé porque así puedo tener un sueldo porque soy menor y nadie me da trabajo. Embarazada me van a pagar en la ANSES y mi mamá ya está haciendo los trámites, ella ya cobra por mí”. “Prefiero estar embarazada a ir a trabajar de empleada”, “Cobraba la beca porque antes repetía mucho en la escuela, pero después se cortó y ya no me pagan, ahora con mi bebé voy a poder cobrar otra vez”

Cuidado, la banalización e instrumentalización del embarazo es un paso previo a la aceptación del aborto. A fin de cuentas, quien se queda embarazada para cobrar un plan, fácilmente se las arreglará para desembarazarse si hay una mejor oportunidad.

Todas estas medidas, aun miradas con los ojos más benevolentes, no son más que paliativos para disminuir el sufrimiento del marginado. Eso es muy noble, salvo si son los paliativos los causantes de la marginación. Por eso es un imperativo de conciencia que nos preguntemos con Bastiat ¿cuáles son los efectos que no vemos? ¿Cuántos bienes como alimentos, vestido y vivienda no pueden producir los argentinos por hacer frente a la presión tributaria? ¿Cuántos puestos de trabajo no existen porque los empleadores deben financiar los subsidios en vez de pagar un sueldo?

¿Cuál es el camino para estas mujeres marginadas? No lo sé, pero sería muy triste tener que concluir que, plagado de buenas intenciones, el estado se convirtió en un padre déspota que embaraza a sus mujeres y les deja cómo único recurso de subsistencia depender de él.

Hayek, el cristianismo y el esquema global de su pensamiento

Por Gabriel J. Zanotti

De Introducción filosófica al pensamiento de Hayek (UFM/Unión Editorial, 2003), cap. 1.

El tema de Hayek y el cristianismo es muy delicado por la gran cantidad de cuestiones involucradas. En primer lugar debe decirse que este tema puede ser abordado desde muchos puntos de vista y objetivos. El nuestro es mostrar dónde puede haber choques entre “el/los” planteo/s de Hayek con el cristianismo católico y dónde no. El “dónde no” deja abierta una posibilidad de diálogo de tipo no clerical. Esto es, allí donde el pensamiento de Hayek no se contradiga con el cristianismo católico (cc), ello no implica que ese punto se pueda afirmar desde el cc. Alguien puede ser partidario de la teoría del ciclo de Hayek, no contradecirse por ello con el cc y ello no implica que dicha teoría se “infiere” del cc.

En segundo lugar debe aclararse cuál es el eje central de nuestra interpretación de Hayek.

Para nosotros hay un tema que se extiende a lo largo de todos los planteos de Hayek. Dicho tema es su tesis de orden espontáneo (que reelabora a su vez de la escuela escocesa –Smith, Ferguson, Hume-)1. En ocasión del debate sobre el cálculo económico, Hayek elabora con relativa claridad una teoría del mercado como proceso espontáneo que, al distinguirse claramente del modelo de competencia perfecta, comienza a diferenciar por primera vez, desde un punto de vista retrospectivo, a la escuela austríaca de otro modelos neoclásicos. Lentamente, sin tenerlo deliberadamente pensado –conjeturamos- Hayek comienza a tener una consmovisión general de otros temas en función de esa “espontaneidad” que había descubierto en ocasión de la teoría económica.

Hay que aclarar por ende que no es esta una visión de la economía que se extiende a otras áreas. Por el contrario, es una teoría del conocimiento, que a su vez fundamenta la teoría del orden espontáneo, la que se elabora desde un caso particular de la misma: la economía. Por eso subrayamos “en ocasión de”, en contraposición a “como causa de”.

Qué es el orden espontáneo (o.e.) en Hayek? El da algunas definiciones in abstracto, pero son siempre después de analizar casos concretos de o.e. En general, podríamos decir que cuando una serie de interacciones sociales lleva a un estado de cosas tal que hubiera sido imposible de planear por sólo un ser humano, estamos en un caso de espontaneidad de orden social. Para Hayek esto es básico de procesos como la moneda, el mercado, el lenguaje, la ley entendida como common law…. Y estos procesos no presuponen de ningún modo la noción de finalidad, porque “fin”, para Hayek, hace referencia a una inteligencia que planifique, lo cual es contrario a la espontaneidad del orden de estos procesos.

