La insensatez de los que piden “salarios mínimos”

Si alguien de verdad quiere hacer daño a los más necesitados, a los que más problemas tienen para encontrar trabajo, sin duda una forma de asegurar que, como colectivo, no encontrarán el modo de llevar un ingreso a casa, uno tan pequeño que seguro que ni Ud. ni yo aceptaríamos, pero que en su caso puede ser la ayuda que tanto necesitan, es mediante una ley de salarios mínimos, y cuanto más alto sea este salario mínimo, más cruel y letal será la medida. 

Emplear a alguien, o no, es una decisión personal. Una decisión que tomamos en la medida en la que se pensemos que lo que nos puede aportar ese futuro empleado será más o al menos tanto como lo que tendremos que pagarle por su salario. Y esto no es capitalismo salvaje o egoísmo de mercados sin alma. Es la pura lógica de un comportamiento humano.

Si una familia hace cálculos y piensa que podría contratar una empleada del hogar por 500 euros al mes, pero aparece una ley de salarios mínimos que exige que debe cobrar al menos 800 euros, muy probablemente hay una persona necesitada que se acaba de quedar sin una de las pocas posibilidades que tenía de llevar un ingreso a casa, y en general la economía habrá perdido un puesto de trabajo. No es que esa familia este podría por la avaricia, es que esa familia, de acuerdo con sus circunstancias, ha valorado el servicio que le puede prestar esa empleada y no les compensa pagar 800 euros al mes. Ya encontrarán entre todos un apaño.

Es pura lógica humana, y nada que ver con un capitalismo desalmado. Si el salario que se le debe pagar a un tipo de trabajadores es más de lo que esos trabajadores le pueden aportar al posible empleador, no hay forma de conseguir que esos empleos se mantengan o siquiera que existan. La sociedad pierde esos puestos de trabajo y aumenta el drama social, sin que nadie diga nada, ante la satisfacción de los “bienintencionados” y la impotencia de los que necesitaban ese ingreso para seguir subsistiendo, aunque para Ud. o para mí ese ingreso nos parezca ridículo.

Exigir por ley salarios por encima de la productividad del trabajador destroza la parte baja y más vulnerable del mercado de trabajo. Esperar salarios por encima de la productividad del trabajador se debe enfocar no como un decreto lagal sino como una llamada a la lógica del don y a la economía de la gratuidad. No es infrecuente que empresas paguen por encima de su productividad a ciertos trabajadores ante dificultades familiares o personales. Pero esto no es la solución, solo un parche, y puede que un parche pequeño.

La única forma efectiva y duradera de asegurar salarios dignos, como a todos nos gustarían, es aumentando la productividad del trabajador, como la historia tozudamente nos demuestra. Una productividad mayor de los trabajadores que se consigue mediante inversiones acertadas en maquinaria, instalaciones, infraestructuras y, lo más importante de todo, mediante la mayor formación y experiencia laboral de los trabajadores.

Por supuesto, también hay quien aprovechándose de situaciones de ignorancia o necesidad abusa pagando escandalosamente por debajo de la productividad de los trabajadores. Como católicos y personas de buena voluntad no debemos dejar de identificar y denunciar estas situaciones de “usura” que impiden a los trabajadores recoger los justos frutos de su trabajo. «No explotarás al jornalero» (Dt 24,14); «Mirad: el salario que no habéis pagado a los jornaleros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Sant 5,4).

Pocos momentos son tan tristes como decirle o confirmarle a un niño sus sospechas sobre los Reyes Magos. Romper su mundo de fantasías donde los regalos llueven del cielo, donde solamente el deseo de que algo suceda, a condición de que ese deseo esté apoyado sobre un buen comportamiento, hace que lo que en cualquier otro día del año sería imposible, en la madrugada del 6 de enero se hace realidad.

Si pudiera, decretaría que todos tuviéramos un salario mínimo que nos permitiera satisfacer sin agobios nuestras necesidades personales y familiares, para escolarizar a nuestros hijos sin tener que forzarles a trabajar, y que nos asegurase una condición digna cuando por edad o enfermedad ya no pudiéramos trabajar más; un salario mínimo que también nos dejase espacio para lo personal, familiar y religioso. Pero esto no es algo que podamos conseguir en la madrugada del 6 de enero mediante un simple decreto legislativo.

