Asignación pan de manteca para mi bebé

Por Jaime Martin Grondona
Junio de 2013

Frédéric Bastiat en 1850 dijo: “En la esfera económica, un acto, una costumbre, una institución, una ley no engendran un solo efecto, sino una serie de ellos. De estos efectos, el primero es sólo el más inmediato; se manifiesta simultáneamente con la causa, se ve. Los otros aparecen sucesivamente, no se ven; bastante es si los prevemos. Toda la diferencia entre un mal y un buen economista es ésta: uno se limita al efecto visible; el otro tiene en cuenta el efecto que se ve y los que hay que prever.

Pero esta diferencia es enorme, ya que casi siempre sucede que, cuando la consecuencia inmediata es favorable, las consecuencias ulteriores son funestas, y vice versa. — Así, el mal economista persigue un beneficio inmediato que será seguido de un gran mal en el futuro, mientras que el verdadero economista persigue un gran bien para el futuro, aun a riesgo de un pequeño mal presente.”

Una vez escuché la historia de un médico pediatra que aconsejaba a los padres darle a sus bebes un pan de manteca al día disuelto en sus mamaderas. Él sostenía que los bebés necesitan 1000 calorías diarias, y les estaba dando eso en un sencillo y práctico pan de manteca. El trágico resultado fue la muerte de esos chiquitos. Obviamente la justicia se encargó de aplicar una sentencia adecuada al médico por ignorar cosas que no podía ignorar.

Esta fatalidad pasa a diario en la política. Pero a diferencia del mundo de la medicina, aquí no existe nunca la condena por ignorancia culpable o mala praxis. Claro, a fin de cuentas, es muy difícil probar que un chico murió de hambre a causa de tal o cual medida económica o política.

Les cambio de tema, o no. Hablemos de la Asignación por embarazo para la protección social. ¿Qué es? un ingreso que protege a las madres en estado de vulnerabilidad para que puedan llevar adelante su embarazo cuidando su salud y la de su bebé. ¿A quién le corresponde? A las mujeres desde la semana 12 de gestación hasta el nacimiento o la interrupción del embarazo, que estén desocupadas; sean monotributistas sociales sin ninguna prestación contributiva o no contributiva; se desempeñen en la economía informal o en el servicio doméstico y perciban un ingreso igual o inferior al salario mínimo vital y móvil.

Mucha gente pro-vida festejó en 2011 la sanción de esta Asignación. A primera vista no es para menos ¿O acaso no desalienta el aborto? Por ley el estado se ocupa de dar plata a la embarazada que en su paupérrima situación puede querer incurrir en aborto. Aparte, de una u otra forma, si le ponemos ganas podemos leerla como una extensión de la Asignación Universal por Hijo. Por lo tanto, da un argumento para decirle a los políticos que la votaron: ¡Hey, vos aprobaste una Asignación que reconocía que el niño por nacer es una persona! No puedes ahora avalar una ley que promueva el aborto.

Les dejo algunos testimonios de mujeres que recibieron la Asignación: “Me embaracé porque así puedo tener un sueldo porque soy menor y nadie me da trabajo. Embarazada me van a pagar en la ANSES y mi mamá ya está haciendo los trámites, ella ya cobra por mí”. “Prefiero estar embarazada a ir a trabajar de empleada”, “Cobraba la beca porque antes repetía mucho en la escuela, pero después se cortó y ya no me pagan, ahora con mi bebé voy a poder cobrar otra vez”

Cuidado, la banalización e instrumentalización del embarazo es un paso previo a la aceptación del aborto. A fin de cuentas, quien se queda embarazada para cobrar un plan, fácilmente se las arreglará para desembarazarse si hay una mejor oportunidad.

Todas estas medidas, aun miradas con los ojos más benevolentes, no son más que paliativos para disminuir el sufrimiento del marginado. Eso es muy noble, salvo si son los paliativos los causantes de la marginación. Por eso es un imperativo de conciencia que nos preguntemos con Bastiat ¿cuáles son los efectos que no vemos? ¿Cuántos bienes como alimentos, vestido y vivienda no pueden producir los argentinos por hacer frente a la presión tributaria? ¿Cuántos puestos de trabajo no existen porque los empleadores deben financiar los subsidios en vez de pagar un sueldo?

¿Cuál es el camino para estas mujeres marginadas? No lo sé, pero sería muy triste tener que concluir que, plagado de buenas intenciones, el estado se convirtió en un padre déspota que embaraza a sus mujeres y les deja cómo único recurso de subsistencia depender de él.

Guerra contra las mujeres

Por Elise Hilton

Con más de una docena de mujeres sonrientes mirando sobre su hombro en el Salón Este de la Casa Blanca, el 8 de abril el presidente Obama firmó una proclamación en apoyo al Día Nacional de la Igualdad Salarial. El presidente dijo que estaba trabajando para prevenir la discriminación en el trabajo y ayudar a los trabajadores a tomar el control sobre las negociaciones relativas a su remuneración.

“Mi gobierno sigue dedicado a la mejora de nuestras leyes de igualdad de remuneración y al cierre de la brecha salarial entre mujeres y hombres”, dijo Obama en la proclamación. “A partir de la firma de la Ley Lilly Ledbetter de Pago Justo para establecer el Grupo de Trabajo para la Igualdad de Pago, he fortalecido la protección contra la discriminación salarial y reprimido violaciones de las leyes de igualdad de remuneración”.

Algunos se apresuraron a señalar que el gobierno de Obama no respeta su propio estándar. De acuerdo con el American Enterprise Institute, el personal femenino de la Casa Blanca gana 22 centavos menos que sus homólogos masculinos. Eso tiene un nombre, “hipocresía”.