Estos procesos suponen un conocimiento muy limitado, tanto por parte de quienes participan en él, como por parte de quienes los estudian, como por parte de quienes intenten planificarlos. Podríamos decir entonces que el o.e. en Hayek presupone “fuertes” premisas de teoría del conocimiento. Esas premisas no son, en nuestra interpretación, un caso más de o.e., sino aquello que está presupuesto. Esto es, sobre la base del conocimiento muy limitado y disperso de quienes participan en los procesos sociales, surge la pregunta de cómo es posible algún resultado que no sea el completo caos. El o.e. es también, en ese sentido, la respuesta a esa pregunta.

El autor que más influye en esos presupuestos gnoseológicos es, en nuestra opinión, Kant, interpretado de modo tal que podríamos hablar en Hayek de un neokantismo “sui generis”. De algún modo Hayek advierte en todos nosotros ciertas pautas de comportamiento, en lo social, no aprendidas, abstractas, previas a todo contenido concreto de experiencia, que son de algún modo “a priori”. Eso explica por qué el o.e. no presupone un aprendizaje específico: al contrario, la capacidad de aprendizaje, limitada, pero contrapuesta a nuestra ignorancia total, es innata al hombre, y explica órdenes sociales dinámicos que se van “armando” solos.

De aquí en más, no es del todo difícil articular tres planos en los cuales esta idea básica se va desarrollando: el epistemológico (entendido como teoría de la ciencia); el económico y el filosófico-político. Estos planos no se van articulando en Hayek en orden sistemático o cronológico; son, al decir de Lakatos2, una “reconstrucción racional” del pensamiento de Hayek.

Nos vamos a dar el lujo de resumir dado que estos tres planos se irán analizando detenidamente a lo largo del curso. Por lo pronto vamos a tomar de ellos sólo lo indispensable a los fines de este punto.

Si el orden social es una concatenación de interacciones que va articulando espontáneamente un proceso, a lo largo del tiempo, y mediante una serie de tradiciones e instituciones, surge con relativa claridad que el científico de las ciencias sociales se encuentra como un pequeño átomo –idea después utilizada por Popper3– de una gran cadena cuyas características globales no puede visualizar “empíricamente”. Sólo puede “conjeturar a priori” el modelo general del orden en cuestión y predecir también a priori las consecuencias generales de ese orden (es eso lo que hace el economista de orientación austríaca cuando explica las características del proceso de mercado y afirma que tenderá a economizar los recursos). Esta idea básica, sobre la tarea de las ciencias sociales –de las cuales la economía es un caso en particular- está, como vemos, íntimamente ligada al o.e.: la tarea del científico social es explicar en cada caso los o.e. que entran en juego y utilizar luego una muy limitada capacidad de predicción general que podría ser contradicha por algún caso en particular. Es Popper quien había generalizado esto a todas las ciencias.

La aplicación para la teoría económica no podría ser más clara. El proceso de mercado es un o.e. Como tal, cualquier intento de planificación global lo des-ordenaría, paradójicamente, al des-articular algo clave en cualquier orden espontáneo: sistemas de información por medio de los cuales se sintetiza la poca información dispersa que hay. Y en economía, esos sintetizadores de información dispersa son los precios. Esto presupone dos cosas más. Un presupuesto institucional, la propiedad y la libre entrada, en cuyo seno los precios se forman, y un presupuesto antropológico: que habrá un aprendizaje, por parte de algunos, tal que compensará el conocimiento limitado. Por algo para Hayek el mercado es un proceso de descubrimiento.

La filosofía política de Hayek es la más difícil y desafiante en nuestra opinión, y paradójicamente la más difundida. Esas mismas instituciones donde el mercado y otros roles “circulan” son fruto de un o.e. Así, la propiedad, el common law, el gobierno limitado son fruto, podríamos decir, de otro o.e. Se entiende la oposición de Hayek a la democracia de Rousseau, o cualquier tipo de teoría de contrato social; se entiende su alineamiento dentro de la línea tradicionalista inglesa del liberalismo británico (Burke); su defensa de tradiciones sociales en competencia, pero se entienden a su vez las dificultades: sobre todo, la de aquellos liberales clásicos que afirman que el mercado y los derechos individuales resultan protegidos una vez que se ha “planificado” un pacto constitucional con arreglo a esos fines.

