Para entender el pensamiento de Francisco

Por P. Robert A. Sirico (presidente y cofundador del Acton Institute)

Publicado en The Detroit News (editorial “Think”)

2 de enero de 2014

En 2005 fui invitado a Roma por la BBC para comentar los acontecimientos en torno a la muerte del Papa Juan Pablo II y el subsiguiente cónclave, en el que se elegiría a Joseph Ratzinger como Benedicto XVI. El día que los cardenales ingresaron en el cónclave estaba en el aire con el veterano corresponsal de la BBC Brian Hanrahan (fallecido en el 2010) que no creía que el Colegio Cardenalicio pudiera llegar a elegir a Ratzinger, quien acaba de ofrecer la memorable homilía frente a los cardenales en la que denunciaba la “dictadura del relativismo”.

¿Puede una persona tan estrecha de mente –me preguntaron– terminar siendo Papa?

Yo defendí que Ratzinger era una persona bien conocida por cada uno de los cardenales y que era quien tenía la mayor probabilidad de ser elegido. Comenté, sin embargo, que una “versión más amigable” de Ratzinger también podría ser elegida, y especulé con que tal vez esta podría ser “Bergoglio de Argentina”2. Fallé por ocho años.

Inesperadamente, el año pasado, me encontré nuevamente en una lluviosa noche en Roma. El hombre que iba a aparecer en la basílica de San Pedro me era familiar. Sin embargo, este Papa de muchas primicias (el primero en tomar el nombre de Francisco, el primer Papa jesuita, el primer Papa del continente americano) tenía preparadas una buena cantidad de sorpresas propias. Para quienes somos seguidores de la institución papal, el Papa Francisco nos ofrece una fuente constante de material para la reflexión.

Para los comentadores de los últimos 30 años acostumbrados a explicar el significado de los densos textos teológicos y filosóficos magisteriales –que eran la costumbre antes del actual pontificado–, la simplicidad y la espontaneidad del estilo del Papa Francisco pueden causar un poco de confusión o resultar algo engañoso.

Mientras que su predecesor enseñó empleando palabras muy precisas y matizados argumentos, Francisco habla con valentía a través de gestos efectivos y emotivos. Un tierno y genuino abrazo a un hombre deformado vale como una encíclica entera sobre el amor. Y en la era de Internet, es algo que resulta inmediatamente accesible a millones de personas.

No es una sorpresa que el hombre que tomó como referente y nombre el modelo de il poverello d’Assisi haya puesto a los pobres, su dignidad, sus derechos y su sustento en el centro de su pontificado. Sin embargo, los gestos espontáneos y la manera improvisada en que se manifiestan no deben llevarnos al error de pensar que este Papa está ofreciendo una dicotomía superflua entre izquierda y derecha, entre capitalismo y socialismo. Creer que cualquier Papa, y este Papa en particular, estés inspirados por una ideología política concreta en su preocupación por los pobres y vulnerables significa errar por completo.

Francisco rechaza la idea de que solo el mercado puede satisfacer todas las necesidades humanas, pero también denuncia “el asistencialismo” que crea dependencia en los pobres y reduce el papel de la Iglesia al de una ONG burocrática como cualquier otra. La complejidad de su pensamiento sorprende tanto a algunas personas de derecha (algunos que se preocupan innecesariamente creyendo que es un teólogo de la liberación) como de izquierda (que utilizan sus palabras para fomentar una “Revolución Francisco” en su nombre). Estas tendencias lo que en verdad ponen de manifiesto es la comprensión anémica que se tiene de Francisco como persona pero también del catolicismo, que históricamente ha estado a gusto balanceando las tensiones de paradojas aparentes (lo divino y lo humano, la Virginidad y la Maternidad, etc.). Es una tentación demasiado fácil reducir dos mil años de tradición, de reflexión y de experiencia vivida a cuatro o cinco frases impactantes y políticamente correctas, prioritarias para la agenda de los propagandistas, pero no para la Iglesia.

Si se quiere entender lo que piensa Francisco de los pobres sería bueno atender con mayor objetividad a la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium de la que tanto se ha hablado y a la que tan poco se ha leído. Rápidamente se pone de manifiesto que esta Exhortación es una extensión de una aguda percepción de Jorge Bergoglio cuando era arzobispo de Buenos Aires:

“No podemos responder con verdad al desafío de erradicar la exclusión y la pobreza, si los pobres siguen siendo objetos, destinatarios de la acción del Estado y de otras organizaciones en un sentido paternalista y asistencialista, y no sujetos, donde el Estado y la sociedad generan las condiciones sociales que promuevan y tutelen sus derechos y les permitan ser constructores de su propio destino.” (Conferencia Las deudas sociales, 30 de septiembre de 2009)
Como alguien que ha promovido una economía libre como el modo normativo de ayudar a las personas a salir de la pobreza, encuentro dos desafíos innovadores en estas palabras, y que podrían suponer el inicio de un largo camino para despolitizar el debate sobre la pobreza y la riqueza.

Imaginemos si todos los que actualmente participan en el debate sobre estos temas se hicieran preguntas tales como “¿qué cosas excluyen a los pobres del camino a la prosperidad?”, o “¿cómo sería una sociedad que dejara de ver a los pobres como meros objetos de ayudas paternalistas y los viera como artífices de su propio destino?”

Los detalles respecto de medidas concretas de acción política no están ni en el corazón ni en el alma de la increíble atracción que despierta Francisco en las personas de todo el mundo. No es su motivación política lo que nos conmueve cuando somos testigos del modo en que asume y abraza la fragilidad humana.

De una manera monumental e imprevista el Papa Francisco está cambiando las cansadas conversaciones del pasado y nos invita a comprometernos en el camino de sanación que desesperadamente necesita nuestro mundo de hoy. Casi él solo está transformando el modo en que el mundo mira al catolicismo, no cambiando el catolicismo, sino recuperando muchas de las ricas tradiciones que atesora y devolviéndolas al primer plano.

Su estrategia proviene de su visión de la Iglesia, y no es algo secreto. Es algo simple y él mismo lo ha dicho con claridad. Francisco ve a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla:

“Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles”, dijo. “¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas…” (Entrevista con Antonio Spadaro SJ, La Civittà Cattolica)

Curar las heridas, sí. Y luego despertar la sociedad a la fuente más grande de todas: la persona humana. Ese es el camino para salir de la pobreza.

Traducción de Mario Šilar (Instituto Acton Argentina)

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