La cuestión de igualdad salarial está llena de mitos. La Casa Blanca y los medios de comunicación les encanta citar el “hecho” de que las mujeres ganan 23 centavos menos por hora que los hombres. Sin embargo, la Oficina de Estadísticas Laborales dice que la diferencia es de sólo 19 centavos de dólar. Para los asalariados por hora, la brecha se reduce a 14 centavos de dólar. En el momento de empezar a comparar salarios entre trabajadores con educación universitaria, no hay en absoluto prácticamente ninguna disparidad salarial.

¿De qué se trata? ¿Realmente las mujeres ganan menos que los hombres por hacer el mismo trabajo? Si es así, ¿cuánto menos? ¿O es simplemente un truco del gobierno para aprobar más leyes, en concreto, la Ley de Equidad de Nómina?

Hay matices en la ilusión de la igualdad de retribución que escapan tanto a la Casa Blanca como a la prensa. Vamos a tomar una pareja ficticia, Kay y Ken. Se conocen en la universidad, los dos estudian docencia, con el plan de convertirse en maestros de escuelas secundarias. Se casan y comienzan sus carreras. A los tres años de su matrimonio, tienen una hija. Deciden que Kay se quede en casa con la pequeña Kayleigh hasta que tenga edad suficiente para comenzar el jardín de infantes. (Me doy cuenta de que todo esto es terriblemente tradicional y pintoresco y por lo tanto va a ofender a mucha gente, pero concédame un momento, estoy demostrando un punto.)

Ken continúa siendo profesor y obtiene su maestría. Cuando Kay comienza a enseñar de nuevo, ¿deberá pagársele el mismo salario exacto que su marido, a pesar de que ella ha estado fuera del mercado de trabajo durante cinco años, y no tiene un grado avanzado? Por supuesto que no.

Digamos que ahora Kay obtiene su maestría también. Sin embargo, ella es también la que sale de la escuela al final del día para recoger a Kayleigh, mientras que Ken se queda para entrenar al club de ajedrez y los atletas de matemáticas. ¿Debe su paga reflejar sus funciones adicionales? Por supuesto.

Los presidentes estadounidenses han estado jugando el juego de la remuneración igual durante más de 50 años. En 1963, el presidente Kennedy firmó la Ley de Igualdad Salarial, la que, dijo, prohibe “la discriminación arbitraria contra la mujer en el pago de salarios”. Avancemos rápido hasta 2009, cuando el presidente Obama firmó su primera pieza de legislación —la Ley Lilly Ledbetter de Pago Justo. Ya es la ley por la que las personas —mujeres, hombres, blancos, hispanos, etc— deben recibir el mismo salario por el mismo trabajo. ¿Cuál es el punto de una proclamación presidencial y las nuevas leyes?

Katie Packer Gage es socia de Burning Glass Consulting, una firma de consultoría del GOP. Ella sostiene que no necesitamos una nueva legislación para cada disparidad en los lugares de trabajo, sobre todo cuando se trata de salarios. Tenemos un montón de leyes en los libros ahora. “La igualdad de retribución” es un cómodo grito de guerra que ayuda a disimular el hecho de que casi 8 millones de mujeres siguen desempleadas (y que el desempleo ha empeorado bajo la administración Obama). Esas mujeres no están preocupadas por la igualdad salarial; están preocupadas por el pago del alquiler y el tener comida en la mesa. Quieren un trabajo.

Por supuesto, la Casa Blanca tiene una respuesta a eso también y no es la creación de empleo. Es más leyes, programas, ayudas y paternalismo. Por un lado, el gobierno quiere que todos sepan que las mujeres son iguales. Por otro lado, el gobierno quiere envolver a las mujeres en programas burocráticos desde el nacimiento hasta la muerte: la guardería subvencionada, Head Start, SNAP, anticonceptivos gratis, Medicare, Medicaid, etc. En el más reciente Informe Shriver, Maria Shriver dijo esto:

Millones de ellas [mujeres] son proveedores que no tienen pareja, siendo invisibles para un gobierno que no tiene políticas y prácticas que puedan ayudar a apoyarlas y fortalecerlas en sus múltiples roles.

Sólo para que quede claro: las mujeres son increíbles. Fuertes. Inteligentes. Independientes. Capaces de grandes cosas. Malabaristas expertas de muchos papeles. Iguales a cualquier hombre.

¿Y somos capaces de hacer todo esto porque el gobierno está ahí, para “apoyarnos y fortalecernos”?

Las mujeres están al mismo nivel que los hombres, sin importar cuál es el trabajo que hace uno u otro; la igualdad no es otorgada por el gobierno. En el marco de un entendimiento judeo-cristiano, la igualdad no tiene nada que ver con los cheques de pago, y todo que ver con el ser hecho a imagen y semejanza de Dios, y eso va para cualquier género. La fortaleza de una mujer no está en su puesto de trabajo, su sueldo, ya sea que ella trabaje o quede en casa. El beato Juan Pablo II:

La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer —sobre todo en razón de su femineidad— y ello decide principalmente su vocación.

La mujer es fuerte por la conciencia de esta entrega, es fuerte por el hecho de que Dios «le confía el hombre», siempre y en cualquier caso, incluso en las condiciones de discriminación social en las que pueda encontrarse. Esta conciencia y esta vocación fundamental hablan a la mujer de la dignidad que recibe de parte de Dios mismo, y todo ello la hace «fuerte» y la reafirma en su vocación”.

Esta es la verdadera guerra contra la mujer: la visión sistemática de las mujeres como víctimas de la opresión, donde la única oportunidad de éxito es un gobierno paternalista creando programas, leyes y supervisión para asegurarse de que las mujeres sean nunca, jamás tratadas injustamente. La igualdad es así concedida por la ley humana, no por la ley natural.