Dado este panorama general, qué podríamos decir sobre su relación con el c.c.? Coherentemente con lo que dijimos al principio, la relación de todo esto con el c.c. no tendría ser más que la relación que el c.c. tiene con un balance comercial. Esto es, ni sí ni no; en justicia los temas temporales son en sí opinables en relación a la Fe Católica, excepto que desde ésta se afirme que tal o cual cosa es contradictoria con esa Fe. Pero ese es el caso. Muchos católicos afirman que “Hayek”, así, en bloque, no es compatible con la Fe ni con la Doctrina Social de la Iglesia.

Entonces, como diría Sto. Tomás, hay que distinguir. Conviene hacer muchas distinciones.

En la medida que Kant sea incompatible con la armonía razón/fe del c.c., y en la medida que la teoría del conocimiento de Hayek sea kantiana, en esa medida ese aspecto del pensamiento de Hayek será incompatible con el c.c.

Reconocido esto, hay que decir, sin embargo, que la teoría del o.e. no es en sí misma neokantiana, por más que “hayekianos” y católicos piensen así (a favor unos, en contra otros). Una teoría del o.e. puede ser perfectamente compatible con la teoría de la causa final y con el realismo moderado de Sto Tomás, así también como con su teoría sobre la Providencia, que expone en la Suma Contra Gentiles4. Esa filosofía, a su vez, es perfectamente compatible con el c.c. Esto no implica, desde luego, que la teoría del o.e. se derive del pensamiento de Sto Tomás, sino que no se contradice con él, lo cual permite re-insertar a la teoría del o.e. de modo “no contradictorio” con el c.c.

Sigamos entonces nuestro planteo. Si el o.e. en Hayek tiene fuentes neokantianas, y esas fuentes llegan por ende a sus tres aplicaciones (epistemología, economía y filosofía política), entonces, una vez afirmado que el o.e. como tesis no se fundamenta necesariamente en Kant, se produce transitivamente toda una re-interpretación del pensamiento de Hayek que, sin traicionarlo, lo transforma de raíz. Una teoría del o.e. fundada en Tomás “bañará” de Sto Tomás también a sus tres aplicaciones básicas, lo cual implicará, a su vez, toda una aplicación contemporánea de tesis metafísicas de Tomás que éste ni soñaba en su tiempo.

Así, toda la epistemología de Hayek se mantiene a la vez enriquecida con una antropología filosófica que fundamenta perfectamente lo limitado del conocimiento humano; explica también su libre albedrío y da la clave de la inteligibilidad de la conducta humana en su espiritualidad, lo cual es la clave para la elaboración a priori de conjeturas sobre su conducta, depurado ese “a priori” de todo idealismo y convertido en una filosofía de la ciencia antipositivista correctamente fundada. Este tema es clave para el pensamiento católico actual, y no se ha visto lo importante que es Hayek para todo esto precisamente porque el problema de su agnosticismo metafísico neokantiano oscurece el panorama desde el principio.

De igual modo, la teoría del proceso de mercado no se deduce directamente del pensamiento de Tomás, pero sí puede presuponer perfectamente una antropología filosófica que nos habla de una persona corpóreo-espiritual, que consiguientemente tiene capacidad de aprendizaje pero limitadamente.

Por último, tampoco se deduce de Sto Tomás la teoría del common law espontáneo, pero no es contradictoria con la prudencia legislativa y la noción de derecho natural contenida en Sto Tomás. Que Hayek haya afirmado que su noción de ley no es compatible con un ordenador Providente no importa: en sí misma lo es, por más que Hayek lo haya negado.