No hay atajos ni intervenciones mágicas. Los salarios mínimos no se decretan, solo se consiguen con muchísimo esfuerzo aumentando la productividad de los trabajadores. Mientras, no cortemos las únicas posibilidades que muchos tienen de poder seguir adelante. La caridad empieza por aceptar la verdad.

Nota publicada originalmente en Religión en Libertad el 8 de Abril de 2014.

 

Pobreza, justicia y amor cristiano

Por Michael Matheson Miller

La preocupación por los pobres está en el corazón del cristianismo. San Juan Pablo II llamó a la pobreza uno de los mayores desafíos morales de nuestro tiempo, y hacer caso omiso de la difícil situación de los pobres tiene consecuencias para nuestras almas eternas.

El Papa Francisco trató a la pobreza en la Evangelii Gaudium: “Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera..”(# 54).

La consecuencia de la apatía frente al sufrimiento se ve claramente en la parábola de Lázaro y el hombre rico. En su comentario sobre este pasaje, san Agustín observa que no fue su gran riqueza los que envió el hombre rico al infierno, fue su indiferencia. A él simplemente no le importaba. Ignoró al hombre pobre.

El cuidado de los pobres no es simplemente una cuestión de caridad, es también una cuestión de justicia. Estamos llamados a ayudar a los pobres, pero, al mismo tiempo, no estamos llamados simplemente “hacer algo”. Tener un corazón para los pobres no es suficiente. También necesitamos una mente para los pobres. Nuestra caridad y justicia deben ser ordenados por la razón y orientados a la verdad.

El Papa Benedicto escribe en Caritas in Veritate: “Sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo”. (# 3).

Esto significa que nuestra caridad y nuestra hambre de justicia deben estar arraigadas en la virtud de la prudencia. El filósofo alemán Josef Pieper define la prudencia como ver al mundo tal y como es, y actuar en consecuencia. Esta es la razón por la que la prudencia a menudo se llama la madre de las virtudes, porque no podemos ser justos, valientes ni moderados, si no vemos el mundo tal como es y actuar de acuerdo con eso.

La prudencia es especialmente importante cuando tratamos de ayudar a los pobres. Santo Tomás de Aquino nos recuerda que la justicia puede ser destruida de dos maneras: no sólo por “el acto violento del hombre que posee el poder”, sino también por la “falsa prudencia del sabio”. La caridad imprudente puede en realidad aumentar la injusticia. A veces en realidad nuestra ayuda puede empeorar las cosas.

Hay muchos problemas con la forma en la que nos involucramos en los asuntos de la pobreza, tanto en los EEUU como en el extranjero, pero hay una cuestión filosófica subyacente que a menudo se olvida y es que hemos sustituido la caridad con el humanitarismo. ¿Cuál es la diferencia? El humanitarismo se centra principalmente en proporcionar comodidad y satisfacción a las necesidades materiales de la gente, pero esto es solo una pequeña parte de la caridad. El humanitarismo limita sus horizontes a lo material y, por lo tanto, no alcanza a la capacidad creativa, a la dignidad inherente, ni al destino eterno del hombre.

El humanitarismo es una visión secular y materialista vacía del amor cristiano. Es una mala copia. Sin embargo, incluso las organizaciones cristianas a menudo operan bajo un modelo humanitario. Como el Papa Francisco ha advertido, la Iglesia, se supone, no es sólo una entre muchas ONGs (organizaciones no gubernamentales).

La caridad, en cambio, viene de la palabra caritas en latín, o ágape en griego. La caridad es el amor cristiano. Amar es procurar por el bien del otro. Esto significa que mientras que las buenas obras y el cuidado de los pobres son una parte esencial de la caridad, no lo son todo.

Desear el bien del otro, en última instancia significa desarrollo y estímulo del florecimiento humano, manteniendo en mente al mismo tiempo el destino eterno de la persona. ¿Significa esto que la caridad cristiana no se preocupa por las necesidades materiales? Por supuesto que no, pero se da cuenta de que esto no es suficiente. La provisión de las necesidades materiales debe estar al servicio de la promoción de la prosperidad humana, ayudando a la persona a ser todo lo que Dios ha llamado a que sea.