Eso no es igualdad. Eso es paternalismo e hipocresía. Las mujeres fuertes, inteligentes, independientes se dan cuenta de eso.

Nota

La traducción del articulo War on Women: Hypocrisy and Paternalism under the Guise of Equality publicado por el Acton Institute el 16 abril de 2014, es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural, y que sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.

Dinero justo

 

Por Samuel Gregg

Dinero: está a veces en la mente de todos. En los últimos años, sin embargo, muchos han sugerido que hay algunos problemas fundamentales con la forma en la que el dinero funciona actualmente en nuestras economías.

A nadie negaría seriamente la capacidad única de dinero para servir al mismo tiempo como un medio de cambio, una medida y reserva de valor y un medio de cálculo. Sin embargo, personas que van desde el senador Rand Paul (quien es muy crítico de la Reserva Federal), al Papa Francisco (quien ha denunciado lo que él llama “el culto al dinero”) y al francés François Hollande (que una vez describió a “las grandes finanzas” como su “mayor adversario”), han expresado reservas profundas sobre el funcionamiento actual de los sistemas monetarios del mundo, tanto extranjeros como nacionales.

Algunas censuras se centran en los efectos económicos observables de opciones particulares de política monetaria. Por ejemplo, no hay escasez de comentaristas que creen que la decisión de la Reserva Federal de Greenspan para mantener la reducción de la tasa de fondos federales de destino durante cinco años después del estallido de la burbuja de las punto-com y el 11 de septiembre, contribuyó al exceso de dinero que alimentó la burbuja del mercado de la vivienda. Otras preocupaciones parecen tener más que ver con las preocupaciones sobre la codicia en sí misma que con los puntos más finos de la banca central.

A menudo, sin embargo, falta en estas discusiones la reflexión sobre las formas más sutiles en que el tratamiento del dinero y la política monetaria de los gobiernos y los bancos centrales puede socavar la justicia. Un ejemplo obvio son los casos en los que los bancos centrales parecen desviarse fuera de los límites de sus estatutos definidos. En febrero, por ejemplo, el Tribunal Constitucional Federal de Alemania dictaminó que el programa del Banco Central Europeo para la compra de bonos soberanos en los mercados secundarios fue muy probablemente un intento de eludir la prohibición general de la legislación de la UE contra la financiación directa de los gobiernos por parte del BCE.

Siempre es problemático, por decir lo menos, que cualquier institución estatal se comporte de manera extra-legal. A veces, sin embargo, incluso la conducta perfectamente legal de la política monetaria, ya sea por los bancos centrales independientes o por los bancos centrales que operan bajo ataduras políticas estrechas, plantea muchas preguntas que no tienen tanto que ver con la justicia como con su impacto en la vida económica. Tomemos, por ejemplo, la elección aparentemente benigna de los gobiernos y los bancos centrales para seguir una política estable de inflación baja, que a menudo se expresa en términos de metas anuales de inflación de, por ejemplo, 2%.

Un argumento a favor de este tipo de políticas es que ayudan a ofrecer un pequeño estímulo permanente para el empleo de corto a mediano plazo sin que el genio malévolo de la inflación salga de la botella. Esta idea puede rastrearse a la Teoría General de John Maynard Keynes, pero aún más atrás al financiero franco-escocés del siglo 18 John Law. Este último insistió en que “la adición de dinero empleará a las personas que ahora están inactivas”. Vale la pena señalar que los planes de creación de dinero de Law contribuyeron a la famosa burbuja de Mississippi que llevó a Francia al borde del desastre financiero en 1720.

Los beneficios de corto plazo —pero también los problemas de largo plazo— asociados con estos enfoques del dinero se han conocido por varios siglos. En su Tratado sobre la Alteración del Dinero, de 1597, el teólogo jesuita del siglo XVI Juan de Mariana afirmó que el equivalente de las políticas inflacionarias de su tiempo —degradación de la moneda— era “como la bebida dada indebidamente a la persona enferma, lo que primero la refresca, pero más tarde provoca accidentes más graves y hace que empeore la enfermedad”.

Ciertamente, Mariana observó que la depreciación puede estimular temporalmente la producción y aligerar la carga de la deuda. Sin embargo, Mariana también mantuvo, que ciertamente resultaría en aumentos inflacionarios de precios y socavaría la productividad comercial a medida que más gente distrajera su atención de la innovación en la economía real hacia el tipo equivocado de especulación financiera. En su propia vida, Mariana fue testigo de no menos de cinco bancarrotas estatales oficiales (1557, 1560, 1575, 1596 y 1607) de su país natal, España, ninguna de las cuales fue evitada por las devaluaciones sucesivas realizadas por Felipe II y su sucesor Felipe III.

Mirando el presente, incluso pequeños niveles de inflación ayudan a los gobiernos —y a otros deudores— a reducir el valor real de sus deudas. Si, por ejemplo, un gobierno asume la deuda en forma de emisiones de bonos, pero también insiste en el mantenimiento de bajas tasas de interés y programas de gastos grandes, el efecto inflacionario será reducir el valor real de los bonos. Un análisis de 2012 sugirió que esto fue, precisamente, el camino elegido conscientemente por los sucesivos gobiernos británicos después de 1945 para hacer frente a la enorme carga de la deuda asumida por el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial. Como resultado, hacia 1970 cerca de 80% de la reducción de la deuda de Gran Bretaña después de la guerra fue resultado de la inflación.

Hay, sin embargo, un precio que pagar por esto, y va más allá de las cuestiones de la pérdida financiera en bruto. Un grupo de perdedores es el de los que ahorran su dinero. Entre 2009 y 2012, por ejemplo, los ahorradores británicos perdieron un promedio de 11% del poder adquisitivo de sus ahorros a causa de este tipo de políticas. Es difícil ver cómo podría ser esto justo.