Una enseñanza de todo esto es que cuando se reconstruye a un autor, su teoría en sí misma, como Popper diría, se independiza de él. Lo esencial de Hayek es “en sí” no contradictorio con una filosofía a su vez no contradictoria con la Fe Católica. Por ello no importa lo que Hayek y hayekianos piensen al respecto, pero tampoco importa lo que algunos católicos piensen al respecto, que ven sólo la cizaña sin separarla del trigo. Si no se hacen distinciones, todo el mundo moderno y contemporáneo es incompatible con la Fe Católica, porque pocas de las más grandes y nobles intuiciones de la modernidad fueron filosóficamente fundadas en una filosofía que pasara un examen que Ratzinger y Juan Pablo II pudieran exigir.

1 Ver Gallo, E.: “La tradición del orden social espontáneo: Adam Ferguson, David Hume y Adam Smith”, en Libertas (1987), Nro. 6, y, del mismo autor, “La ilustración escocesa”, en Estudios Públicos (1988), 30.

2 Lakatos, I.: La metodología de los programas de investigación científica [1968-69]; Alianza, Madrid, 1983.citar obra clásica de Lakatos

3 En La miseria del historicismo [1942]; Alianza, Madrid, 1973. Cap. IV.

4 Libro III, caps. 71 al 94.

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Punto de Vista Economico

AlberdiJuan Bautista Alberdi fue un actor fundamental en la conformación del estado argentino. No sólo fue fundamental en influenciar nuestra Constitución Nacional, sino que también dejó las Bases para que Argentina emprendiera un camino de desarrollo sostenido por varias décadas.

Me propongo en este artículo resumir su posición sobre distintos temas al sólo efecto de reintroducir sus “bases” en el debate moderno.

El gobierno debe limitarse a funciones esenciales

Bajo la estatolatría que nos rodea, el estado moderno ha asumido funciones que han distraído a los gobiernos de sus funciones esenciales. Se podrá decir que este es un fenómeno novedoso, que comienza en el siglo XX y se expande hacia comienzos del siglo XXI, pero Alberdi anticipó esta amenaza, como queda claro en las siguientes citas.

“Si los derechos civiles del hombre pudiesen mantenerse por sí mismos al abrigo de todo ataque, es decir, si nadie atentara contra nuestra vida…

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¿Es usted un malvado empresario?

Por Carroll Ríos de Rodríguez (blog personal)
23 de mayo de 2013 

¿Se siente culpable? ¿Lo han acusado de ser como Rico McPato, avaro y egoísta, o de ser uno de esos buscadores de rentas-mercantilistas, que usan los privilegios estatales para satisfacer sus intereses a costillas de los demás? ¡No todos encarnan estos estereotipos!

Por eso, considero una verdadera joya la publicación por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, La vocación del líder empresarial, una reflexión (septiembre, 2012). Conjuntamente con otras dos entidades, dicho consejo pontificio organizó un seminario para evaluar cómo deben vivir la caridad los empresarios, los profesionales y los profesores universitarios; allí consensuaron este texto.

El documento contiene cuatro enunciados poderosos: 1) el trabajo profesional es vocacional, 2) el trabajo nos hace cocreadores con Dios, 3) ponemos en práctica y promovemos las virtudes dentro del mercado y la empresa, y 4) la sociedad y el Estado deben apoyar a las empresas.

“La vocación del empresario es un genuino llamamiento humano y cristiano. Difícilmente puede sobreestimarse su importancia en la vida de la Iglesia y en el mundo económico”, leemos en el punto seis del documento. Dicho de otra forma, es camino de santidad un trabajo, un negocio o una profesión cuando se vive como vocación, con sentido cristiano.

Lo que es más, la creatividad y la innovación propias de la actividad empresarial continúan desarrollando y completando “la obra del Creador”. El proceso creativo genera riqueza, es un juego de suma positiva, que no perjudica a unos para elevar a otros (40). De allí que se deba organizar la producción para lograr nuevos avances científicos y nuevas tecnologías. 

“Las empresas tienen potencial para ser una gran fuerza de bien en cualquier sociedad” (9). Una empresa bien gestionada contribuye al bienestar material y espiritual de los empleados y sus familias, porque fomenta el ejercicio de las virtudes como la justicia, la disciplina, la sabiduría y la solidaridad. Cuando los mercados están estructurados con base en la libertad, la creatividad, la verdad y la fidelidad a los compromisos, los líderes empresariales sirven al prójimo y al bien común. 