Las ideas sí tienen consecuencias, y el cambio de humanitarismo de nuevo a una visión más rica y más humana del amor cristiano cambia la forma en la que nos involucramos con los pobres —no sólo como objetos de nuestra caridad, sino como sujetos y protagonistas de su propia historia de desarrollo.

También nos hace menos centrados en nosotros mismos y más centrados en las personas a las que estamos tratando de ayudar. El Papa Francisco nos ha exhortado a estar en las primeras filas con los pobres. Es hora de una revolución en la caridad —en pensamiento y en acción.

Nota

La traducción del articulo Poverty, Justice, and Christian Love publicado por el Acton Institute el 7 de mayo de 2014, es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural que sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.

La columna apareció primero en Legatus Magazine. Michael Matheson Miller es Investigador y Director de PovertyCure.

Libertad religiosa y económica: verdaderamente indivisibles

Por Samuel Gregg

Cualquiera que sea la forma en que la Corte Suprema de Estados Unidos se pronuncie sobre el caso Sebelius vs Hobby Lobby Stores, un hecho ha quedado muy claro. Estamos tardíamente dándonos cuenta de que las diferentes formas de libertad son más dependientes entre sí de lo que muchos han supuesto hasta ahora.

¿Quién hubiera pensado que la expansión del estado de bienestar en el disfraz de Obamacare —que, por definición, reduce significativamente la libertad económica— podría afectar directamente a la capacidad de los individuos y los grupos para conducir sus asuntos de acuerdo con sus profundas creencias religiosas? Esta, sin embargo, es precisamente la realidad que enfrentamos.

La mayoría de la gente está acostumbrada a pensar en la libertad religiosa como un requisito previo a la libertad política. Pero la libertad religiosa no sólo afecta a nuestro papel como ciudadanos en los asuntos públicos. La libertad religiosa se ​​refiere también a nuestra libertad para elegir en numerosos aspectos no políticos de nuestra vida, que van desde si asistimos a la iglesia en un día determinado de la semana, hasta lo que elegimos comprar.

Las restricciones injustas de la libertad religiosa con frecuencia se presentan como formas que limitan la capacidad de los miembros de las religiones particulares para participar plenamente en la vida pública. Los católicos en la Inglaterra de Isabel I y Jacobo I, por ejemplo, fueron despojados poco a poco de la mayoría de sus derechos civiles y políticos por causa de su negativa a cumplir con la Iglesia establecida.

El ataque a su libertad, sin embargo, fue más allá de esto. Tal vez aún más dañino fue el ataque a su libertad económica. Esto se produjo en forma de multas paralizantes con las que gobiernos con ingresos reducidos gravaban a los católicos recalcitrantes, por no hablar de las restricciones sobre la capacidad de los católicos para poseer y utilizar sus bienes como mejor les pareciera.

Muchas de esas leyes, los estadounidenses nunca debe olvidar, cruzaron el Atlántico. Aunque la colonia de Maryland fue fundada por católicos ingleses huyendo de la represión religiosa, finalmente prevalecieron leyes anti-católicas similares a las de Gran Bretaña. Como señaló el más famoso de los católicos de Maryland, Charles Carroll de Carrollton —el único católico que firmó la Declaración de la Independencia y el hombre más rico de las colonias americanas— los motivos económicos suelen estar detrás de ese acoso. “Los hombres egoístas”, escribió, “inventaron las condiciones religiosas para excluir de los puestos lucrativos y de confianza a sus compañeros más débiles o de mayor conciencia”.

En términos generales, los disidentes religiosos han demostrado ser muy hábiles para eludir esas restricciones. De hecho, hay cierta evidencia de que la limitación de la participación de un grupo religioso en la vida política a menudo se traduce en dedicar su talento al éxito económico. Consideremos, por ejemplo, el caso de los empresarios perennes: los cristianos árabes.