Otro grupo de perdedores con la inflación, incluso de bajos niveles como meta de los bancos centrales, son aquellos con ingresos fijos. La inflación, por ejemplo, debilita el poder adquisitivo de las pensiones no indizadas. Del mismo modo, un trabajador asalariado que recibe un aumento salarial del 3% en un año determinado encuentra que el valor de su aumento de sueldo se ha reducido a la mitad por una tasa de inflación tan baja como 1.5% en el mismo año. En el mediano y largo plazo, esto hace que sea difícil para estos grupos de ingresos mantener (por no hablar de aumentar) el poder adquisitivo de sus salarios. Tampoco están estas personas por lo general en condiciones de invertir en el mercado de valores y al menos mantener el ritmo de la inflación.

Agravando esta situación, las mismas políticas fortalecen la posición económica de los que tienen la perspicacia financiera y recursos para navegar por los cambios resultantes y/o pueden beneficiarse de su mayor proximidad a la oferta de dinero. Discutiblemente, esto lleva a los bancos centrales al ámbito de la política fiscal, en la medida en la que esta última se refiere a la distribución de la renta, el capital y las oportunidades económicas de maneras que ayudan a grupos particulares. En consecuencia, no sólo terminamos con una difuminación gradual de la política monetaria y fiscal (que a menudo es constitucionalmente cuestionable), también vemos una asignación difícil de justificar de los recursos de los no tan ricos hacia los que ya son ricos.

En este contexto, cabe señalar que no es necesario ser un teórico de la conspiración o activista de Occupy Wall Street para preocuparse por la puerta giratoria que existe entre algunos sectores de la industria financiera y de los altos cargos de bancos centrales con los departamentos de finanzas públicas. Por supuesto, no es de extrañar que las personas con experiencia financiera significativa del sector privado sean reclutados para el servicio público en las tesorerías del mundo o de los bancos centrales, y viceversa. Tampoco hay que presuponer impropiedad simple. Eso sería injusto. Sin embargo, no debe subestimarse la muy real posibilidad de que las tendencias capitalistas de camarilla (crony capitalism) se desarrollen en la conducción de la política monetaria, y el capitalismo de amigos es, por definición, injusto y corrupto.

Más allá de estas cuestiones particulares, las preguntas de rendición de cuentas también figuran en la respuesta de los bancos centrales a las crisis financieras. En 2008 y 2009, por ejemplo, las incursiones de la Reserva Federal en la flexibilización cuantitativa por medio de la compra de deuda bancaria, valores respaldados por hipotecas y títulos de deuda del gobierno de Estados Unidos eran en parte sobre el rescate de muchas instituciones financieras fuertemente endeudadas. La defensa más común de este tipo de decisiones fue que se impidió el colapso generalizado de un sistema financiero excesivamente endeudado. Si este hubiera sido el caso, nunca lo sabremos con certeza. Lo que sí sabemos es que muchas instituciones fueron posteriormente capaces de evitar la responsabilidad de las decisiones que los llevaron al borde de la quiebra y, a menudo más allá. También podemos suponer razonablemente que las mismas decisiones de la Reserva Federal y otros bancos centrales reforzaron el problema de riesgo moral que alienta a las instituciones financieras para llevar a cabo ventures excesivamente arriesgados en primer lugar.

La evasión de la responsabilidad, permitida por la política monetaria, también se extiende a los gobiernos que son poco entusiastas del cumplimiento de su responsabilidad para tomar decisiones necesarias pero impopulares para promover el bien común. La capacidad de gestión de la oferta de dinero crea una enorme tentación para que los gobiernos traten de manipularla (ya sea directamente o apoyándose en los bancos centrales) de manera que favorezcan los objetivos a corto plazo, tales como su reelección. Muchos gobiernos, gustan de las políticas de dinero fácil. Un alza rápida de los niveles de empleo a través de una disminución de las tasas de interés, por ejemplo, puede desviar la atención del fracaso de los gobiernos para hacer frente a obstáculos profundos, más difíciles de superar que el crecimiento y el aumento del empleo, como los aranceles, los mercados laborales inflexibles y arreglos capitalistas de camarilla.

Esto no quiere decir que cualquier persona es capaz de establecer un equilibrio perfecto entre el valor del dinero y la oferta y demanda de bienes y servicios. Alguna fricción es inevitable, sobre todo debido a desfases en la formación de los precios. Es muy posible que la constancia en el poder adquisitivo promedio de una determinada divisa es lo más a lo que podemos aspirar.

Pero quizás el mayor problema de largo plazo con respecto a nuestros actuales desafíos de dinero es que la seria reforma monetaria requiere de personas más allá de los mundos de las finanzas y la política para comprender las cuestiones en juego. Esto es especialmente cierto en los sistemas democráticos. En su tratado monetario, Mariana escribió que si el dinero es manipulado “sin el consentimiento del pueblo, es injusto”. Luego agregó de inmediato, sin embargo, que “si se hace con su consentimiento, es en muchos aspectos fatal”.

El punto de Mariana era que si una sociedad, en lugar de sólo sus gobernantes, comienza a considerar a la manipulación de fondos como un antídoto a lo desafíos contemporáneos, sin importar los efectos de largo plazo, entonces un tipo de veneno económico comenzará a infiltrarse a través del cuerpo político. El mundo del jesuita español, en el que las monedas metálicas y una mucho más limitada rendición de cuentas prevalecieron, parece muy alejado del nuestro. Sin embargo, la lógica fundamental sigue siendo: una ciudadanía que no se preocupa por la politización de la oferta de dinero no es probable que sea una ciudadanía inclinada a mirar más allá de su propio interés de corto plazo.