“La Iglesia reconoce el papel legítimo de la ganancia como indicador del correcto funcionamiento de la empresa. Cuando una empresa obtiene beneficios, generalmente implica que los factores de producción han sido empleados de forma correcta y que las necesidades humanas han sido satisfechas de forma apropiada” (51).

¿Qué requiere una empresa de la sociedad y del Estado, según esta reflexión? La empresa florece en un entorno que garantice “el Estado de derecho, el derecho de propiedad, la competencia libre y abierta” (36). Es más, “cuando estos elementos del bien común están ausentes o no funcionan correctamente, las empresas sufren las consecuencias”. ¡Son elementos del bien común la propiedad y la competencia libre!

La vocación del líder empresarial amerita una lectura cuidadosa. Lo encontrará aquí

Raíces cristianas de la propiedad

Por Carroll Ríos de Rodríguez
Para Instituto Acton Argentina
8 de Agosto de 2012

El Dr. León Gómez Rivas, profesor de la historia del pensamiento económico y de ética en la Universidad Europea de Madrid (UEM), visitó Guatemala y habló sobre la visión de la propiedad privada de la Escuela de Salamanca. La defensa de la propiedad privada es toral a la defensa de la persona y su dignidad.

La Doctrina Social de la Iglesia sostiene, que si bien el destino de la creación es para todo el género humano, la repartición de los bienes en propiedad permite al hombre dar sustento a su vida y la de sus seres queridos. La solidaridad natural entre los hombres es posible gracias a la propiedad. Más aún, el Catecismo de la Iglesia explica que la “promoción del bien común exige el respeto a la propiedad privada”. (2403) No somos dueños absolutos, sino administradores de la providencia, y beneficiamos a otros haciendo fructificar los bienes en nuestro haber.

En Defending the Free Market, el Padre Robert Sirico explica que ser dueño es entrar en una particular relación, reconocida por los demás miembros de la comunidad, con una cosa o una idea. A través de esa relación, las personas aplicamos nuestra razón y creatividad, trabajamos, y descubrimos nuestra capacidad de trascendencia.

Los autores asociados a la Escuela de Salamanca eran herederos intelectuales de Santo
Tomás de Aquino, quien argumentó que la propiedad privada era una institución moralmente neutra. Sus seguidores sostenían que la propiedad privada contribuía al bienestar general porque fomentaba la actividad económica. Luis de Molina (1535-1600) afirmó, como Aristóteles, que se cuida mejor lo propio que lo que no tiene dueño. Según el Dr. Gómez, el defensor de los derechos de los indios, Diego de Covarrubias (1512-1577), argumentó que los indios debían disponer de sus tierras y dirigir su sociedad en tanto eran personas. Se opuso a la confiscación de sus bienes y la imposición de un gobierno foráneo en las Américas. Vemos cómo Covarrubias comprendió que era importante rescatar el derecho del goce de los frutos del trabajo. A su vez, Juan de Mariana (1536-1624) escribió que se debe resguardar el derecho de propiedad privada de la coerción del Estado y de la arbitrariedad de los tiranos.

De Mariana tenía razón en preocuparse por el acaparamiento estatal; pocas cosas han hecho más daño a la humanidad que el totalitarismo colectivista. Cuando una élite política poderosa ejerce la dueñez de todos los recursos disponibles a la sociedad, se despoja de dignidad a la persona. La redistribución socialista forzosa no es sinónimo de caridad cristiana.

En un entorno que respeta y garantiza el fundamental derecho de propiedad privada,
tienden a surgir una variedad de arreglos. Las personas se pueden asociar en empresas de varios tamaños y tipos e implantar diversos estilos para administrar los recursos escasos. Incluso algunas asociaciones de personas, como ciertas comunidades religiosas, pueden acordar voluntariamente la tenencia comunal de sus particulares bienes. Es hora que los creyentes le lavemos la cara a la noble y ancestral institución de la propiedad.