Hasta hace relativamente poco, los cristianos eran la comunidad religiosa más grande de Líbano. Durante siglos, comerciaron ampliamente con sus correligionarios en todo el Mediterráneo, facilitando así el intercambio comercial entre Oriente y Occidente. Además de la geografía, sin embargo, otra de las causas del éxito comercial cristiano de Oriente Medio bien pudo haber sido la situación jurídica de segunda clase impuesta por los conquistadores musulmanes del siglo séptimo en adelante.

En su Historia de los Pueblos Árabes, el fallecido Albert Hourani relata que los cristianos (mayoritariamente ortodoxos, católicos, o coptos) fueron obligados a llevar ropa especial que los identificara como no musulmanes. También se vieron obligados a pagar un impuesto especial, tenían prohibido portar armas y esporádicamente eran perseguidos. Hourani observa, sin embargo, que estas limitaciones empujaron a muchos cristianos a actividades comerciales. Eventualmente dominaron muchos ámbitos económicos, incluidos los buques mercantes y la banca.

Una historia similar puede contarse sobre el pueblo judío. En el pasado no tan reciente, ser judío significaba no poder participar en la política, ni servir en el ejército ni en la administración pública en el mundo cristiano y el islámico. Muchos judíos se quedaron por tanto con poco más que dedicarse a crear riqueza.

Una de las buenas noticias —y una prueba más de la indivisibilidad de la libertad— es la forma en la que las expansiones de la libertad económica pueden crear presiones para una mayor libertad religiosa. China continental es quizás el mejor ejemplo.

Durante los últimos treinta años, China ha adoptado una cierta libertad económica. Menos conocido es que en las provincias chinas autorizadas para liberalizar sus economías, millones de chinos han abrazado el cristianismo.

Esto no debería sorprendernos. Una vez que se otorga libertad en un área, es difícil impedir que la libertad se extienda a otras esferas. La libertad económica, por ejemplo, exige y alienta a la gente a pensar y elegir libremente. Sin esto, el espíritu empresarial es imposible. Es un reto, sin embargo, limitar la reflexión y la decisión a las cuestiones económicas. La gente empieza a hacer preguntas sociales, políticas, y, sí, preguntas religiosas. Y muchos chinos han decidido que el cristianismo es la respuesta a sus reflexiones religiosas.

Eso ha creado dilemas agudos para los gobernantes chinos. Por un lado, el régimen pretende valorar la contribución de los estrictos códigos morales de muchas religiones a la vida económica. El presidente Xi Jinping ha declarado públicamente que China está “perdiendo su brújula moral” y que las religiones chinas “tradicionales”, como el confucianismo y el taoísmo podrían “ayudar a llenar el vacío que ha permitido que la corrupción prospere”.

Pero el régimen también conoce que el cristianismo niega que el Estado pueda ejercer la autoridad religiosa sobre la iglesia. Tal afirmación es inaceptable para los actuales gobernantes de China. ¿Por qué? Porque implícitamente desafía el monopolio del poder de la élite gobernante. Por lo tanto vemos que el régimen persigue a los católicos que insisten en la fidelidad al Papa. En una de los más ricas provincias orientales de China, Zhejiang, se les está diciendo a las iglesias evangélicas que quiten sus cruces y amenazando con demoler sus edificios.

Con razón, como nos recuerdan los científicos sociales, la correlación no implica causalidad. El hecho, sin embargo, en esta económicamente exitosa y cada vez más cristiana provincia china, muchos predicadores evangélicos están diciendo a las autoridades que retrocedan, lo que nos muestra que una vez que el genio de la libertad ha salido de la lámpara, es difícil regresarlo a ella.

Evidentemente, la libertad religiosa no es todavía una realidad en China. Sin embargo, gracias en parte al azar de la liberalización del mercado en China, su florecimiento parece menos lejano. Sería tristemente irónico si nosotros, en Occidente —la cuna de la libertad religiosa— permitiéramos que el progresismo secular, socavando a la libertad económica, en el nombre de una igualdad imposible, redujera a una reliquia histórica la primera y más importante de nuestras libertades.

Nota

          La traducción del articulo Religious Freedom and Economic Liberty: Truly Indivisible publicado por el Acton Institute el 14 de mayo de 2014, es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural que sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.

            Este artículo apareció originalmente en The American Spectator