El tales circunstancias, la justicia y el bien común parecerían ya no tener oportunidad —al menos en la economía.

Nota

La traducción del articulo Just Money publicado por el Acton Institute el 9 de abril de 2014, es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural que sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.

Fue originalmente publicado en Public Discurse.

 

 

Hayek, el cristianismo y el esquema global de su pensamiento

Por Gabriel J. Zanotti

De Introducción filosófica al pensamiento de Hayek (UFM/Unión Editorial, 2003), cap. 1.

El tema de Hayek y el cristianismo es muy delicado por la gran cantidad de cuestiones involucradas. En primer lugar debe decirse que este tema puede ser abordado desde muchos puntos de vista y objetivos. El nuestro es mostrar dónde puede haber choques entre “el/los” planteo/s de Hayek con el cristianismo católico y dónde no. El “dónde no” deja abierta una posibilidad de diálogo de tipo no clerical. Esto es, allí donde el pensamiento de Hayek no se contradiga con el cristianismo católico (cc), ello no implica que ese punto se pueda afirmar desde el cc. Alguien puede ser partidario de la teoría del ciclo de Hayek, no contradecirse por ello con el cc y ello no implica que dicha teoría se “infiere” del cc.

En segundo lugar debe aclararse cuál es el eje central de nuestra interpretación de Hayek.

Para nosotros hay un tema que se extiende a lo largo de todos los planteos de Hayek. Dicho tema es su tesis de orden espontáneo (que reelabora a su vez de la escuela escocesa –Smith, Ferguson, Hume-)1. En ocasión del debate sobre el cálculo económico, Hayek elabora con relativa claridad una teoría del mercado como proceso espontáneo que, al distinguirse claramente del modelo de competencia perfecta, comienza a diferenciar por primera vez, desde un punto de vista retrospectivo, a la escuela austríaca de otro modelos neoclásicos. Lentamente, sin tenerlo deliberadamente pensado –conjeturamos- Hayek comienza a tener una consmovisión general de otros temas en función de esa “espontaneidad” que había descubierto en ocasión de la teoría económica.

Hay que aclarar por ende que no es esta una visión de la economía que se extiende a otras áreas. Por el contrario, es una teoría del conocimiento, que a su vez fundamenta la teoría del orden espontáneo, la que se elabora desde un caso particular de la misma: la economía. Por eso subrayamos “en ocasión de”, en contraposición a “como causa de”.

Qué es el orden espontáneo (o.e.) en Hayek? El da algunas definiciones in abstracto, pero son siempre después de analizar casos concretos de o.e. En general, podríamos decir que cuando una serie de interacciones sociales lleva a un estado de cosas tal que hubiera sido imposible de planear por sólo un ser humano, estamos en un caso de espontaneidad de orden social. Para Hayek esto es básico de procesos como la moneda, el mercado, el lenguaje, la ley entendida como common law…. Y estos procesos no presuponen de ningún modo la noción de finalidad, porque “fin”, para Hayek, hace referencia a una inteligencia que planifique, lo cual es contrario a la espontaneidad del orden de estos procesos.

Estos procesos suponen un conocimiento muy limitado, tanto por parte de quienes participan en él, como por parte de quienes los estudian, como por parte de quienes intenten planificarlos. Podríamos decir entonces que el o.e. en Hayek presupone “fuertes” premisas de teoría del conocimiento. Esas premisas no son, en nuestra interpretación, un caso más de o.e., sino aquello que está presupuesto. Esto es, sobre la base del conocimiento muy limitado y disperso de quienes participan en los procesos sociales, surge la pregunta de cómo es posible algún resultado que no sea el completo caos. El o.e. es también, en ese sentido, la respuesta a esa pregunta.

El autor que más influye en esos presupuestos gnoseológicos es, en nuestra opinión, Kant, interpretado de modo tal que podríamos hablar en Hayek de un neokantismo “sui generis”. De algún modo Hayek advierte en todos nosotros ciertas pautas de comportamiento, en lo social, no aprendidas, abstractas, previas a todo contenido concreto de experiencia, que son de algún modo “a priori”. Eso explica por qué el o.e. no presupone un aprendizaje específico: al contrario, la capacidad de aprendizaje, limitada, pero contrapuesta a nuestra ignorancia total, es innata al hombre, y explica órdenes sociales dinámicos que se van “armando” solos.

De aquí en más, no es del todo difícil articular tres planos en los cuales esta idea básica se va desarrollando: el epistemológico (entendido como teoría de la ciencia); el económico y el filosófico-político. Estos planos no se van articulando en Hayek en orden sistemático o cronológico; son, al decir de Lakatos2, una “reconstrucción racional” del pensamiento de Hayek.

Nos vamos a dar el lujo de resumir dado que estos tres planos se irán analizando detenidamente a lo largo del curso. Por lo pronto vamos a tomar de ellos sólo lo indispensable a los fines de este punto.

Si el orden social es una concatenación de interacciones que va articulando espontáneamente un proceso, a lo largo del tiempo, y mediante una serie de tradiciones e instituciones, surge con relativa claridad que el científico de las ciencias sociales se encuentra como un pequeño átomo –idea después utilizada por Popper3– de una gran cadena cuyas características globales no puede visualizar “empíricamente”. Sólo puede “conjeturar a priori” el modelo general del orden en cuestión y predecir también a priori las consecuencias generales de ese orden (es eso lo que hace el economista de orientación austríaca cuando explica las características del proceso de mercado y afirma que tenderá a economizar los recursos). Esta idea básica, sobre la tarea de las ciencias sociales –de las cuales la economía es un caso en particular- está, como vemos, íntimamente ligada al o.e.: la tarea del científico social es explicar en cada caso los o.e. que entran en juego y utilizar luego una muy limitada capacidad de predicción general que podría ser contradicha por algún caso en particular. Es Popper quien había generalizado esto a todas las ciencias.

La aplicación para la teoría económica no podría ser más clara. El proceso de mercado es un o.e. Como tal, cualquier intento de planificación global lo des-ordenaría, paradójicamente, al des-articular algo clave en cualquier orden espontáneo: sistemas de información por medio de los cuales se sintetiza la poca información dispersa que hay. Y en economía, esos sintetizadores de información dispersa son los precios. Esto presupone dos cosas más. Un presupuesto institucional, la propiedad y la libre entrada, en cuyo seno los precios se forman, y un presupuesto antropológico: que habrá un aprendizaje, por parte de algunos, tal que compensará el conocimiento limitado. Por algo para Hayek el mercado es un proceso de descubrimiento.

La filosofía política de Hayek es la más difícil y desafiante en nuestra opinión, y paradójicamente la más difundida. Esas mismas instituciones donde el mercado y otros roles “circulan” son fruto de un o.e. Así, la propiedad, el common law, el gobierno limitado son fruto, podríamos decir, de otro o.e. Se entiende la oposición de Hayek a la democracia de Rousseau, o cualquier tipo de teoría de contrato social; se entiende su alineamiento dentro de la línea tradicionalista inglesa del liberalismo británico (Burke); su defensa de tradiciones sociales en competencia, pero se entienden a su vez las dificultades: sobre todo, la de aquellos liberales clásicos que afirman que el mercado y los derechos individuales resultan protegidos una vez que se ha “planificado” un pacto constitucional con arreglo a esos fines.

Dado este panorama general, qué podríamos decir sobre su relación con el c.c.? Coherentemente con lo que dijimos al principio, la relación de todo esto con el c.c. no tendría ser más que la relación que el c.c. tiene con un balance comercial. Esto es, ni sí ni no; en justicia los temas temporales son en sí opinables en relación a la Fe Católica, excepto que desde ésta se afirme que tal o cual cosa es contradictoria con esa Fe. Pero ese es el caso. Muchos católicos afirman que “Hayek”, así, en bloque, no es compatible con la Fe ni con la Doctrina Social de la Iglesia.

Entonces, como diría Sto. Tomás, hay que distinguir. Conviene hacer muchas distinciones.

En la medida que Kant sea incompatible con la armonía razón/fe del c.c., y en la medida que la teoría del conocimiento de Hayek sea kantiana, en esa medida ese aspecto del pensamiento de Hayek será incompatible con el c.c.

Reconocido esto, hay que decir, sin embargo, que la teoría del o.e. no es en sí misma neokantiana, por más que “hayekianos” y católicos piensen así (a favor unos, en contra otros). Una teoría del o.e. puede ser perfectamente compatible con la teoría de la causa final y con el realismo moderado de Sto Tomás, así también como con su teoría sobre la Providencia, que expone en la Suma Contra Gentiles4. Esa filosofía, a su vez, es perfectamente compatible con el c.c. Esto no implica, desde luego, que la teoría del o.e. se derive del pensamiento de Sto Tomás, sino que no se contradice con él, lo cual permite re-insertar a la teoría del o.e. de modo “no contradictorio” con el c.c.

Sigamos entonces nuestro planteo. Si el o.e. en Hayek tiene fuentes neokantianas, y esas fuentes llegan por ende a sus tres aplicaciones (epistemología, economía y filosofía política), entonces, una vez afirmado que el o.e. como tesis no se fundamenta necesariamente en Kant, se produce transitivamente toda una re-interpretación del pensamiento de Hayek que, sin traicionarlo, lo transforma de raíz. Una teoría del o.e. fundada en Tomás “bañará” de Sto Tomás también a sus tres aplicaciones básicas, lo cual implicará, a su vez, toda una aplicación contemporánea de tesis metafísicas de Tomás que éste ni soñaba en su tiempo.

Así, toda la epistemología de Hayek se mantiene a la vez enriquecida con una antropología filosófica que fundamenta perfectamente lo limitado del conocimiento humano; explica también su libre albedrío y da la clave de la inteligibilidad de la conducta humana en su espiritualidad, lo cual es la clave para la elaboración a priori de conjeturas sobre su conducta, depurado ese “a priori” de todo idealismo y convertido en una filosofía de la ciencia antipositivista correctamente fundada. Este tema es clave para el pensamiento católico actual, y no se ha visto lo importante que es Hayek para todo esto precisamente porque el problema de su agnosticismo metafísico neokantiano oscurece el panorama desde el principio.

De igual modo, la teoría del proceso de mercado no se deduce directamente del pensamiento de Tomás, pero sí puede presuponer perfectamente una antropología filosófica que nos habla de una persona corpóreo-espiritual, que consiguientemente tiene capacidad de aprendizaje pero limitadamente.

Por último, tampoco se deduce de Sto Tomás la teoría del common law espontáneo, pero no es contradictoria con la prudencia legislativa y la noción de derecho natural contenida en Sto Tomás. Que Hayek haya afirmado que su noción de ley no es compatible con un ordenador Providente no importa: en sí misma lo es, por más que Hayek lo haya negado.

Una enseñanza de todo esto es que cuando se reconstruye a un autor, su teoría en sí misma, como Popper diría, se independiza de él. Lo esencial de Hayek es “en sí” no contradictorio con una filosofía a su vez no contradictoria con la Fe Católica. Por ello no importa lo que Hayek y hayekianos piensen al respecto, pero tampoco importa lo que algunos católicos piensen al respecto, que ven sólo la cizaña sin separarla del trigo. Si no se hacen distinciones, todo el mundo moderno y contemporáneo es incompatible con la Fe Católica, porque pocas de las más grandes y nobles intuiciones de la modernidad fueron filosóficamente fundadas en una filosofía que pasara un examen que Ratzinger y Juan Pablo II pudieran exigir.

1 Ver Gallo, E.: “La tradición del orden social espontáneo: Adam Ferguson, David Hume y Adam Smith”, en Libertas (1987), Nro. 6, y, del mismo autor, “La ilustración escocesa”, en Estudios Públicos (1988), 30.

2 Lakatos, I.: La metodología de los programas de investigación científica [1968-69]; Alianza, Madrid, 1983.citar obra clásica de Lakatos

3 En La miseria del historicismo [1942]; Alianza, Madrid, 1973. Cap. IV.

4 Libro III, caps. 71 al 94.

Francisco, el papa de la “humanae vitae”

Por Sandro Magister para Religión en Libertad

1 de mayo de 2014

Es la encíclica que ha cogido como modelo, a pesar de ser la más contestada del último siglo. Bergoglio suscita grandes expectativas de cambio en materia de matrimonio. Pero también él, como Pablo VI, podría al final decidir “contra la mayoría”.

Cuatro Papas de golpe ante los ojos del mundo es un espectáculo único, escenificado el domingo 27 de abril. Dos en el cielo, el italiano Angelo Giuseppe Roncalli y el polaco Karol Wojtyla. Y dos en la tierra, el alemán Joseph Ratzinger y el argentino Jorge Mario Bergoglio. Tan cercanos, tan distintos. El pastor, el combatiente, el teólogo… ¿Y el último? Un enigma. A más de un año de su elección, aún hay que descifrar todo acerca de él.

Lo que es seguro es que el Papa Francisco habla una lengua nueva. En las homilías matutinas de Santa Marta, en las entrevistas, cuando se dirige a la multitud, simplifica drásticamente su lenguaje. En él la palabra hablada tiene primacía sobre la escrita, aún a costa de ser malinterpretado. Le basta que todos entiendan que la conciencia tiene una autonomía inviolable, que la Iglesia no quiere entrometerse en la vida espiritual de las personas ni condenar a los homosexuales, que el proselitismo es una “tontería”.

Entre los católicos observantes muchos se sienten en dificultad por estas declaraciones cortadas con el bisturí; pero gracias a ellas su éxito entre los de fuera está asegurado. “Extra ecclesiam”, Francisco es el Papa más popular de la historia. 

Y sin embargo Bergoglio no es nada tierno con lo que él llama el “pensamiento único” dominante, ateo y “libertino”, el “nuevo opio del pueblo”. Su visión del mundo es apocalíptica, un combate cósmico en el que el diablo es el gran adversario. Habla de él a menudo, especialmente en las homilías matutinas. No oculta su aversión a la llegada de las nuevas presuntas familias que no tienen “la masculinidad y la feminidad de un padre y de una madre”. Es inflexible definiendo el aborto como un “delito abominable”.

Pero es muy hábil evitando que sus denuncias se crucen explícitamente con las leyes, los actos de gobierno, las sentencias judiciales, los hechos de crónica, las campañas de opinión que, diariamente, en muchos países, confirman el avance precisamente de ese “pensamiento único” que él detesta. Y esto basta para que se le permita benévolamente hacer todo, siempre que quede en la abstracción.

En cambio, el Papa Francisco es muy concreto con otras categorías de la realidad que generan consenso, no polémicas.

Fue a la isla de Lampedusa, puerto de llegada de emigrantes, fugitivos y náufragos de toda África para gritar: “¡Vergüenza!”. Pronto irá a Cassano all´Jonio, para condenar a los mafiosos, que tienen allí una guarida. Y después a Campobasso, donde es obispo ese Giancarlo Maria Bregantini al que pidió la redacción de los textos del Via Crucis del viernes santo en el Coliseo, llenos de compasión por los pobres, los prófugos, los parados. Ha telefoneado al líder político anticlerical Marco Pannella para darle su apoyo en la campaña por el trato justo a los encarcelados.

Pero dónde Francisco ha revelado más su estilo fue en la basílica de San Pedro el 27 de marzo, en la misa que celebró ante más de quinientos ministros, diputados y senadores italianos. Ni una sonrisa, ni un saludo. Y una homilía llena de reproches en la cual la palabra clave era “corrupción”. Palabra que en el léxico de Bergoglio indica el endurecimiento del pecador en su pecado, sea éste el que sea, que le impide acoger el perdón de Dios. Pero que fue entendida prácticamente por todos, incluidos los políticos presentes, en su significado corriente, como el crimen concreto que se realiza bajo ese nombre.

En una opinión púbica que no sólo en Italia, sino en todas partes, es bastante hostil a los políticos, esta diatriba de Francisco ha aumentado su popularidad. Los objetivos contra los que él lanza sus flechas son los mismos contra los que muchísimas personas se lanzan, al menos con palabras. Es impensable que alguien critique al Papa cuando éste condena la mafia o la guerra.

El “¿quién soy yo para juzgar?”, convertida en la clave de narración de este pontificado, vale ciertamente, como dijo él, para el homosexual que busca a Dios y es una persona de buena voluntad, pero también para muchas otras cosas y personas que Francisco ciertamente juzga, alineándose en pro y en contra y dando nombres y apellidos.

No se ha frenado y ha dirigido contra el Nuncio Scarano, el monseñor de curia arrestado por crímenes de índole financiera, aún en espera de juicio, un duro comentario: “No se parece a la beata Imelda”.

Ni permanece callado cuando hay que apoyar las necesidades de los trabajadores, como hizo el miércoles después de Pascua cuando defendió a los cuatro mil obreros de la acerería de Piombino, en riesgo de cierre.

Es una habilidad muy sutil, de jesuita de la vieja escuela, esa con la que Francisco selecciona y afina los tiempos, los lugares y las referencias de lo que dice. También su modo de actuar es así. Se puede encontrar de todo, también las cosas más contrastantes, como en el caso del IOR, donde a la limpieza de las cuentas confiada a los carísimos mastines de la multinacional Promontory se une el mantenimiento en la silla, en el consejo de sobreintendencia, de los titulares de la oscura gestión anterior. Pero la habilidad de Francisco consiste precisamente en hacer que surja, de esta aproximación de sonidos, una música que atrae y que está perennemente suspendida, a la espera de un final que se desea siempre más.

La aventura del próximo sínodo de los obispos, convocado para tratar el tema de la familia, responde perfectamente a este esquema.

Sobre la cuestión que ya se ha convertido en el tema central del debate, la comunión a los divorciados vueltos a casar, Francisco continuamente alterna aperturas y clausuras. Cuando llegan señales desde Alemania, por parte de obispos de primer plano, de un “rompan filas” en favor de la comunión, el Papa hace que otro alemán, el prefecto de la congregación para la doctrina de la fe Gerhard Ludwig Müller, publique un firme “alto ahí” en “L´Osservatore Romano”.

Pero después, manda delante de nuevo, como relator único en el consistorio llamado a debatir la cuestión, a otro alemán, el cardenal y teólogo Walter Kasper, que lucha desde hace treinta años para aflojar la prohibición a la comunión. Y se pone de su parte, elogiándolo calurosamente, incluso cuando otros cardenales se habían declarado en contra.

Bergoglio aplica a sí mismo este doble registro.

Ama confirmar su fidelidad a la doctrina de siempre, en este caso la indisolubilidad del matrimonio: “Ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia”.

Pero después parece alejarse de ella cuando se convierte en médico de cada alma individual, en ese desastrado “hospital de campaña” que es para él el mundo, lleno de heridos que hay que curar con urgencia. Como cuando telefonea a una mujer de Buenos Aires, casada civilmente con un divorciado, angustiada por la prohibición de la eucaristía, para decirle que comulgue “sin problemas” y que “vaya a tomarla en otra parroquia” si el párrocos se la niega.

“Hay que evitar sacar conclusiones en lo que se refiere a la enseñanza de la Iglesia” de las llamadas telefónicas del Papa, ha tenido que precisar el portavoz vaticano Federico Lombardi. Pero esto no atenúa su impacto sobre la opinión pública. En conjunto, el efecto de la estrategia de Francisco es un apremiante aumento de expectativas de cambio, que se harán más fuertes cuando en octubre el sínodo de los obispos se reúna con la tarea de recoger más propuestas que serán examinadas un año después en una segunda sesión del sínodo, que luego resumirá y ofrecerá al Papa las hipótesis de solución. Porque será Francisco, sólo él, quien tendrá la última palabra y decidirá si dar o no la comunión a los divorciados vueltos a casar, como también el cuándo y el cómo.

Por tanto, la decisión llegará a finales del año 2015 o inicio del siguiente, no antes, bajo la formidable presión ejercida por una opinión pública que, previsiblemente, estará casi toda ella a la espera de un sí.

Una similar y masiva presión para un cambio tuvo lugar en los años sesenta, cuando el Papa de entonces tenía que decidir sobre la licitud de los anticonceptivos con teólogos, obispos y cardenales alienados en una gran parte a favor. Pero en 1968 Pablo VI decidió en contra con la encíclica “Humanae vitae”. Una encíclica que fue agriamente contestada por parte de enteros episcopados y con la desobediencia de innumerables fieles. Pero que hoy el Papa Francisco, como siempre también aquí sorprendente, ya ha dicho que quiere asumir como su proprio parámetro de referencia.

Efectivamente, hay que volver a leer con atención lo que ha dicho Bergoglio sobra esa encíclica en la entrevista al “Corriere della Sera” del 5 de marzo:

“Todo depende de cómo sea interpretado el texto de ´Humanae Vitae´. El propio Pablo VI, hacia el final, recomendaba a los confesores mucha misericordia y atención a las situaciones concretas. Pero su genialidad fue profética, pues tuvo el coraje de ir contra la mayoría, de defender la disciplina moral, de aplicar un freno cultural, de oponerse al neomalthusianismo presente y futuro. El tema no es cambiar la doctrina, sino ir a fondo y asegurarse de que la pastoral tenga en cuenta las situaciones de cada persona y lo que esa persona puede hacer”.

El enigma Francisco está todo él contenido en este formidable elogio de la “Humanae vitae”. Porque de este Papa “que viene del fin del mundo” nos podemos ciertamente esperar de todo, también que sobre la cuestión de los divorciados vueltos a casar tome al final una decisión “contra la mayoría”: es decir, una decisión que reconfirme de manera intacta la doctrina del matrimonio indisoluble, aunque esté dulcificada por la misericordia de los pastores de almas antes situaciones concretas.

Cuando el 27 de abril Bergoglio ha proclamado santo a Juan Pablo II, sabía con seguridad lo que el Papa emérito había dicho unas semanas antes sobre este gran predecesor suyo:

“Juan Pablo II no pedía aplausos y tampoco miraba a su alrededor preocupado por cómo serían acogidas sus decisiones. Él actuó partiendo de su fe y de sus convicciones y estaba dispuesto a asumirse los golpes. El coraje de la verdad es un criterio sobresaliente de la santidad”.

Aunque experto en cultivar la opinión pública, el Papa Francisco no es persona que se deje encarcelar por ella.


Traducción en español de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares, España